martes, 9 de octubre de 2012

L'Eliana-Gestalgar



Aún a riesgo de tener un conflicto con la “Zesty” la ruta de hoy iba a ser con una bicicleta de carretera y por carretera. Si, ya sé que siempre digo que no me gusta meterme por carretera. Esa máxima es válida para las rutas con la gorda, pero por motivos evidentes hoy no valía; por eso diseñé una ruta de carretera a mi medida, es decir: poco tráfico. Además estaba el aliciente de salir con un futuro campeón del Tour, y cuando alguien me llame visionario, yo enseñaré con orgullo las fotos de esta ruta con mi sobrino Salva. Pero vamos a desgranar la ruta.

Me calzaba las zapatillas prestadas para comprobar lo difícil que resulta andar con ellas, los resbalones constantes antes de subir a la bici no presagiaban nada bueno, subido en la bici menos aún. La suela lisa y también el pedal hacen que solo tenga apoyo en la propia cala, así que al sacar el pie e intentar apoyarlo en el pedal los resbalones casi me descabalgan de la bici. Luego la posición, la distancia a un manillar hundido más allá de la potencia para complicar la direccionalidad de la bicicleta, la posición de los frenos que se empeñan en no estar en su sitio sino en el último extremo de la cabra del manillar. Y el cambio. Ese cambio de palanca en el cuadro. Buscarlo con la vista y ya de paso comprobar que elijo el desarrollo deseado es arto difícil, para colmo tener que soltar una mano para cambiar y otra para controlar la dirección se complica al ejercer fuerza sobre los pedales que tienden a desestabilizar la bicicleta. En fin, toda una odisea en los primeros 400 metros. Salva, tira para casa que ya se ha acabado la ruta, estaba a punto de decirle si le hubiera hecho caso al pensamiento que cruzaba en ese momento por mi cabeza. En vez de eso pedaleo el siguiente metro de los más de 85.000 que aún me quedan por delante. Para salvaguardar un último atisbo a mis raíces bikers llevo a la espalda la nada cómoda y antiestética mochila con mi bocata, cervecita y un largo etc. de “trastos” varios. Salimos de L’Eliana por la carretera de La Pobla, de allí a Benaguacil donde atravesamos el pueblo dejando La Montieleta a la izquierda y el carril bici que normalmente tomamos hacia Llíria a la derecha. Seguimos la carretera para llegar a la rotonda y tomar la tercera salida en busca de Pedralba. Un alto en el camino para regular la altura del sillín a ver si me permite pedalear más redondo y por tanto menos saltarín sobre el sillín. Ya en esta carretera minimizamos los peligros del tráfico. Ya hemos entrado en el terreno “tranquilo”. La bajada trasera de Santa Bárbara la dejamos pronto atrás así como aquella senda que le enseñé en su día en aquella primera salida. 

El terreno empieza a picar por primera vez hacia arriba y veo las limitaciones de desarrollos que tiene esta bici. Pronto me quedo sin más hierros y la potencia suplirá a la maña, no queda otra. Llegamos a la carretera de Llíria a Pedralba y vamos a la izquierda hacia este último. Otro repecho y luego la bajada. Al frente comenzamos a ver el inenarrable desastre del incendio de Chulilla que llegó hasta la entrada de Pedralba. La bajada me impide fijarme con más detalle. Tras el stop izquierda y seguimos bajando para entrar y cruzar el pueblo en dirección a Bugarra. Pasamos junto a polideportivo para ver que la enorme arboleda junto al río también se ha visto seriamente tocada por el fuego. Incluso aquel paraje de fuente la zorra al que veníamos cuando yo era pequeño ha sido consumido por el fuego a la vista de cómo está el barranco. Comenzamos la subida mientras al otro lado del río el Aliagar muestra la tierra desnuda y ennegrecida por la ceniza filtrada en la misma piel de la montaña. Conforme nos acercamos a Bugarra la magnitud del desastre se multiplica de forma exponencial. Tras subir ahora toca bajar este tobogán hacia Bugarra, uno más de los varios que ya llevamos y de los muchos que aún nos quedan. Pasamos junto al pueblo, apenas rozándolo por la parte de arriba y buscamos la carretera de Gestalgar un poco después. Solo la vegetación de ribera en el cauce del río parece haberse salvado del desastre, las montañas a ambos lados están arrasadas, calcinadas hasta los cimientos; heridas de muerte que no las afectan a ellas sino a nosotros. A las montañas al fin y al cabo les da igual tener un aspecto que otro, oler a romeros o a ceniza, un paisaje exuberante de vegetación y que nos aporte oxígeno y aire limpio o todo lo contrario, a nosotros no nos da igual, por más tontos que seamos y pensemos que sí. A la salida del pueblo dejamos a la derecha la carretera que va hacia la CV-35 y nosotros seguimos hacia Gestalgar entrando en otro tramo de toboganes que me obliga a constantes e incómodos cambios de desarrollo o bien a arrastrar desarrollo desgastando la musculatura, en cualquier caso cansancio acumulado. 

Pegados a la montaña el olor a quemado se instala en la nariz, el panorama es dantesco. Por fortuna la ruta de hoy tiene otro carácter y me obliga a seguir dando pedales, es lo que tiene la bicicleta de carretera, así que me obligo a dar pedales y dejo la observación del panorama en un seguidísimo lugar pues los tramos de bajada me obligan a estar más atento a la trazada que a otra cosa, la posición es tan diferente en esta bicicleta a la de montaña que voy un poco descolocado, a estas alturas ya tengo más que claras las bondades de la “gorda”. Giramos a la izquierda para cruzar el Turia y comenzar la subida fuerte del día. A la izquierda queda el conocido camino a Bugarra de la ruta: http://rodaipedal.blogspot.com.es/2007/12/pedralba-bugarra-gestalgar.html 

Todos los paisajes de esta ruta están hoy arrasados por el fuego, nada queda (excepto la parte del río de Bugarra) de aquellas arboledas ni de la vegetación de monte bajo. Un poco más adelante queda a la derecha el camino de la Peña María también de la ruta mencionada. Al iniciar la subida puedo comprobar con alegría que en esta zona el fuego no llego a entrar, es una zona de bosque y parece ser que se ha salvado esta vez. Otra vez todo metido y Salva esperándome en la subida. El desarrollo de esta bici es muy corto en comparación a la btt, eso me obliga a redistribuir toda la fuerza y tirar más de potencia que de cadencia, aunque es cierto que esa suele ser mi forma de pedalear, es distinto verte en esa tesitura por obligación a que sea esa tu elección. En fin, no queda otra y ya veo que no subiré hasta el Campillo, no quiero forzar más los caballos ya que aún queda toda la vuelta y otra buena subida camino de Cheste.

Poco a poco llegamos al final de esta subida y el desvío hacia el Campillo. Este es mi cuarto paso por este camino y tengo un lugar privilegiado en el que almorzaré mientras Salva hace la subida. Las vistas que presenta aquel trono que sigue presidiendo el bosque y que apuntalé en mi primera visita no son tan espectaculares como lo fueron en las ocasiones anteriores, el espeluznante viaje del fuego por el bosque no tiene nada de bonito y los esqueletos de árboles calcinados infundes escenas de terror ya en vísperas de Halloween. 


Intento ver más allá del desastre, intento pensar que este verdor de este lado de la montaña no tardará en poblar las laderas ahora desoladas al otro lado del río. La naturaleza una vez más ganará la partida, hasta que uno de los rivales decida romper el juego con un órdago a la grande. Miro la línea del camino para ver si Salva ya llega arriba y me sorprendo de ver un puntito que sube y sube y sube. Ya está casi arriba el tío, está tan lejos que la cámara ni lo capta. Cuando vuelvo a mirar en vivo ya está bajando, ni se ha parado a mirar el paisaje, no es eso a lo que ha venido, no es ese el rollo de la bicicleta de carretera. Voy a acercarme a la carretera o no me va a ver, ya que estoy unos metros metido en la montaña. Mientras recojo los trastos del almuerzo y me acerco lo veo que ya está esperándome en la carretera, impresionante como ha bajado el tío. 

Nos hacemos la foto de grupo de toda ruta y ya tengo mi foto con el campeón, uno de estos días le diré que me la firme. Volvemos hacia la carretera, giramos a la derecha e iniciamos el descenso hacia el barranco. Es un tramo corto pero divertido por la pendiente que hay en las últimas curvas. Nada más cruzar el barranco comienza la última subida importante de la jornada, aunque aún quedarán varios repechos y toboganes. La subida me pone a pagar con un dolor en la rodilla izquierda la parada del almuerzo. Volver a encontrar la posición no ha sido tan fácil y al haber enfriado la musculatura esta lo empieza a pagar ahora. Le voy explicando a Salva algunas anécdotas de las rutas por la zona, tanto mías en solitario como con el grupo. 

Y así vamos llegando al final de esta subida, coronamos para encontrar un largo y suave descenso hacia Cheste, un tramo que invita a dar pedales para mantener una buena velocidad de crucero. Encontramos la carretera de Chiva y casi enseguida a la izquierda, junto al barranco Grande, encaramos Cheste. En las rotondas buscamos Vilamarxant y a la salida del pueblo tomamos la carretera de Pedralba. Otra carretera con poco tráfico que nos permite rodar tranquilos sin estar todo el rato pendientes del tráfico. Es la última zona de toboganes, luego vendrá el desvío a la derecha hacia Vilamarxant por la carretera del Mas de Teulada. Encaramos la larga y conocida recta de la caseta mientras comentamos el tiempo que hace que no vamos. Yo sigo sufriendo con mi rodilla mientras él juega a hacer sprints y caballitos para no aburrirse demasiado. Atravesamos Vilamarxant, cruzamos el puente sobre el río y giro a la derecha hacia Benaguacil. Desde aquí ya huelo el final de la ruta y me obligo a pensar que esto se acaba por el mismo camino por el que hemos venido esta mañana. En definitiva constato que la adaptación a la bicicleta de carretera es más complicada de lo que creía y que no cambio mi gorda por una flaca. Ya en casa tocará darle a la Zesty” las explicaciones oportunas y buscarle una ruta para la próxima semana que compense este desaire y buscar así el perdón a través de la redención. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Requena-Riba Roja



Esta etapa forma parte de la trilogía Calles-Requena-Riba Roja. El año pasado realicé el vértice Requena-Riba Roja, pero con un tramo en el que irrumpí en medio de un coto de caza salvando una verja para poder salir y demás peripecias acaecidas aquel día, me hicieron plantearme el abordar otro itinerario totalmente factible. Este lo es, con una pequeña salvedad que al final de la ruta no tuve ganas de desandar un pequeño tramo y me obligó a trepar un pequeño terraplén. Os lo cuento.
Salía pronto de casa entre dos luces, para llegar a Loriguilla y tomar el tren hasta Requena. Ayer a estas horas salía del curro con 14 grados, hoy no hay muchos más, así que una manguita y a pedalear. Pronto las malas noticias se adueñan del paisaje con un fuego en les Rodanes. La carne de gallina el resto del día pensando en lo que ha podido pasar y si será la última vez que veo con su natural belleza este familiar y encantador paisaje. Llego a Loriguilla sin más contratiempos y espero el tren que me pondrá sobre la ruta.
A las 9:45h. pongo pie en Requena y allí mismo comienza la ruta. Salgo de la estación cruzando la línea imaginaria que dejamos Roda i Pedal en la ruta: http://rodaipedal.blogspot.com.es/2012/01/requena-pico-negrete.html 
Me adentro hacia el centro de la población y tomo a la izquierda la avenida del Arrabal. Bajo su enorme arboleda paseo admirando el sabor que dejan sus casonas y chalets, tomadas casi al asalto por las grandes fincas de irrespetuosa arquitectura. 

Tras la fuente de los patos se abre la plaza y a la derecha se fortifica el castillo en lo alto de una loma. Allá voy sin pensar en nada más. Es la parte vieja del pueblo. Más casonas señoriales, escudos heráldicos y grandes fachadas blasonadas, ventanas enrejadas, dinteles de piedra, calles estrechas y portones de rústica madera. Una preciosidad de paseo que merece saborearla con la calma y tranquilidad que hoy no tengo. 

Desde la plaza del Castillo y hasta el final de la calle Santa María, es un torbellino de sensaciones y detalles en cada paso. Así que un rápido vistazo y sigo camino. Salgo del pueblo por la calle san Blas, dejando el cementerio a mi izquierda y enfrentando las bodegas Emilio Clemente, cuya finca dejaré a la derecha en el fin del asfalto y principio del camino. Allí mismo ya veo la línea que dibuja el río Magro a los pies de la sierra de las Cabrillas. Casi enseguida llego a una construcción restaurada en la parte izquierda del camino, a la derecha quedan restos de lo que parece fue una gran masía o algo así. 

Se trata de la ermita de san Blas que tan bien describe el amigo Vicente en su blog: http://www.ermitascomunidadvalenciana.com/indexval.htm  aunque sin campana ni campanario ni nada que indique lo que es. Un camino cruza el río, lo dejo marchar y continúo recto para llegar a una bifurcación. El camino de la izquierda se ciñe al río y lo dejo para encarar el de la izquierda en ligera subida. No tiene pérdida: “ve hacia la luz” o sigue el tendido de alta tensión. Esta línea ya no la abandonaré hasta Buñol, será mi guía en este viaje. Luego un par de curvas más exigentes me llevan a lo alto de una planicie en la que se asienta un enorme viñedo. Al otro lado de la plantación una pequeña loma rematada con un pinada me servirá para almorzar. Es una casa que parece abandonada y abonada por los escombros. Lástima de tanta guarrería pues desde aquí se contempla un paisaje de viñedos enmarcados por la alta figura del pico Montote roto por las antenas. 

Continúo tras el almuerzo la subida que me llevará hasta la A-3, bueno, en concreto hasta el camino de servicio que va junto a ella. Una silueta que hacía tiempo que no veía llama mi atención y me transporta a otros tiempos: hoy es el toro, pero en otros tiempos fue el jinete negro subido a su caballo. Un cartel de azulejos que veía cada semana en Riba Roja y que hace tiempo desapareció. Inicio la bajada y giro a la derecha por un camino que indica campo de tiro, luego otro cartel a la derecha, pero esta vez sigo recto. El “Treki” marca fuente Cuca, pero no hay ni cartel ni señal de su existencia, aparte de la vegetación y arboleda típica de un barranco. El lugar desde luego es pintoresco y una hermosa senda rojiza se adentra entre el verdor de la naturaleza. 

Unos metros más allá una poza queda atrapada entre la bifurcación del camino, al fondo la arboleda que se beneficia de esta humedad en su suave discurrir hacia el encajonado río Magro que cada vez queda más lejos de mi posición, pues se interpone la colosal mole del Montote que casi puedo tocar alargando la mano. Llego a la ruinosa casa de Don Juan. Este caserón aún no es un escombro pero va en camino. Allí mismo está el aeródromo de Requena. Dejando la pista de aterrizaje a mi izquierda encaro el camino que me lleva hasta el Rebollar bajo la estrecha vigilancia del tendido eléctrico. 

Entro a la aldea por el oeste, un precioso sauce derrama sus “lloros” junto a la iglesia, después una plaza con una fuente donde repongo agua. Poco más que ver en esta aldea que abandono por el este por el camino del Rebollar a Siete aguas. Merece la pena no desaprovechar esta fuente pues hasta Buñol no hay más agua. La rambla me acompaña a la izquierda. 

Los juncos se erigen como guardianes del agua; elevan sus verdes y afiladas dagas al cielo impidiendo el paso hacia el líquido elemento que protegen como si en ello les fuera la vida. No me atrevo a entrar en ese mundo de afilada crueldad salvo por un camino que me permite una bonita estampa del mismo río. Algunos vadeos de la rambla me acercan hasta el parque de fauna ibérica. Unos caballos junto a una verja, me recuerda mucho, demasiado, a mi anterior intentona de esta ruta. Esta vez en cambio, el camino sigue sin dificultad. Se adentra en la montaña y en el bosque. 

Un bosque grandioso que choca de bruces con lo que yo creía de esta zona. No imaginaba tal extensión de monte y pinos. El camino comienza un cambio de firme que tan pronto se alfombra de pinocha como se enmoqueta con piedras. Ora sube ora baja. Cruza la rambla, se desdobla, pone rampas cortas pero intensas, roderas que obligan a guardar el equilibrio y finalmente vuelve a la placidez de permitir un rodar suave. Vamos, un compendio de variedades y entretenimientos varios bajo una capa de pinos que dispersan su aroma por todo el bosque. Por aquí para el área recreativa de Villingordo. La dejo a la derecha y sigo este intrincado camino que poco después llega una explanada. Al fondo la casa del Campillo. Su enorme y blanca estructura se alza tras la planicie. A la derecha, conforme queda atrás la línea de árboles, un mar de plumas cubre el horizonte para la construcción de la penitenciaría. El impacto paisajístico es brutal y dantesco. 

Bajo una línea de monte coronada por el pico Nevera, las plumas se yerguen al cielo desafiando a la naturaleza: a los mástiles de troncos, a las velas de las montañas. Es tan ridículo que da pena ver un paisaje así estropeado por la mano del hombre. La explanada queda partida por la carretera en construcción que lleva a tan faraónica obra. Quizá consumido por el odio, o por la tristeza, el camino empeora radicalmente poco después. Primero entra en un pequeño bosque que oculta la cima de la montaña a la derecha, luego sale un poco más a campo abierto, una pequeña bajada y comienza la subida en un giro de herradura a la derecha. 

Fuerte pendiente y el firme machacado con grandes piedras y torrenteras que obligan a tirar de potencia y mantener el equilibrio. El esfuerzo es colosal y ante el más mínimo error de trazada, unas veces obligado por los obstáculos, otras por el cansancio, me veo obligado a echar pie a tierra. Y así una y otra vez a lo largo de esta criminal subida, que en condiciones de firme normal, no sería tan brava como lo está siendo en estas condiciones. Esto de empujar la bici me está matando mentalmente. Prefiero subir encima de la bici por muy cruel que sea la subida a empujar. Pero es lo que hay. Encuentro algo de apoyo en las impresionantes vistas que ofrece la falda del Nevera. Siete Aguas queda en el valle, entre la Sierra de los Bosques y el Tejo al otro lado de la A-3. El pico Santa María, el Parapetos, el propio Tejo y el 5 Pinos más al fondo, y casi en primer plano la subida en zigzag al pico de las antenas de televisión justo encima del pueblo, ofrecen un espectáculo digno de observar. 

La estampa se refuerza con las nubes que dibujan claro-oscuros en el paisaje y dotan de tridimensionalidad las enormes distancias. Voy acabando de subir los zigzags de este camino, a ratos pedaleando a ratos empujando. El sol ya se ha cebado en mi piel y estoy rojo como un tomate, eso por pensar que el verano ya estaba muerto junto con el mes de agosto. El último tramo de subida es un tramo recto bastante bueno para pedalear, pero al coronar viene una bajada larga y recta, con un buen desnivel y un firme no apto para cardiacos, así que pienso que para qué arriesgar, no tengo el cuerpo para ruidos. Vuelvo a bajar de la bici y al menos esta vez no hay que empujar. Llego al cruce del camino que sube al Nevera o baja a Venta Quemada. A la izquierda en bajada por el camino del collado del Perro, el nombre le viene que ni pintado. La pendiente es considerable y la velocidad no tarda en inundar las ruedas que se ven ahogadas en esta vorágine de descanso. Les meto freno ante lo roto que está el camino y que no permite ningún tipo de descuido. Mejor llevar ya una inercia de frenado que tener que meterlo todo de golpe. Es una bajada sencilla pero no fácil, mejor no cruzar la bici y no derrapar fuera de control o tendré un problema. Así llego al cerrado desvío a la derecha que me llevará hasta Buñol. Tengo indicado en la pantalla la fuente Del Medio, pero o está más abajo o está muy escondida pues hasta las señales han desaparecido. Acabo de bajar 150 metros, pero me quedan otros 250 para arriba en los próximos 2.5Km. En fin. Me acabo de quedar sin foto de la fuente, sin descanso, sin agua fresquita y encima “toparriba”. Tras un chalet el camino se empina que da gusto girando un poco a la derecha, lo que permite ver como el camino se esconde dejando la rampa a mis pies. Encuentro en la subida una pequeña balsa a la derecha del camino que me hace pensar que pueda ser la susodicha fuente. Ni hay señalización ni se ve fuente, por lo que sigo mi particular vía crucis en esta subida que en algún tramo también pone una pequeña trampa en el firme. Ahora empieza el camino a girar a la izquierda para luego abordar la larga recta que me llevará a coronar a casi 850 metros de altitud, junto a un chalet que queda a la izquierda en el inicio del barranco que venía acompañándome por la izquierda. Último vistazo al valle de Siete Aguas y comienza el descenso. El porcentaje de bajada es interesante y la velocidad vuelve a tomar las ruedas. Aquí la recta permite visibilidad y el firme agarre, así que me agarro al manillar y dejo ir la bici. El viento en la cara me dice que ya he dejado la protección de la montaña y que todo lo que queda de ruta, o sea más de la mitad, será con el viento en contra dando por culo que no de culo. Paso algunos chalets más y una señal invita a moderar la velocidad ya que hay niños. Luego viene el asfalto y un tramo de curveo impresionantemente divertido. 

Las vistas se abren hacia el sureste y las sierras de Martés y el Ave dominan el paisaje. A lo lejos, entre la bruma que no acaba de entrar, las sierras de Corbera y Gallinera también se hacen visibles, incluso la albufera se dibuja delante del inmenso mar. Todo un espectáculo. 

A mi espalda la cima del Nevera rivaliza con las torres del tendido eléctrico que me acompaña en esta ruta. Vuelvo a la velocidad y al asfalto. Antes de lo deseado estoy enlazando con la carretera de Buñol a Yátova. La pendiente aún se agudiza a mi favor y la velocidad roza los 60. 

Llego a un pequeño mirador sobre el río Buñol. En el fondo una pequeña poza escondida entre la vegetación que se refresca a su alrededor. Al fondo la vía del tren cruza entre las montañas en una pintoresca travesía. Y a ambos lados de este cañón la carretera que serpentea subiendo o bajando. Un poco más adelante otro mirador, este perfectamente habilitado, se abre al caótico orden del pueblo. 

Buñol se desparrama como una cascada hacia el fondo del río. La arboleda de la derecha aguanta impertérrita la invasión, la violación a la que es sometida, con los troncos pintados en un mal intento de poner arte sobre uno de los escenarios más artísticamente inigualables de la naturaleza. Abajo, el Molino Galán y la antigua chimenea casi eclipsan al castillo en la parte alta del pueblo. Sigo bajando el poco trecho que queda hasta la fuente de san Luis. 

Allí tomo el sendero del parque fluvial del río Buñol que me llevará por un pintoresco pasaje hasta el molino. Escaleras abajo y me adentro en el pueblo para buscar la refrescante balsa en el parque de El Planell. Parada para comer y descansar el culo que ya no sabe como apoyarse en el sillín. Dos semanas de parón son mucho tiempo para una ruta como esta. Tras la comida queda lo peor. Teóricamente y mirando el perfil de la ruta, todo es para abajo. Pero sobre el terreno las bajadas son mínimas y aunque tampoco quedan subidas, el cansancio y la fuerza del viento en contra me castigarán de lo lindo. Sabiendo esto, me pongo en marcha por camino conocido. Además tampoco voy a hacer casi ningún tramo nuevo, al menos nada que permita una visita o un paraje que dé aliciente al recorrido. 

Tras dejar el parque inicio la senda que rodea el alto de El Planell para ahorrarme un tramo de carretera. Llego a esta para iniciar las curvas de subida hacia la urbanización Fuente de la Virgen. Por allí hay, junto a la carretera, una pequeña iglesia o algo similar que no llegue a identificar y que no había visto en la anterior ruta por la zona: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2011/10/riba-roja-cueva-turche-bunol.html Poco después tomo un camino a la izquierda que pasa por detrás de MiraValencia y me pega al barranco de la Canaleja hacia Chiva. Llego a la vía de servicio del AVE y la sigo hacia el P.I. de Cheste donde cruzaré la autovía para coger le barranco del Poyo. Antes de cruzar la autovía tengo el fallo del día. La vía de servicio se acaba en un terraplén que sube hacia el puente. Con lo cansado que estoy no tengo ganas de retroceder kilómetro y medio y volver ha hacer esos metros. Yo pensaba aquello de Mens sana in corpore sano, pero mi cuerpo me repetía: Mens sana in corpore hecho papilla. Así que escalo esos tres metros de desnivel entre los arbustos y accedo al puente. Ya al norte de la autovía nada me puede quitar la idea de que estoy en casa a pesar de que me faltan casi 20Km. de ruta. Estos los haré tanto rato de pie como sentado debido al dolor de culo que tengo. Para la próxima ruta me pensaré muy seriamente instalar un sillón en lugar del sillín. Conforme me aproximo busco indicios de lo que puede haber pasado en les Rodanes con el incendio de esta mañana. No se ve humo así que pinta bien. Porxinos será la última postal que me deje esta ruta. 

La masía entre los naranjos con la luz del atardecer y la Calderona de fondo. Y que nos quieran cambiar esto por una ciudad deportiva y una urbanización… “Lo que la crisis ha parado que no lo reinicie la mano del hombre.” 


jueves, 16 de agosto de 2012

Titaguas-Alpuente



Aún no he subido la ruta anterior al blog y ya estoy pedaleando la siguiente. Qué digo pedaleando, estoy escribiendo ya esta crónica. Esta ruta la planifiqué a toda prisa un par de días antes de hacerla. Así que seguro que me he dejado algo que ver por el camino, algún lugar que, de haber tenido más tiempo para configurar el trazado, habría incluido en la visita, como por ejemplo la pequeña aldea de La Carrasca, entre las aldeas de Campo de arriba y Campo de Abajo. Pero es lo que tiene el calor, el verano, el trabajo y el agotador cansancio que llevo encima estos días. Hice la ruta casi sin ganas, casi porque había que salir a la montaña en busca de ese agotamiento físico que sin embargo, me despeja la mente y me deja como nuevo; me libera de tensiones y malos rollos que se ahogan en el salitre del sudor que bulle en mi piel bajo el abrasador calor de agosto. Así que hice la ruta, primero sobre el mapa y luego a lomos de la incansable bicicleta que espera pacientemente a que toque otro día de montaña, de caminos, de piedras y barro, pinchos y polvo, otro día de subidas y bajadas, de diversión… en definitiva, otro día de gloria. La ruta era cortita. Solo 40Km. para liberar tensiones y descansar cansándome: parece una contradicción pero no lo es. Canso el cuerpo para descansar la mente. Pero vamos a lo que vamos.
Las previsiones meteorológicas, con ola de calor sahariano, tampoco invitaban a una paliza mucho más allá, y las fuerzas, exprimidas al máximo en las largas noches de trabajo, ponían lo justito para salir a dar un paseo, lo de hacer la ruta fue porque iban engañadas, sino ni eso.
A las 5 de la mañana los ojos como platos. Consigo vencer la tentación de levantarme hasta las siete y media, para desayunar y poner rumbo a Titaguas con el coche, donde empezaré la ruta en bicicleta. Al ponerme en marcha, doy un pequeño paseo por la parte vieja del pueblo, que no había visitado nunca. El interior del pueblo no se parece en nada a lo que se ve desde la CV 35 que cruza el pueblo. La parte vieja aún guarda sabor a pueblo, un sabor arquitectónico de muchos kilates, un legado cultural extraordinario que queda lejos de miradas vacías que pasan por la carretera sin ver el pueblo. La parte nueva se parece cada vez más a las “grandes”, (aunque grandes solo en tamaño) ciudades: nada que ofrecer, nada que mirar, así que la culpa de esas miradas vacías quizá no es solo del que mira. Una serie de paneles indican un recorrido cultural que sin embargo no haré, voy a mi aire, la eterna cuestión del “my way”, Sinatra vs. Simone. 

Aun así visito la iglesia y algunas casonas dignas de relevancia antes de salir del pueblo junto a la fuente, para subir hacia la ermita del remedio desde la carretera de Aras. Nada más tomar el desvío un parque a la izquierda y comienza la subida de verdad. “Abróchense los cinturones, lo pasaremos bien”, como dijo Guardiola. Allá voy. 

Tras el depósito de agua se ve la ermita, pero la rampa es de las que alegra que sean cortas. Todo el rato ves tu objetivo pero este no se acerca lo más mínimo a pesar de las pedaladas. El calor no perdona y ante el esfuerzo comienzo a sudar como un loco. El esfuerzo es enorme en esta corta pero dura rampa. A pie de ermita tomo el camino de la derecha para subir hasta ella. Un rápido vistazo a este tranquilo y bello lugar que me servirá después como descanso de la batalla para venir a comer el bocata que tengo en el coche. 

Unas fotos después vuelvo hasta este punto y giro a la derecha para encarar la subida larga. Enseguida llego al zigzag de la carretera y a la derecha sale el camino hacia fuente la Zarza. Esta fuente no está indicada aquí sino abajo en el pueblo, pero si vas a la ermita te tienes que desviar, o al contrario si vas primero a la fuente. Como no está muy lejos decido acercarme para ver el paraje y llenar un poco más de contenido la ruta de hoy. Medio Km. después, por un agradable camino en sombra y con una suave bajada, llego a la fuente. 

Un pequeño hilo de agua sale del caño junto a la blanca pared y junto al merendero cubierto. Vuelvo atrás hasta la carretera y sigo subiendo. Hay por aquí unas cuevas rupestres, supongo que en el camino que he dejado a la derecha volviendo a la carretera, pero como no están indicadas vete tú a saber si es o no el camino. Otra visita perdida. Ya en la carretera, viene ahora un tramo exigente de la subida, luego se acaba el asfalto y la pendiente suaviza un poco junto a los corrales de la Hoya del Hacha. Allí dejo a la izquierda una bifurcación y sigo recto, en el siguiente cruce de caminos a la derecha y comienzo a subir otra vez un tramo que se agarra a las piernas. Otro desvío y a la derecha en busca del mirador, este sí que está perfectamente indicado hasta con dos paneles a la vez. Otra vez a la derecha, dejando el norte a mi espalda, me lleva directo hasta el mirador. Como una escalera de Penrose escalo estas montañas con la ilusión de estar permanentemente bajándolas, en una subida hacia el mirador que pica hacia abajo. La sorpresa es encontrarme allí un V.G. con unas impresionantes vistas sobre el pueblo de Titaguas y sobre los campos de cultivo que rodean el pueblo, así como del alto de las Corralizas que tendré que rodear ya en el último tramo de la ruta. 

El mirador es un balcón privilegiado sobre el enorme paisaje que se abre a sus pies. La pureza atmosférica de hoy, permite una óptima visión de todo el horizonte sur, casi 180 grados de este a oeste. Una pequeña zona de picnic bajo la pinada me acogerá para almorzar y aligerar peso, bueno, en realidad para reubicarlo. Vuelvo a los pedales tras el descanso sin haber dejado huella de mi presencia, tan solo el aliento digitalizado de las fotos robadas al paisaje. Dirección norte hasta llegar al primer desvío que tomo a la derecha. El camino comienza a bajar suavemente. Sigo fielmente las indicaciones del “Treki” que me guían entre los caminos que van surgiendo. 

Aún por encima de los mil metros de altitud diferentes variedades de pinos replantados pueblan el paisaje. Me descuelgo poco a poco, por un firme sin problemas, hasta la fuente del Parajuelo para emprender desde allí la parte más empinada de la bajada junto al barranco de las Cambrillas. Llegaré al final de este donde se junta con el barranco del Curro. Por un vado cruzo al otro lado y remonto hacia Baldovar. 

Entro a la aldea por el oeste llegando al frontón y luego al lavadero y la fuente. Recorro la aldea buscando ese encanto de piedra vieja, pero la parte nueva, a la derecha de la carretera no me lo ofrece. Estaba apunto de irme cuando las campanas de la iglesia me llaman. Ante su insistencia me adentro al otro lado de la carretera en su busca. 

Aquí si hay casas de piedra, calles estrechas, ventanas enrejadas… las campanas repican a mano. Nada de cuerda y polea. Los hombres del pueblo suben al tejado y empujan la campana con la mano, cada vez más rápido, en un sprint entre la mano y el eje de la campana hasta que el hombre queda desfondado y cede su turno a otro gregario que llevará el repiqueteo lo más lejos posible, sin rebufos, sin abanicos, una lucha de poder a poder, una autentica contrarreloj. Salgo del pueblo con esta bella estampa grabada en la retina y los tímpanos, que aún reproducen el alegre tañido de la campana llamando a las fiestas mientras se pierden en la distancia. Dejo el pueblo a mi espalda, subiendo por la carretera hacia Las Eras. La carretera gira a la izquierda y allí tomo un camino también a la izquierda que me adentra en los campos de cultivo. Toca bajar hacia la aldea de Obispo Hernández o Eras por la parte de atrás. Desde este camino veré el acueducto de "los arcos" y así llegaré a la aldea para recorrer un pequeño camino junto al barranco del Reguero antes de que este se convierta en el colosal barranco que es a su paso por Alpuente. 

El pintoresco camino queda atrapado entre el barranco con su exuberante vegetación y las casas que se levantan como una muralla de piedra al otro lado. Y así salgo del pueblo lo más pegado posible al barranco. Junto a la señal que delimita la aldea cruzo la carretera para tomar el camino que, junto al polideportivo de Alpuente, sube hacia la ermita de San Cristóbal. El cansancio acumulado del trabajo y el tremendo calor empiezan a pasar factura en esta subida que ofrece su parte más dura al principio. El sol zenital castiga con su mayor crudeza y me obliga a dosificar las fuerzas, estoy a mitad de ruta, y aunque puedo hacer una vuelta más rápida quiero completar toda la ruta prevista. Así que dosificando empiezo a subir esta larga recta que me lleva hasta la ermita de San Cristóbal. Otra sorpresa en forma de V.G. me espera allí junto a las mesas y las paredes de la pequeña ermita. 

La estructura ya no guarda ningún elemento que la identifique como tal, tan solo el monolito a modo de altar puede dar alguna pista. Las espectaculares vistas muestran todo el campo entre Alpuente y Titaguas. A la izquierda Alpuente se acurruca junto al barranco y la peña del castillo. Al otro lado el colosal camino que subí en la ruta: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2012/04/tuejar-buena-leche-alpuente-arquela.html Aún queda un pequeño mirador unos metros por debajo de esta ermita, así que me acerco a verlo. Alpuente a vista de pájaro, tal y como antes en el mirador de Titaguas. También veo el valle por el que discurre la rambla Arquela desde un punto de vista distinto al de esta mañana. Las aldeas se pierden en la distancia y las granjas entre los campos de cultivos son solo puntitos en la distancia. Ya las veré de cerca. Tras la visita regreso por el mismo camino esta vez en una bajada rápida y casi recta. Algo de gravilla en el suelo que da la emoción justa para mantenerse alerta ante la velocidad y el empuje que toma la bicicleta. Esta bajada me lleva hasta la rotonda que baja hacia Baldovar y por la que pasé hace un ratito. La tomo ahora en dirección Titaguas bajando por asfalto a gran velocidad. Algo más adelante un desvío a la derecha, antes de llegar a la siguiente rotonda, me pone a los pies de la rambla Arquela, muy cerca del vado que antes crucé de camino a Baldovar. Tras el nuevo vadeo, encaro al sur hacia Campo de Arriba. Un camino asfaltado picando hacia arriba, suave, pero con el peso del calor encima cualquier pequeña subida se hace un mundo. Ahora tengo las granjas de pollos al lado de la carretera y afino el olfato en busca de algún indicio a “pollastre rustit”, pues el calor y los techos de uralita de las granjas me hacen preguntarme del calor que deben estar pasando los pobres bichos. 
Llego al pueblo entrando junto al frontón y la fuente donde paro a reponer el agua y cambiarla por otra más fresca. Allí mismo hay gran pozo o balsa, poco profundo pero grande, donde desagua la fuente. Me adentro en el pueblo en busca de la iglesia que es lo que espero sea más representativo de estas aldeas, salvo alguna sorpresa. La sorpresa me la llevo al salir del pueblo sin encontrar la iglesia, debe de haber quedado en otra calle y ya no tengo ganas de volver atrás a buscarla, aparte de que no veo ni campanario ni nada que se le parezca. El calor me está ganando la partida y ha veces pienso en lo que me queda de ruta como un trámite a terminar, así que ligerito y “palante”. Tomo la carretera a la derecha y unos metros después un camino a la izquierda me pone sobre el valle que veía desde el mirador de la ermita de Alpuente. Los campos de cereales están todos segados y los tallos se queman bajo el aplastante sol de agosto un día tras otro. Ya no hay semillas que dorar ni que adorar. Ya solo quedan tallos que pronto sucumbirán bajo el arado de los tractores, que prepararán el terreno para una nueva cosecha que teñirá de verde y luego de oro este enorme granero. Zigzagueo entre los campos. Un refugio de piedra aquí, un depósito contra incendios más allá, una pequeña rambla cubierta de zarzas y juncos. 

El camino me acerca hasta las inmediaciones del Campo de Benacacira. Otra de tantas aldeas abandonadas en esta zona. Elevada sobre un pequeño cerro, goza de una vista privilegiada de la zona de alrededor, sin embargo, esa posición estratégica no ha evitado su abandono y casi desaparición ante el estado, más allá de derribo, en que se encuentra. Ya llamó mi atención este enclave en la anterior ruta citada más arriba y tenía ganas de acercarme hasta aquí. Continúo mi deambular por el camino, varias alternativas me acercan hasta la carretera que tengo que cruzar. Aquí cerca de la CV 35 algunos viñedos se adueñan del paisaje protegidos por el alto de la Montalbana y el Buena Leche. Cruzo la carretera y giro a la izquierda para subir, primero hacia el campo solar, donde miles de paneles solares duermen al sol recibiendo la calentita y rabiosa caricia del astro rey. Esta tipo de instalación también rompe el paisaje, pero solo si lo miras desde un punto elevado, no es algo que ves a muchos Km. de distancia como los molinos eólicos que inundan nuestras montañas y han modificado tan profundamente el paisaje. Pero este es el precio del progreso: pagamos todos con nuestro patrimonio para que se enriquezcan unos pocos. Uy, se me ha escapado un momento protesta. Ahí quedará aunque de nada servirá. Con rima y todo. Seguimos. Llego al campo eólico subiendo una cuesta que parecía mucho más suave de lo que al final ha sido. No la calificaré de terrible pues a estas alturas de la ruta el calor está influyendo más de lo que me gustaría en mis cansadas y acaloradas fuerzas. Solo la cerveza fresquita que me espera en hielo en el coche me empuja a seguir, o me estira, según se mire. Giro a la derecha, dejo el asfalto y encaro la montaña. 

Junto a unos enormes pinos hago una parada a la sombra para descubrir, allí al lado, el seco fondo de un pequeño navajo o charca. Me repongo un poco del sofocón y tomo fuerzas para encarar la última subida de la jornada por la loma del Águila. Luego me quedará subir hasta Titaguas, pero esa ya no cuenta, la tendré que subir sí o sí. Me animo pensando que esta subida es poca cosa. Y efectivamente, se sube mejor y más rápido de lo que pensaba. Al otro lado las vistas no se acaban de abrir hacia el barranco del Hondón ya que el camino está metido entre los árboles y estos tapan la visión. Hoy tengo unas vistas distintas a aquella primera visita de esta zona en la ruta:  http://bikepedalvalencia.blogspot.com/2011/04/titaguas-aras-zagra.html aquel día me quedé con las ganas de explorar el camino desde el puente sobre el barranco hasta el molino y la chopera. Así que hoy lo haré una vez llegue abajo. Tomo la bajada con precaución pues la gravilla no invita a grandes alardes. Buena pendiente que promete velocidad a poco que suelte frenos. Pero contengo los caballos y las ganas. La vegetación adentrándose en el camino tampoco permite la mejor trazada y obliga a surcar el centro del carril con su abombamiento y el peligro de derrapada que ello conlleva. Ya abajo, tomo un camino a la derecha que pronto se estropea con zarzas que cruzan el camino e indican su poco uso. 

En efecto, al poco tiempo el camino muere bajo un precioso nogal y un campo arado que no respeta el paso, o viceversa, de un sendero local marcado con sus rayas verdes y blancas. En todo caso me toca volver atrás hasta el camino conocido y llegar hasta el molino para inspeccionar la otra parte de este camino, a ver cuanto me puedo acercar. Por el otro lado del camino llego hasta un punto en que baja una suave ladera, pero el camino desaparece para convertirse en senda entre los árboles y bajar hasta el propio barranco del Hondón, así que certifico que este camino no es ciclable y vuelvo atrás para encarar, ahora sí, la última subida del día que me dejará junto al grandote, que espera calentito al sol con mi preciada cerveza y bocata en las gélidas entrañas de una nevera con hielo. Pongo rumbo a la ermita para dar cuenta de estos manjares a la sombra de la pinada y poder reposar los estimulantes efectos del líquido elemento. Ya asoman a mi mente algunos pasajes de esta crónica rememorando los preciosos momentos vividos a lomos de una bici por los caminos entre las montañas, bajo el sol.