miércoles, 25 de agosto de 2010

Balneario Chulilla-Sot de Chera (por camino la Pera)

Me levanté pronto con intención de demostrarle a los caminos que el hecho de cumplir 41 no iba a ser un lastre. Quería regalarme en este día una de estas rutas que tanto me gustan. Después de prepararlo todo me puse en camino hacia el Balneario de Chulilla que era principio y final de la ruta. Llego allí en poco más de 20 minutos desde Calles y hago los estiramientos oportunos antes de iniciar la ruta. Me pongo en marcha con el Sol queriendo despuntar por encima del alto de la Bandera.

La inmensa mole sumida en la sombra muestra todo su encanto antes de ser quemada por la abrasadora luz solar de finales de agosto. Miro hacia arriba intentando identificar el lugar donde estuve hace dos semanas. Vuelvo por el camino de entrada al balneario, hacia atrás, hasta la presa. Un PR está indicado por allí por lo que intuyo un paso al otro lado. Después de acarrear con la bici por encima del tinglado de tuberías y demás obstáculos llego al final para comprobar que cargado con la bici no hay salida posible. Vuelvo atrás y sigo por la carretera cruzando el puente sobre el Turia y disfrutando de las vistas que antes comentaba. Ya al otro lado un camino hacia la derecha me lleva en pocos metros a la fuente de la rinconada. Acabo de empezar y aún no necesito agua pero la umbría de la que sale promete frescor al plateado chorro que mana de la montaña. Sigo adelante por el camino que llega hasta la presa Molina. Allí se corta pero quiero llegar al final de este camino que es lo más cerca de Gestalgar que se puede llegar pegado al río por aquí. El camino encajonado entre la montaña y el río ofrece vistas de las erosionadas montañas a un lado y otro del curso fluvial. Llego a una antigua fábrica de luz en estado ruinoso y emprendo una ligera subida. Ya arriba se ve el sinuoso dibujo del río abriéndose paso entre las onduladas lomas que se desploman hacia el río. La bajada del otro lado no tiene desperdicio y decido echar pie a tierra antes de tener una caída, no está el camino para muchas alegrías entre la pronunciada pendiente y la gravilla y las roderas producidas por la corriente de las lluvias. Al poco el camino se acaba.

En efecto, allí está la presa, aquí nace el canal que pasa por la peña María de Gestalgar y que se mete por dentro de la montaña para emerger al otro lado de esta mole. Vuelvo por el mismo camino hasta la fábrica de luz y allí me desvío hacia el río para ver la zona del refugio. Luego continúo para llegar a la carretera y emprender la subida del puerto de las muelas. En la primera curva de herradura un camino sale a la izquierda. Lo tomaré sin que me haya pasado ningún coche, no es una carretera muy transitada y además este tramo es bastante ancho. El camino biker está en muy buenas condiciones y el paisaje que domina es impresionante. Enseguida se pega al curso del río Reatillo o río Sot que se une al Turia poco antes del refugio que he visitado hace un momento. La altura de este camino con respecto al lecho fluvial es considerable y permite unas panorámicas deliciosas del río encañonado entre las altas montañas. El Sol que aún no ha alcanzado la perpendicular no puede con las sombras que se aferran a las montañas en su parte occidental.

Es un juego de luces y sombras que poco a poco perderán estas últimas para más tarde volverlo a ganar en una eterna lucha sin vencedores ni vencidos. A nosotros solo nos queda contemplar esta extraordinaria lucha de fuerzas cósmicas que nos dejan imágenes imborrables. Emprendo un loco descenso que me llevará a cruzar el Reatillo por primera vez. Un giro del camino me llevará hasta un pequeño ensanchamiento a modo de parking que está junto a las Toscas. Un precioso surtidor de agua que se desploma en cascadas hasta el río. La pena es que el camino para llegar hasta el agua está muy empinado y no se puede bajar la bicicleta, y algunos coches por allí desaconsejan dejar la bici sola y aventurarse hasta el río. Me conformaré con verlas de lejos en la siguiente curva del camino.

Dejo atrás la entrada a un enorme campo de naranjos y poco después una plantación de kiwis. Desde allí tendré la vista que estaba esperando de las Toscas. Continúo hacia la hoya Cherales. Una formación geológica que esculpe la montaña en forma de anfiteatro.

Allí descarto un camino que, hacia la derecha, sube la montaña y enlaza con la carretera poco antes de Sot. Yo en cambio subiré la montaña opuesta en dirección al camino de Siete Aguas y enlazaré con la ruta que hicimos del pantano de Buseo. Llego enseguida al desvío. A la izquierda empieza el camino de ascensión a esta montaña. Estoy a menos de 300 metros de altitud y subiré por encima de los 600 en poco más de 3 Km. solo espero que el camino sea ciclable. Enseguida vienen a mi encuentro las rampas que no me abandonarán en un largo trecho. Meto toda la multiplicación que puedo y el pulsador de los piñones se queda sin recorrido ascendente, eso significa que tendré que ascender yo todo lo demás. El desnivel crece por momentos y la gravilla en el camino no me permite zigzaguear para suavizar la pendiente. Es más, la lentísima velocidad de ascensión me obliga a hacer equilibrios sobre la bici y en más de una ocasión esta lentitud me hace perder la verticalidad, así que pie a tierra y a subir arrastrando la bici hasta un “descansillo” que me permita arrancar de nuevo con tracción. El Sol sube imparable y castiga, desplomando unos crueles y achicharrantes rayos que me queman la piel. El protector solar casi hierve sobre mis castigados brazos. Esta dinámica de arrancar y parar se prolongará casi toda la subida. Aunque bien es cierto que iré más rato montado que otra cosa, pero el hecho de bajar de la bici mina mi moral y mis fuerzas más que una rampa que pueda subir por dura que sea. Las paradas para hacer fotos no me molestan, estas las marco y las programo yo a mi gusto y conveniencia. A la entrada de un barranco veo allá arriba lo que creo que es el lugar al que llega este camino. Está muy lejos. Muy alto.

Sigo subiendo y cuando gano un poco de altura y perspectiva veo que casi no he subido nada. Llego a un tramo con unos porcentajes bestiales. El análisis de los datos mientras escribo esta crónica me dice de tramos del 15% por terreno de tierra y grava. En las condiciones del terreno y sobre todo con este calor asfixiante echar pie a tierra es casi obligatorio. Pero antes de darme cuenta estoy en una zona que me indica que esto se está acabando. No era tan fiero como pintaba, y es que estaba viendo la montaña hasta su cumbre, que no es otra que nuestro conocido Tarrac, y no hasta donde el camino planea a mitad de la ladera. Ahora estoy en la parte alta del barranco y veo el desnivel que he salvado.

Parece mentira, pero si te pones a ritmo y solo piensas en dar pedales y te apoyas en las magnificas vistas de las que se disfruta desde aquí, las distancias parecen desaparecer bajo las ruedas. El alto de la bandera es como un muro que cierra este valle del Reatillo y es visible en todo momento y desde todos los sitios. Llego a otro refugio, este al contrario del anterior que solo era una techumbre con tres paredes es una casa en condiciones. Las caídas del tejado alimentan un depósito contra incendios y la puerta cerrada con un pestillo permite el paso al interior de la casa sin restricciones.

El paraje domina visualmente toda la vertiente hacia el Norte. El Remedio de Chelva, el Castellano, la muela de Alpuente, por detrás Javalambre y el Toro hacia la derecha, más aún, hacia la Calderona que se desdibuja en la distancia. Detrás de mí solo es visible la inmensa muralla de la sierra de Enmedio.



Tras el almuerzo y el deleite visual me pongo en marcha para llegar al camino de Siete Agua. Por fin he enlazado aquella ruta que se quedó solitaria ahí en medio del mapa. Llego al lugar donde aparcamos el coche para iniciar aquella impresionante ruta y me dispongo a iniciar el descenso que me llevará a Sot de Chera. La bajada es una locura en toda regla. El camino no presenta baches ni agujeros ni roderas, tan solo la gravilla en la pronunciada pendiente puede suponer un problema.

Y vaya si lo es si te dejar caer a tumba abierta. Hay que ir dando toques de freno para ajustar la velocidad y tener ese punto de control que te permita hacerte con la bicicleta. Cuando apuro la frenada un poco más de la cuenta la bici derrapa de atrás cuando intento pararla. Eso me hace volver a atarla en corto. Aun así bajo a una considerable velocidad. Llego al pueblo y me dirijo hacia el charco del bruñidor. Una playa fluvial acondicionada sobre el río que constituye un paraje de gran belleza paisajística y un fantástico ejemplo de aprovechamiento de un recurso natural para uso y disfrute de los ciudadanos.

Lo cuidado del entorno y las instalaciones son un merecido premio para el pueblo y una envidia para los que no lo disfrutamos a diario. Recorro todo este tramo con la precaución de estar circulando junto a mucha gente que está más pendiente de disfrutar de un buen chapuzón que de no ser atropellados por una bici. Pondré toda la precaución mientras paso por este lugar y me iré parando para disfrutar de las vistas. Al final llego a una senda que se dirige, salvando unos escalones, a otro paraje de baño: la canal. Es una zona más natural, no está acondicionada aunque muestra restos de actividad humana en lo que parece un azud para desviar agua hacia las acequias de riego de la zona. Los saltos de agua y las pozas hacen de este rincón una autentica joya paisajística. Vuelvo sobre mis pasos y me adentro en el pueblo en busca del camino de la fuente del tío Fausto.

Es una zona recreativa con mesas junto al río a la sombra de una inmensa chopera. Este tramo de río también está acondicionado para el baño de una forma fantástica. Una fuente junto a las mesas me servirá de aprovisionamiento ahora que empiezo a agotar las reservas hídricas de mi mochila. Continúo hacia el paso del río. El camino se interna en el curso de agua en una ligera pendiente. Cuando estoy a mitad del paso la rueda de atrás pierde tracción y se desliza sin control haciéndome caer en mitad del agua. Ya en el suelo no será tan fácil levantarme ya que el verdín que se hace en el asfalto por el continuo paso del agua hará que no tenga sustentación con las plataformas metálicas de los anclajes de los pedales. Tendré que ponerme de rodillas para poder levantarme. Los cuatro dedos de agua y el musgo han servido de colchón para que no me haya hecho ni un solo rasguño, ni tan siquiera me he hecho daño. Ha sido más el apuro de caerme cuando pasaba un coche que ha podido ver toda escena y que, a buen seguro, contará entre risas a todos sus amigos. Tampoco me he librado yo de la risa floja y también será una buena anécdota que contar al resto del grupo. Menos mal que el calor invitaba a un baño pues voy completamente mojado. Con 4 kilos de agua empapando mi ropa y zapatillas menos mal que no me quedan subidas duras. Continúo hasta el cruce y topo de frente con el sinclinal. Una curiosísima formación geológica debida a un plegamiento de la corteza terrestre que se eleva como una tienda de campaña o como una barraca que es más nuestro.

No olvidemos que estamos en un paraje que conforma el parque natural geológico de Chera-Sot de Chera. Vuelvo al encuentro del río. El camino lo cruza otra vez. Ahora lo cruzo por encima de unas piedras, pero esta vez, las piedras sobresalen medio metro por encima del agua. Este será el primero de otros tres pasos de este tipo.

Pedaleo unas veces junto al río y otras el camino se aleja de él. La montaña de la izquierda según la marcha está salpicada de diferentes curiosidades y plegamientos que aportan espectacularidad a una ruta cargada de hitos dignos de recordar. Hasta la fauna se une a este poupourrí de sensaciones. Llego a un cruce de caminos en el que reconozco el tramo de ascensión hacia el camino de Pera. Acabo de cerrar la ruta y me toca volver por un tramo conocido. La espectacularidad del entorno no hace aburrido este tramo repetido. Al contrario. Sirve de recordatorio y otorga la posibilidad de ver el paisaje al revés sin tener que volver la cabeza y permitiendo descubrir aquellos rincones que me pasaron inadvertidos en el tramo de ida.

Desde el paso del río inicio la subida hacia la carretera. Es una subida tendida y no presenta mayores problemas. Vuelvo a parar en la parte de arriba para ver el desfiladero por el cual se unen los dos ríos. Justo en esa perpendicular allá arriba en la montaña es donde está el corral de Javier y aquel “mirador” que me busqué para disfrutar de estas vistas en la ruta anterior. Llego a la carretera e inicio el descenso por asfalto hacia el balneario. La emoción de la velocidad la sentiré en este pequeño trayecto hasta el giro a la derecha que me llevará hasta la puerta del balneario. El lleno del parking indica que hay mucha gente en el hotel y otros muchos bañistas que han venido a pasar el día. Llama mi atención un inmenso eucalipto de proporciones bíblicas.

Y que será la última foto de esta jornada de feliz pedaleo por estas montañas que tanto me gustan y que no dejan en ninguna de las rutas de sorprenderme y entregarme paisajes para el recuerdo. Ya tengo alguna ruta más preparada para las próximas semanas. De momento voy a llegar a casa a disfrutar de otra de las obligaciones después de cada ruta. Con uno de los sonidos más bellos del mundo, al abrir una lata de cerveza, me doy por felicitado y hasta pronto.