miércoles, 17 de noviembre de 2010

Manises-Ermita Santa Ana (Albal)

A estas horas creía que estaría contando que la ruta no era para tanto. Que la había hecho porque quería conocer la ermita pero que el resto me había dejado frío. Bueno, frío si que me he quedado con la chopada que me he pegado, pero de verdad que la ruta ha sido la sorpresa de la temporada. De todas las otras rutas ya esperaba vistas bonitas, lugares increíbles, dureza en las subidas y bajadas espectaculares, paisajes grandiosos y emociones a raudales.
En cambio en esta esperaba una ruta muy urbanita que pasaba por mil y un polígonos, por pueblos, calles, entre coches y tráfico, urbanizaciones, la ermita y poco más. Pues si, ha sido todo eso, además de un chaparrón que no estaba previsto, o al menos no anunciado en la previsión meteorológica de ayer, pero sobre todo me ha desmontado los prejuicios que tenía de antemano sobre los lugares por los que iba a rodar. Y es que, quizá por esperar poco de la ruta esta se ha revelado y me ha parecido mucho más de lo que esperaba. Ni siquiera el mal tiempo y el barro acumulado me ha tumbado el entusiasmo al terminar.

Salía desde Manises para acortar algo la ruta y de paso si esta era apta ya estaba trazada para todo el grupo. Así que a toque de despertador y con un cielo con alguna nube pero limpio, desayuno y me cargo la Zesty en el grandote. Aparco junto al instituto y me pongo en marcha por el “carril bici” que no está señalizado como tal en la calle Rosas, por donde antes transitaba el tren que ahora, convertido en metro, se hunde bajo tierra. Giro a la derecha hacia el barrio San Jerónimo y busco la pasarela para cruzar la A-3. unos metros de arcén y giro a la derecha paralelo a la carretera Quart-Aldaia que cogeré unos metros más adelante por el carril bici. Todo este tramo ya lo conozco de cuando hicimos la ruta de Calicanto por Aldaia. A la entrada de Aldaia giro a la izquierda y voy por el carril bici del parque de la ronda de Alaquas que es hacia adonde me dirijo.
Este parque es una pequeña joya, una preciosa y tranquila arboleda con zonas diferenciadas para diversas actividades y que constituye un pequeño pulmón para el pueblo. Al final llego a la vía del tren que separa los dos pueblos. Cruzo por la pasarela y giro a izquierdas hasta alcanzar el carril bici junto al instituto. Luego toca callejear por una zona de casas antiguas, de las de antes, de cuando los pueblos eran más pequeños y las economías domesticas más modestas, las de antes de la especulación y la barbarie inmobiliaria que fue uno de los motores principales, aunque no el único, de la tremenda crisis que padecemos. Esas casitas que me recuerdan al barrio de Manises donde nací y pasé mi infancia, aquellos tiempos en los que jugábamos en la calle de sol a sol cuando las vacaciones lo permitían o desde después del colegio hasta que se hacía de noche en época escolar. De cuando el tráfico no era el dueño absoluto de las ciudades y no representaba el peligro inminente que es hoy en día. Cuando las consolas y ordenadores no existían y jugábamos a las chapas o a las tellas ¿alguien se acuerda de estos juegos?, al churro va, a las canicas en las calles sin asfaltar para poder hacer el “gua”. Pienso todo eso mientras veo estas casas cuando de pronto llego a una plaza con una fuente y frente a ella el castillo de Alaquas.
Recorro la plaza buscando el mejor ángulo para hacer una foto y casi me meto en la cola del paro. Esa misma cola que hace unos meses me tenía entre sus ocupantes, esa cola ante la que me siento algo culpable de estar aquí haciendo una foto ante la preocupación y la angustia de los que la engrosan. Rodeo el castillo para gozar de esta obra arquitectónica que data de entre los siglos XV-XVI más información: http://castell.alaquas.org/esp/monumento.php incluso entro en el vestíbulo para obtener una imagen del precioso claustro.
Ante la mirada un tanto crítica del conserje por haber entrado con la bici me voy rápidamente antes de que me pueda llamar la atención.

Sigo en la misma dirección que llevaba callejeando hacia la salida del pueblo para topar con otro carril bici que se ciñe a una carretera. Me ha sorprendido la cantidad de carriles bici que hay por estas poblaciones, por otra parte es lógico ya que están ahogadas por vías de tren y autopistas. Aunque no siempre por ese motivo los gestores municipales acometen estos carriles como vías de escape, en este caso sí lo han hecho y con bastante buen criterio. Llego a una rotonda y giro a la izquierda por un camino pegado a la faraónica obra del Ave. Otro impedimento que no tenía en los mapas y que hay que superar. Y mientras decido por donde cruzo la vía comienza la lluvia. Con una intensidad moderada pero constante me hará buscar refugio en el polideportivo de Picanya. Antes habré tenido que cruzar por un paso inferior junto a la masía del Pollastre. Lo curioso de este paso es que al otro lado hay una acequia y tienes que bajar de la bici para salvar los escasos 4 metros que faltan hasta el camino, ¿a nadie se la ha ocurrido eliminar este pequeño obstáculo? Está visto que no. La masía es una ruina o casi, el cartel que luce su nombre, en cambio, es una llamada a aquellos tiempos a los que hacía referencia. Llego a cubierto bajo la terraza del polideportivo y me decido a esperar a que escampe.
La espera me tendrá retenido casi 2 horas en las que almorzaré para ganar ese tiempo que si no me hubiera faltado a la postre. La pinada que rodea el bar es una maravilla que parece no inmutarse ante el aguacero. Ya que otras veces he tenido que criticar la actitud de ciertos personajes hoy quería agradecer la amabilidad y el comportamiento de Amparo, la encargada del bar que me ha servido un café calentito cuando estaba helado y empapado como un pollo y me ha tenido que aguantar allí todo el rato que ha durado la lluvia. Al final y viendo que no paraba del todo me he puesto el chubasquero y “he salido a la lluvia” como Manolo García, para llegar, entre campos de naranjos, a Picanya. Otro carril bici que lleva del polideportivo al pueblo y cruza la autopista CV 36. Luego cruzo el barranco de Torrente o barranc del Poll y llego hasta la vía del metro.
Paralelo a ella me muevo por un parque, otra preciosa arboleda que pinta de color el otoño bajo los árboles y que junto a la resbaladiza pintura verde, por efecto de la lluvia, del carril bici –otro más- observo los letreros que ponen nombre a los árboles. Por suerte a partir de aquí iré de espaldas a la lluvia y el rodar será algo más cómodo. Cruzo el paso a nivel y unos metros más allá el enésimo carril bici me saca del pueblo. Giro a la izquierda para dirigirme a una zona semi industrial con algunos almacenes pero sobre todo a un laberinto entre naranjos. Caminos asfaltados que se bifurcan como arterias entre campos de verdes hojas pintadas con el llamativo color de la fruta. Las villas y masías no tardan en llegar. Preciosas casas antiguas casi todas ellas restauradas y rezumando tranquilidad en medio de este mar de frutales.
Casas que, vistas desde otro carril bici, dan envidia de no poder ser el afortunado inquilino, pero que vistas desde dentro tendrán el portentoso trabajo que requiere la vida en el campo. Hoy me quedo con la parte externa y hago unas fotos que me muestren esa tranquilidad que más de una vez echaré de menos allá en la ajetreada vida del “no biker”. El caminito se cierra y se estira bajo los alargados cipreses que lo aprisionan y me llevan hacia la autopista.
Junto a ella me dirijo hacia la torre de comunicaciones de Catarroja que se eleva como un faro y que se puede ver desde una distanacia grandiosa. Junto a su alargada figura cruzo la autopista por un puente desde el que veo ya la pinada donde está la ermita.
Algunos coches, o mejor dicho ninguno de los que me encuentro en este tramo tendrán la consideración de aminorar la velocidad para no salpicarme con los charcos del camino, incluso alguno me pitará para que me aparte o vaya más rápido, no sea que los 5 segundos de retraso que le pueda ocasionar sean fundamentales en su vida. Igual si. Bueno, por fin llego a la ermita. Al premio de la jordana, al plato fuerte de esta ruta.
Como por ensalmo la fina lluvia que me acompañaba para. El lugar está cuidado al máximo. El suelo está barrido de las afiladas hojas que sueltan los pinos y solo se ve el blanco de la arenilla del suelo. Una fuente, bancos y la fachada del edificio entre los árboles invitan a pasear por el recinto y disfrutar de las panorámicas que se ofrecen para capturar la mejor foto.
El ambiente lluvioso a dejado una atmosfera cargada y pesada que parece ralentizar los movimientos y apaciguar los sonidos. Veo que el lugar no tiene pérdida posible pues justo al lado se eleva otra portentosa torre como un embudo o como una flecha que indica hacia abajo “aquí aquí está la ermita” y que es visible desde muy lejos. La iglesia está cerrada, pero una rápida visita al pequeño altar de piedra que hay detrás de la ermita pondrá punto final a este agradable estar que me tendría que haber soportado durante el almuerzo pero que la lluvia a aplazado para otra ocasión.

Me pongo en marcha buscando los caminos secundarios. Por fortuna aún han aguantado el envite del cemento muchos campos que alternan una gran variedad de cultivos. El olor de algunas plantaciones recién cosechadas impregnan el ambiente.
A lo lejos veo el otro punto caliente de la ruta. El monte Vedat se eleva tímido entre la masa de chalets que han ido creciendo no solo a sus pies sino en pleno corazón de la montaña. Antes de llegar allí llegaré al canal del transvase Júcar-Turia. Esta es otra ruta que tengo pendiente, salir desde el inicio del canal allá en el pantano de Tous y llegar hasta Manises pegado al canal. La idea es llegar en metro a Massalaves, llegar hasta el canal y bajar siguiendo sus aguas. Hoy llego hasta él por caminos asfaltados pero menos transitados de lo que imaginaba, lo que representa una agradable sorpresa que no me esperaba.
Lo sigo hasta verlo desaparecer bajo la montaña, la cruzará por debajo en oblicuo para salir a la cara noroeste del monte. Yo mientras tanto callejeo por asfalto vertido sobre la piel natural de la montaña, una montaña que se resiste a desaparecer y que incluso le han permitido mantener parte de su antiguo aspecto, en otras zonas la montaña llena de exhuberancia las parcelas de quienes viven en medio de un vergel.
La urbanización de esta montaña junto con Perenxiza, La Vallesa de Mandor y El Saler, son, a bote pronto y que se me ocurran ahora, de las actuaciones más sórdidas, aberrantes y desalmadas que se han acometido por los alrededores de Valencia. Pero lejos de aprender de estos errores se siguen buscando sitios “vírgenes” para construir más chalets, más carreteras, más asfalto y menos naturaleza. Parece ser que con Porxinos y nuestra querida Rodana quieren hacer más de lo mismo y que hasta ahora solo se lo ha impedido la crisis, mira tú si la crisis aún va a traer "algo" de bueno. Aunque claro ¿quien se puede resistir a vivir en un sitio así?
Voy subiendo hacia la cumbre ocupada por la ruina de lo que un día fue uno de los hoteles emblemáticos de Valencia. El Lido se desintegra bajo el pillaje y la barbarie. Ya no se trata de robar lo que se necesita para uso propio o para venderlo y sacar un dinerillo, se trata de destrozar para que nadie lo pueda utilizar, de crear fealdad ruina y escombro por un “placer” tan oculto que cuesta encontrar un calificativo.
Buscaba el vértice geodésico de monte Vedat que está por aquí, pero ante tanto derribo me da mal rollo ponerme a buscarlo. Igual hasta se lo han llevado. Salgo de allí raudo a la vista de dos “caza oportunidades” no sea que me tomen por un objeto valioso.
Paseo por las calles admirando algunas casas o restos de ellas, que bien podrían haber sido palacetes de familias bien. La bajada la hago tranquilo por una carretera mojada y peligrosa que muestra entre los árboles los paisajes lejanos de La Calderona o Perenxiza.
Entre medio las poblaciones se extienden sin fin. Ya abajo me reencuentro con las aguas que deje entrando en la oscuridad de la montaña. Amanecen a la luz mortecina del día nublado y lluvioso que dejaron minutos antes. Sigo el canal hacia el norte y este me dará a elegir entre la estrechez de una cornisa sobre sus aguas o un badén con rampas más que considerables.
Poco después llego al polígono industrial de Masía del Juez, cruzo la carretera junto a la fábrica de salchichas y sigo el canal. A partir de aquí entro en la zona más fea de la ruta.
Una barraca desubicada agoniza entre rastrojos bajo la atenta mirada de la montaña que aún aguanta los envites tecnológicos y el peso del cemento. Los caminos encharcados no ayudan a mejorar la situación y la fealdad del tramo. El barranc del Poll con sus aguas sucias y malolientes en esta zona invita a pedalear deprisa para llegar así pronto a la planta de tratamiento de residuos sólidos urbanos, o sea, un basurero.
Como si de la película “los pájaros” se tratara, las aves, en este caso gaviotas principalmente, sobrevuelan en círculos en busca del manjar que nosotros desechamos. En esta sociedad tan solidaria, en otras partes del mundo el trabajo de las gaviotas lo hacen personas, niños que rebuscan entre la basura, la putrefacción y el olor inmundo para obtener algo que comer o algo con que vestirse o parchear el sitio donde mal viven. Aquí les damos de comer a los pájaros para ponerlos a la altura de las personas. Pero a pocos nos importa todo esto, seguimos escribiendo la crónica de la ruta, o leyendola, o haciendo fotos y paseando en bicicleta o con un Porche ajenos a la miseria y la inmundicia. Este era el momento protesta que de nada o poco servirá, o que quizá haga conciencia.

No hay otro sitio por donde pasar a no ser que des un rodeo increíble. Me sorprende que el olor no es tan fuerte como yo esperaba. Huele mal desde luego, pero no mucho peor que la fosa séptica del barranc del Poll que tan bien conocemos de la ruta de Perenxiza, así que el puñetazo en la pituitaria es mejor pasarlo con los ojos cerrados que son los que más sufren en este tramo. Después llego al P.I. y cruzo la A-3 para dirigirme entre los naranjos y con vistas a la Muntanyeta hacia el P.I. de Manises. Ya solo me queda pasar a lavar la bici antes de meterla en el coche y dar por concluida una ruta que espera decir que no haría más y que ahora la pondré en rutas pendientes del grupo.