miércoles, 27 de octubre de 2010

PlaLluc-MiradorL'Abella-CerroLaMata-Ventisquero

Desayuno frente a la ventana de la cocina contemplando las montañas que en un ratito estaré subiendo. Miro el termómetro al otro lado del cristal que marca 9º. El frío Sol matinal que acaba de despuntar aún no calienta lo suficiente y la atmosfera está cristalina y en calma. Eso hace que las montañas no tengan relieve, que parezcan enormes dibujos tendidos del cielo, naturaleza muerta inmutable, imperturbable a través de su efímera eternidad. Pero La Calderona no es eso. Su naturaleza geológica la hace estar tan viva como la propia vida que crece y se desarrolla en ella.
Su constante cambio debido a la erosión la hace mostrarse siempre nueva, siempre cambiante, hasta que, por fin, mucho después que nosotros, tan solo sea un recuerdo en la arrugada piel de La Tierra. Hago repaso mental de todo lo que tengo que llevar mientras meto la bici en el ascensor y la cargo en el coche. Un viajecito desde Riba Roja al Pla de Lluc donde empezaré la ruta. Pero sorpresa… el coche se ha quedado sin batería y eso me hace perder más de una hora en el taller y toda la historia alrededor. Antes de salir de casa ya llevo un dineral en gastos. En fin, a lo que íbamos.

Llego al Pla y me dispongo a comenzar la ruta de hoy. Con la bajada de las temperaturas conviene calentar con algo más de intensidad. Luego me pongo en marcha poco a poco para ir adquiriendo una velocidad constante en este tramo casi llano. Sigo las indicaciones del “Treki” cuando este me saca del camino para enfilar la font de L’Abella y el desnivel empieza a dejarse notar. Este camino es paralelo, por el valle de la izquierda al que últimamente tomamos para subir a Tristán. Más a la izquierda queda el camino paralelo al barranco de Villuela y la font de La Gota, pero el penoso estado de dicho camino hizo que dejáramos de transitarlo ya hace algún tiempo. Hoy pruebo este camino nuevo para descubrir una parte desconocida de la sierra. Gano altura rápidamente entre una zona de vegetación de monte bajo y algún pino solitario o bien reducido a pequeños grupos aquí y allá. La altitud comienza a ofrecer impresionantes vistas, ya conocidas, del valle del Turia. No por ello menos apreciada.
Abro la chaqueta para poder refrigerar un poco ya que la sudada comienza a ser importante. No me molesta tanto pasar un punto de calor como pasarlo de frío, pero si puedo refrescarme un poco ahora mejor que mejor. El camino sigue subiendo en zigzag, entre sol y sombra, entre el frescor de la umbría y el calor de las zonas expuestas al Sol que por momentos intenta alcanzar su zenit en este cielo otoñal.
La luz es espectacular, cada otoño pensamos lo mismo. Una luz diáfana y nítida que todo lo ilumina pero que emana de esa solemne melancolía que se derrama por la atmósfera y que todo lo inunda en esos días previos al invierno, cuando las temperaturas bajan para anunciar el inminente cambio. Esa misma luz, o mejor dicho su ausencia, que marcará, como cada año, esos días de tristeza interior que me invade sin remisión y que solo el transcurrir de unas semanas curará al asimilar la nueva rutina. Pero ahora aquí en medio del monte no siento esa carga emocional negativa, todo lo contrario. Me lleno de vida e ilusión en cada pedalada hacia la cima. Descubro a lo lejos en el camino lo que imagino como la fuente.
El juego de piñones y la cadencia, todo lo constante que permite el bacheado del camino, me acercan rápido hasta la fuente. Algo más arriba, siguiendo el camino, el mirador. Corono el alto y sale un camino a la izquierda, lo tomo para llegar, unos metros más allá, al mirador. Rodeado de una barandilla de madera y un par de escalones por encima del llano donde se asienta, el mirador de L’Abella es un lugar privilegiado para observar la llanura aluvial del río Turia.
Hoy se ven todas las montañas alrededor. Desde El Toro hasta El Caroche, desde El Montgó al pico Ropé, y por supuesto el mar, la línea de costa del Saler, La Albufera y la Serra de Les Rabosses. Me pongo otra vez en marcha pero sé que la ruta prevista es inviable por el retraso acumulado por la avería de la batería del coche. Rápidamente recalculo mentalmente la ruta nueva para hoy. Ya que estamos voy a probar un camino que creo que al final se convierte en senda pero que no estoy seguro. Es lo que pasa cuando alguien cuelga un track pero no explica con qué te vas a encontrar. Nada más dejar el mirador, el camino comienza un vertiginoso descenso. Enseguida un camino se abre a la derecha en subida, tiro de freno y cambio de plato y piñones para subir la cuesta. La arboleda se cierra sobre el camino. Los pinos jóvenes alargan sus ramas hacia este camino solitario donde tienen más espacio para crecer. La rampa se endurece por momentos y el firme tampoco acompaña pero poco a poco voy remontando. Veo entre la arboleda una casa, según el mapa son los corrales de La Rosa. Justo ahí se unen una rampa brutal y un tramo de camino descarnado, las escorrentías de las lluvias bajando por la ladera de la montaña han arrasado el camino. Pie a tierra y a subir empujando la bici estos últimos 150 metros. Junto a la casa salen dos caminos. Derecha sube, izquierda baja. Tengo marcado el de la izquierda así que… De momento es un suave ondular por la cresta de la montaña aunque la vegetación se va cerrando y convierte el camino en senda. Algún que otro arañazo pero de momento no pasa a mayores. El firme se empieza a salpicar de piedras y raíces conforme pierde altitud debido al arrastre de las aguas pluviales. Y de repente la rodera que aparece en mitad de la senda hace impracticable la ciclabilidad de la misma. Las ruedas pasarían pero los pedales no, así que pie a tierra otra vez y a seguir.
Ya donde estoy me cuesta más volver que seguir… o eso creo. Este circo se prolonga por más tiempo del que pensaba, además estoy bajando a una cota que al final no me va servir de nada este camino-senda. Por momentos aún empeora más el estado del terreno pero ya no puedo remontar y volver atrás. Llego hasta el fondo del barranco del Saragatillo, este barranco nace entre la font del Poll y Peñas Altas y baja hasta unirse al de Villuela cerca de la font de La Gota. Tras pasar el barranco llego por fin al camino, giro a la derecha y empiezo a remontar todo lo que he bajado por la senda. Decididamente merece la pena ir por la pista; bajar rápido y montado en la bici en vez de arrastrarla todo el rato entre las piedras. Además, por este lado hay una señal que prohíbe específicamente circular por sendas. Por el otro lado que he entrado esta señal no estaba, de ahí que tuviera la duda. El relieve sinuoso de las montañas y de los enormes bloques de piedra que se sustentan en precario equilibrio dejan boquiabierto al que contempla estas maravillas.
La caprichosa naturaleza juega día a día a modelar figuras con estas montañas. Y cada día las pule, las cambia, las retoca en un intento de perfeccionar más su obra, ya de por sí perfecta a mis ojos. Llego a la font del Berro donde leo el dichoso cartel de “agua no apta para el consumo”. Ya se que la aptitud o no aptitud del agua es determinada por los análisis de dicha agua, pero a mi humilde entender, con que nos previnieran de que es agua no tratada ya sería suficiente, lo de “no apta” lo entiendo más como que es directamente mala para la salud. Además, para calificarla como no apta se supone que de vez en cuado la analizan ¿no? Bueno, sea como sea hoy no he necesitado agua que si no… en otras ocasiones casi hemos secado la fuente ante la necesidad por encima de la aptitud. Sea como sea la dichosa fuente está aún a mitad de subida. Por fortuna una vez salido de la senda, el camino vuelve a estar en condiciones optimas para subir sin preocuparse del firme, ahora son las fuerzas las que me hacen avanzar más o menos deprisa en función de la rampa que me encuentro por delante. Llego al cruce y tomo un camino a mi derecha cruzado por una cadena, que sube hasta la torre de vigilancia forestal.
Desde la primera vez que la vimos siempre he tenido ganas de subir allí, hoy es el día. A los pocos metros la pendiente se encabrita de forma brusca, tanto que sufro lo que no está en los escritos aun a pesar de llevarlo todo metido y todo bloqueado. En una curva veo que el camino está encementado, mal asunto pienso, porque no tengo resuello ni para hablar. Intentando salvar los hierros que asoman del cemento doy un giro muy brusco y ese es el final de la subida en bicicleta, a partir de aquí a pie y arrastrando la bici.
De todas formas no hubiera podido llegar muchos metros más allá, la brutalidad de esta rampa no la había visto en ningún sitio. Ni siquiera el Montdúver fue tan cruel. Llego arriba sin resuello y pensando que la bajada va a tener miga si no decido bajarme antes de salir despedido por delante del manillar. Pero ahora toca disfrutar del espectáculo visual que se presenta ante mí. La torre de vigilancia está vallada, pero un agujero en ella me permite llegar a la base. No intento subir ya que el estado de abandono ha llegado a pudrir el hierro de la barandilla en muchos puntos, en otros se ve roto y suelto. De hecho no debería ni estar aquí dentro así que de subir ni hablar, sería una autentica temeridad.
Me conformo con hacer algunas fotos y buscar acomodo para almorzar. En resumen: tengo las mismas vistas que desde el mirador pero desde más arriba, con lo que aún, las panorámicas son mejores. Aquí sentado, con el mundo a mis pies, es como si los problemas desaparecieran. La enormidad de las montañas lo llena todo. La inmensidad del mar lo empequeñece todo. Las ciudades parecen diminutas. Por ende las personas, simplemente desaparecen. Desde aquí uno no puede pensar en problemas. No los hay. Me siento tan pequeño, tan vulnerable que es como arrojar una gota al mar. Por un momento me lleno de tranquilidad y armonía. Que lujo al alcance de todos y que pocos lo utilizan. Aunque sinceramente, mejor así. Si no esto acabaría siendo la misma locura y la misma jungla que es ahí abajo. Me pongo en marcha otra vez. Bajo con suma precaución y cuidado. Los frenos presionados en todo momento chillan y se quejan del esfuerzo. Espero que aguanten. Solo pido eso. En más de una ocasión he pensado que la bici iba a bascular sobre la rueda delantera y no sé donde hubiera acabado. Llego abajo con una mezcla de satisfacción y alegría. Tomo el camino de enfrente hacia la font del Poll. Casi junto a ella surge el camino a la derecha que sube hacia Rebalsadors o baja hacia Serra. Remonto el collado y tomo otro camino a la derecha que es el que sube definitivamente a Rebalsadors. No es broma este tramo de subida. El porcentaje se deja notar en la musculatura y además es la peor parte en lo que al firme se refiere de todo el camino, sin contar la senda. Luego otro camino sigue subiendo a la derecha señalizando el Ventisquero. Allá que voy. Tampoco hemos estado nunca ninguno del grupo. Bueno, pienso mientras estoy subiendo: al menos he encontrado otra ruta opcional con miradores. Llego arriba junto a la antena y las vistas se repiten otra vez, desde más arriba y en versión mejorada.
Es como ver la tele en blanco y negro, en color o en alta definición. Luego visito el Ventisquero. Es de los pocos, por no decir el único pozo de nieve que se conserva en La Calderona.
Desde aquí todo lo que me queda es para abajo. Así que vuelvo a calarme y me dejo llevar por la inercia de la pendiente. Levantado del sillín y apoyando todo el peso en los pedales voy trazando para evitar las piedras y baches en este primer tramo. Intento coger las curvas por la parte externa cuando tengo visibilidad para irme “al otro carril”, no sea que venga algún coche o algún ciclista subiendo. A veces veo algunos que van por donde quieren, y aunque esto sea el monte también hay unas normas de convivencia. Si tú vas por tu sitio y yo por el mío no nos chocaremos. Voy cogiendo velocidad a marchas forzadas mientras esquivo algunas piedras en el camino.
Con toques precisos de freno reduzco lo suficiente para trazar con seguridad, pero cuando surge alguna piedra inesperada hay que exprimir más a fondo el freno, eso hace que pivote sobre los pedales y mi cuerpo se proyecte hacia delante con rapidez. Empujo con los brazos en el manillar para volver hacia atrás mientras suelto freno, la velocidad me devuelve al sitio rápidamente. Este camino de bajada es el que hacemos últimamente de subida, no lo hemos bajado nunca y hoy estoy comprobando lo rápido, cómodo y divertido que es de bajar. Llego a la zona por la que el camino casi dibuja un círculo en la montaña.
Es como una hoya con unas vistas espectaculares. Ya estoy finalizando la bajada y la velocidad me acerca al final de este camino, donde empalmaré con el camino de inicio que me llevará hasta el grandote, que espera pacientemente mi regreso. Al final los 31Km. no han desmerecido para nada ni en dureza ni en emociones. Pero por encima de todo queda el hecho de recorrer este paisaje abrumador de singular belleza que colma, cada vez que lo recorremos, todas nuestras expectativas. Quedan muchas rutas pendientes por realizar, pero poco a poco las recorreremos para seguir contándolas.


Track de la ruta PlaLluc-MiradorL'Abella-CerroLaMata-Ventisquero