lunes, 22 de agosto de 2011

Embalse Benageber-Los Visos (por Aerodromo Benageber-Aldeas)

Esta era otra ruta de las marcadas en rojo en la agenda vacacional. Los lugares a visitar, la presencia del embalse de Benageber y sobre todo conocer, por fin, la bajada por los Visos a ver si es o no ciclable.

Así que salgo temprano de Calles para llegar en coche hasta el embalse e iniciar la ruta a las 9 en punto. Tengo previsto llegar a hora de comer aquí mismo, así que el bocata y la cervecita los dejo en la nevera con hielo y me pongo en marcha cruzando el túnel que sube hacia Utiel.
Sobre la montaña se asienta la enorme mole que un día fue la fábrica de material para la construcción de la presa y que se nutría de la propia montaña. Hoy son solo fantasmas de hormigón y ventanas muertas. Comienzo la ruta en subida, por asfalto, por carretera. Todo bloqueado para minimizar el vaivén y una cadencia alta que romperé varias veces ante las increíbles vistas que se ofrecen. El sudor no tarda en perlar mi frente a la primera de cambio y casi instintivamente el primer trago de agua. Un par de curvas después un desvío a la derecha indica al barco solar y varias áreas de recreo, entre ellas el charco negro. El centro de vacaciones y el poblado obrero quedan arriba, sigo bajando para acabar el asfalto y entrar en una pista de tierra en perfectas condiciones.
Curveo con el camino entre la pinada con el embalse ofreciéndose a la derecha. Algo después otra bifurcación: derecha baja a la fuente Muñoz y el barco solar, el track indica izquierda hacia la Pardala. Primero voy a bajar a la fuente a reponer agua fresca. La zona de la fuente es una zona de acampada y algunas tiendas crecen como setas sin orden ni concierto. Lo lamentable es la sensación de haber sido tomada al asalto y que casi quita las ganas de llegar hasta la fuente, mucho más si miras el estado de guarrería que hay junto a algunas tiendas que casi están comidas por la basura a su alrededor. Los contenedores y sus alrededores repletos tampoco invitan a acercarse a depositar la basura y es que las administraciones deberían tomarse esto mucho más en serio y poner un servicio de recogida en estos lugares. La alegre y rápida bajada voy a pagarla ahora en la subida. Es un tramo similar a la primera subida de la carretera. No es tan larga como me había hecho creer la velocidad de la bajada. Llego al desvío y ahora sí que voy hacia la Pardala, el indicador del charco negro no aparece ya por ningún sitio, esto y la manía de no poner las distancias hasta las zonas o fuentes indicadas evita que lleguemos a conocer muchas de ellas por no lanzarnos a la aventura.
Sigo ciñéndome a las curvas de la montaña en los pasos por los barrancos, oteando a mi izquierda los peñascos que se elevan y marcan la cima desde esta perspectiva. Me queda un mundo por subir. En un tramo de ligera bajada me paso el camino a la izquierda que sube y se interna en el bosque. Sigo bajando hasta fuente MIguel, el cartel está pero la fuente no la veo por ningún sitio, y al consultar en el “Treki” descubro que me he pasado de camino. Vuelvo atrás y tomo el camino que ahora sale a la derecha en estado latente de abandono.
La vegetación va tomando el camino poco a poco y el firme se descarna azotado por la intemperie y la falta de paso que compacte la tierra entre las piedras. En más de una ocasión tengo que poner pie a tierra, no porque la pendiente sea muy dura; para quienes estamos acostumbrados a rodar por montaña no es una subida exigente, pero la agresividad del firme con piedras y roderas es lo que te obliga a buscar la trazada perfecta, si no la consigues la poco velocidad te hace perder el equilibrio, que quizá a golpe de potencia puedas superar una vez, pero una piedra o una raíz más allá se hará insuperable, tarde o temprano acabas por bajarte. Esta es la parte más difícil para mí. Siempre supero mejor las rampas encima de la bici, además cuando me bajo es como una losa en mi moral, una ralentización que no tenía prevista, una parada que me saca del programa, pero es lo que hay, si no quiero encontrarme estos problemas mejor me quedo en casa. Acarreo la bici hacia arriba entre las piedras, parando para contemplar las vistas que se van elevando por encima de las montañas al otro lado del pantano. El camino pasa diversas zonas de pinar y cruza un pequeño barranco aquí arriba. Pero todo se termina, así que la subida también. Acaba junto a una zona asfaltada que es el extremo oeste de la pista de aterrizaje. La larga lengua blanca de tierra se extiende hacia el infinito, ya que no se ve el final debido a una ligera cresta hacia el centro de estos 800 metros de pista. Casi por el centro hay una caseta y detrás unos depósitos de agua y una especie de pista auxiliar para el mantenimiento. La continúo hacia la parte más oriental, la que tiene las vistas al embalse... y conforme me acerco empiezo a alucinar.
El cortado que se produce de repente es enorme. Abajo, el lago es una enorme mancha azul dibujada sobre el verde de la frondosa vegetación. Una línea rojiza de tierra separa y contrasta los colores. En el centro la isla. A su derecha la escapatoria natural del embalse siguiendo el curso que labró el Turia y que parece doblegar el mundo. A la izquierda el enorme tajo por el que el río entra en este valle a modo de embudo y lo llena. La montaña de enfrente oculta las casas de la Tartalona, estupendo lugar de acampada años atrás y hoy en desuso y estado de abandono, una próxima ruta por allí espera en la memoria del GPS. Por encima de las montañas de enfrente el mundo es infinito, o casi. Desde el Pico Ranera más allá de Talayuelas y su laguna hasta el Pico Remedio, o los molinos de Higueruelas o Aras, o el Toro, o… Almuerzo bajo los pinos con las increíbles vistas del embalse saturando mis retinas. Luego unas fotos y me hago a la idea de que hay que ponerse otra vez en marcha.
Atravieso otra vez la pista y cojo un camino a la izquierda justo enfrente del que me hizo llegar aquí arriba. Esto si es un camino en toda regla. Me topo con varios campos sembrados de viñas aquí arriba. No deja de sorprenderme los lugares, a veces, tan inverosímiles donde hay campos de cultivo. El camino comienza a bajar y pronto se convierte en pista de asfalto. Veo a lo lejos una pequeña aldea pero con la inercia y la velocidad de la bajada llego rápidamente hasta ella. Esta aldea es Villanueva. Una serie de casas en verdadero estado de abandono se apilan en un extremo de la aldea mientras en el otro lado casas nuevas se alinean unas junto a otras. Es como si la suerte fuera por barrios.
La pequeña ermita se levanta en primer lugar a la derecha junto a una buena sombra. La visita no da para mucho más pero deja un agradable recuerdo en la memoria y en formato digital. Sigo el descenso hasta la carretera de Utiel. Giro a la derecha y subo una rampa, al terminarla tomo el camino de la izquierda y este pronto se deja notar por el firme roto.
Es el camino de la Mariana y tras su visita a un campo de girasoles se mete enseguida entre la pinada.
Luego esta desaparece y sigo por un tramo de bosque bajo con piedras a modo de cuchillas en el camino. También me bajara un par de veces del sillín. Y poco a poco voy llegando a la aldea de Cortes.
Las viejas paredes se desintegran para integrarse en la naturaleza, en la montaña. Piedras con piedras. Entre la aldea y el camino el barranco de Cortes, que se alimenta de las aguas de la sierra del Negrete. La arboleda y la cañada no pueden negar la existencia de agua, como tampoco el depósito de agua que se ve en lo alto de la loma.
Allí me dirijo para llegar a la fuente de los Tornajos. 
Un fresco manantial que me permite recargar la camel con agua fresca y deliciosa. Al lado un refugio cubierto con una chimenea. Tras la visita continúo subiendo, la tónica de hoy son rampas sin un desnivel demasiado fuerte y fácilmente superable, el problema es la acumulación de rampas y el desnivel que se carga en las piernas. En todo caso el firme está en perfecto estado y subo a ritmo, no es cuestión de coger otro calentón con la que está cayendo desde “Ca Lorenzo”. Con todo y con eso la altitud media de la ruta permite que la más minima brisa se note rápidamente sobre la sudorosa y recalentada piel. Poco después llego al cruce aquel al que llegue en la ruta desde Calles a Benageber por detrás de la Atalaya. Ahora giro a la izquierda y tomo un camino en constante bajada. Si el firme estaba bien y me permitía coger velocidad, no es nada en comparación a cuando llego a la parte asfaltada. Más de 65 por hora me dibujan una sonrisa y un “uuuuuuuuuuuuuuuuuuuh” se eleva desde el centro de mi pecho hasta moldear la boca en un grito silencioso que sin embargo no me deja oír nada más durante unos segundos. Tiro de freno a la vista del stop que me deja en la carretera que baja hacia el embalse y Tuejar, yo en cambio giro a la derecha hacia Benageber. Entro por la aldea de Nieva antes de llegar al pueblo. Esta aldea, al contrario de las otras, no está abandonada sino muy viva. Tras el pueblo la ermita de san Isidro y enseguida a la izquierda la señal que indica chorros de Barchel. Siguiendo el camino principal y descartando otros caminos, la montaña baja, mejor dicho, despeña el camino por sus laderas hasta la cadena que cierra el paso a las casas de Barchel.
La abandonada aldea, o al menos eso dice el cartel, es propiedad privada. Poco después de la cadena hay una casa nueva antes de cruzar, por encima de unos troncos, el curso de agua que abajo de la montaña se convierte en los chorros. Junto a la casa sale a la izquierda la senda que baja hasta la misma cascada de agua. El camino no me permite bajar con la bici a la vista de la estrechez del mismo. Esto ya lo sabía y, aunque la visita no la tenía prevista he decido hacerla a tenor de lo bien que iba de tiempo, ahora tengo que volver atrás. La subida es exigente de verdad, las peores rampas que me he encontrado hoy, para no tenerlo previsto no ha estado mal. Algunas rampas son duras y la calina que está cayendo me quema tanto por dentro como por fuera, eso hace aún más dura la subida. El sudor empapa la camiseta y solo deseo una brisa de aire para refrigerar. Paso una curva asfaltada y enseguida tomo un camino a la izquierda. Unos metros después hay una bifurcación del GR 7. Tomo el camino de la derecha y empiezo a rezar para que sea ciclable hasta abajo. La pinada se acaba pronto y el sotobosque se hace dueño de los márgenes del camino. Los pequeños pinos crecen fuera del alcance del camino por lo que no dan sombra.
En algunas curvas las vistas sobre las casas e incluso el río más abajo son magníficas, grandiosas. La bajada comienza a ponerse brava. Muchas piedras sueltas y mucha pendiente. Si no voy con cuidado acabaré con los huesos en el suelo. Sujeto los caballos que intentan salirse del pedalier o de los bujes. Tiro del freno trasero más que del delantero que lo dejo correr para que tenga inercia al llegar a los baches. En las curvas de herradura aprovecho todo el ancho del camino para no cerrar la dirección. Incluso con eso cargo el peso sobre el tren trasero para equilibrar inercias y no salir por delante. Conforme voy bajando el rumor del agua se eleva desde lo más profundo de la garganta del Turia. Sin darme cuenta me he acercado hasta el camino de servicio del canal o de Barchel. Estoy a punto de cerrar el círculo, de descubrir que este camino de los Visos sí existía y es ciclable. Es como el camino de las Cortinas, una tortura para subir y un examen de técnica para bajar. Al enlazar con el camino giro a la izquierda y remonto el río que ruge a mi derecha. Enseguida llego a la catarata.
El musgo que cubre la pared y por la que se desliza el agua parece una mullida y suave manta que invita a hundirse en ella. Eso si, el agua está helada y por desgracia no hay musgo en el suelo. Sigo el camino para ir ascendiendo poco a poco hasta la presa del pantano y concluir la ruta. Antes me encontraré con algunos de los cortados más impresionantes que ofrece esta garganta.
La foto de la piedra flotante no podía fallar. Después de eso ya queda poco, solo unas pedaladas más y la cerveza fresquita que tengo en el coche metida en hielo estará en mi mano, y la ruta termina.
A la vista de la presa y del inicio de la garganta es hora de empezar a rememorar los recuerdos y elaborar los esbozos de esta crónica, las fotos que aguardan en la cámara casi saltan a mi memoria para desgranar los intensos instantes de esta preciosa ruta que recordaré por mucho tiempo.