miércoles, 13 de abril de 2011

Sierra de los Bosques (Vuelta completa)

Es difícil comenzar la crónica de esta ruta. Querría desde el principio expresar las impresiones tan abrumadoras que me han quedado al final y que aún conservo mientras comienzo a contar esta rodada. Empezaré contando que este segundo intento ha sido el bueno. La semana pasada me volví después de 18 Km. de ruta por culpa de un pinchazo, así que hoy, con esa distancia ya conocida y fotografiada la semana pasada, he ido mucho más rápido; pero contaré la ruta de hoy.

Comenzaba la ruta en el cementerio de Chiva. El lugar puede que para muchos no sea el más apropiado, pero así puedo dejar el coche sin tener que entrar en el pueblo y ponerme a hacer allí los estiramientos de inicio y final de ruta. Pura cuestión de estética y tranquilidad. Así que desde aquí me pongo en marcha girando a la derecha y encarando el camino que va hacia la vía del tren y que luego cruza el barranco.
El nuevo puente sobre la vía es otro de esos despilfarros de dinero público, al menos hay 5 puentes sobre este trazado del ferrocarril entre Cheste y Chiva, pongámosle precio a cada puente y multipliquemos: estos puentes sobre caminos agrícolas no tienen tanto transito que vayan a evitar horas de espera y consumos de carburante o una cantidad de accidentes tremenda. Si consiguen evitar un solo accidente ya estará bien, pero si es por eso seguro que hay otros puntos negros donde esa inversión sería mucho más efectiva; pero imagino que había dinero para gastar y mejor malgastarlo en obras “poco útiles” que destinarlo a otra partida o a otra población que necesitara estos puentes sobre la vía del tren mucho más. En fin. Acabo de empezar a pedalear y ya me tienen contento. Ya al otro lado del barranco de la Cueva Moríca, que baja seco, transito entre cultivos de naranjos que impregnan la fresca atmosfera de un cautivador aroma a azahar. Giro a la izquierda para remontar el barranco Grande hasta cruzarlo e incorporarme a la carretera de Gestalgar. Si, carretera, pero conozco de antemano el casi nulo transito que hay en ella, es lo que me anima a recorrerla, eso y que no hay otra alternativa para hacer esta ruta factible en kilometraje y desnivel. El asfalto permite un rápido y suave rodar, siempre picando hacia arriba de forma moderada y constante. Dejo atrás el desvío hacia fuente Viñas. La sierra empieza a hacer visibles sus rincones.
La Cazoleta con su pétrea corona ondula su silueta hacia el Monte Gordo invisible desde aquí. Al otro lado de la carretera las montañas por las que vinimos desde Pedralba ya hace unos años en aquella, entonces, durísima ruta. El V. G. de la Cumbre queda empequeñecido desde la altitud de este tramo de carretera al cruzar el barranco de Cuchilla. Se ven por aquí algunos chalets que irán desapareciendo conforme me acerco hacia el alto de este portillo.
Allí las vistas de la sierra dejan ver, como si de una cubierta de terciopelo se tratara, la cobertura vegetal de la sierra llamada de los bosques. El bosque se fue con el humo de los incendios, se lo arrebatamos a golpe de fuego, a traición, sin previo aviso. Ahora casi no hay árboles, ni sombras que refresquen el ambiente, que permitan parar a descansar mientras uno se adentra en la montaña. Cambia la carretera, se ensancha un poco y el asfalto se aclara para llegar a la parte alta. Comienza un descenso rapidísimo, casi vertiginoso por la cara noroeste de una montaña que sombrea la carretera y la hace fría a esta hora de la mañana. Tan solo un par de curvas me hacen exprimir los frenos a fondo. Llego abajo cruzando otro barranco, el de la Escoba. Lógico, esta sierra es el nacimiento de infinidad de barrancos que alimentan el Turia, la Albufera o el río Buñol-Magro-Júcar, según hacia donde se decanten, así como infinidad de pozos y cultivos. Comienzo una de las subidas más duras del día. El asfalto y la anchura de la carretera facilita la subida, voy con todo puesto, pero los 5 Kg. de peso a la espalda cuesta arrastrarlos. El bosque sí está presente en este tramo junto al barranco a los pies de las montañas, no así en la parte alta. Cuesta creer que algún día todas esas montañas estuvieran cubiertas de pinos y encinas.
Hoy solo es una lengua de árboles acurrucada en el fondo del barranco, casi como escondida, temerosa de mostrar su belleza, no sea que también vayamos a quemarla. Acabada la parte dura de la ascensión, la carretera sigue subiendo de forma moderada, igual que en la primera parte. La montaña que queda a la derecha y que acabo de subir es La Serratilla, sobre la que se levanta el V.G. de la peña del Cuervo. Justo a la altura de este un camino se abre a la izquierda y abandono la carretera que pronto bajará hasta Gestalgar. Un cartel indica “camino del Campillo” así que no hay perdida. Primero el camino baja, también por asfalto, hasta cruzar el barranco, allí pica hacia arriba y veo el camino serpentear por la montaña perdiéndose en la cumbre.
El camino de Gabaldón surge a la derecha, lo dejo y cojo el siguiente donde paro a almorzar. Acurrucado tras unos matorrales disfruto de la vista abierta hacia el norte. El pico Ropé, el Remedio de Chelva, el Alto de la Bandera de Chulilla, los cañones del Turia, los montes de Andilla y la Calderona, todo es visible desde aquí, solo la bruma me oculta los detalles sino también vería el mar, pero aun así es una gozada.
Almuerzo extasiado por las panorámicas, disfrutando de las vistas y paseando entre las jaras y los tomillos que explotan de aroma al ser rozados con el pie o mecidos por la brisa. Luego me pongo en marcha pensando que la parte fácil de la ruta ya está hecha, comienza, de alguna manera, la ruta de verdad. La rampa se endurece respecto a lo que venía subiendo por la carretera. Aun así no me saca de punto, no me sube las pulsaciones, no me preocupa. En cambio las vistas van magnificándose por momentos. La sierra se estira hacia mi izquierda.
Los barrancos se hunden en la tierra como dedos en la arena. Las huellas inequívocas del agua y del tiempo luchando con la roca. A mi derecha esos barrancos multiplican la altura de estas montañas. Llego al camino de la fuente del Salto. Miro el reloj, como voy bien de tiempo consulto el “treki” y decido aventurarme a ver si llego a la fuente o al menos tengo buenas vistas del barranco. El camino es una trampa. El perfil es un rompe piernas, un tobogán continuo de desniveles por un firme roto y descarnado de terrones de tierra y de pedruscos puestos a propósito por donde tengo que meter la rueda. Pasada la casita de cazadores el camino aún empeora más. Llego hasta las ruinas de un corral y una caravana que habrá llegado aquí cuando el camino era camino, pero por eso mismo ha decidido quedarse aquí hasta que vuelva a serlo.
Otra bajada pronunciada, ya no tengo ganas de seguir jugando con el camino, el gana, o yo, según se mire. Vuelvo atrás pensando que seguramente estas vistas las tendré desde arriba y que tengo que avisar que si te metes, o llegas hasta el final o no vale la pena, y el final tampoco sé si merece la pena; pero a medias seguro que no. Sigo subiendo. A ritmo, con una cadencia baja para no disparar las pulsaciones, arrastrando los piñones pero con un rodar redondo, sin ir a trompazos. La subida tampoco exige un esfuerzo grandioso aunque no sale gratis en absoluto. Chulilla se deja ver entre las montañas a mi derecha.
La montaña serpentea sugerente en las laderas, y las vistas ganan una dimensión distinta conforme gano altitud. Pierdo de vista la parte este y empiezo a bordear la cara norte de la sierra. El pico Tarrác y el profundo cañón que baja hacia el Turia son lo más destacado de este lado. Sin la bruma estaría hablando de paisajes más lejanos que así tan solo son fantasmas en la niebla. Pero el camino no deja de subir.
Sigue el asfalto cuando yo creía que se acababa al coronar la cara este de la montaña. Para dejarme más en evidencia aún me cruzo con dos ciclistas de carretera con sus flacas, sin mochila a la espalda y bajando, me entran ganas de dar la vuelta y seguirlos. Pero en lugar de eso sigo dando pedales hacia arriba. Me pregunto de donde vendrán porque el asfalto en algún momento se acaba. Acabo la subida y ante mí se abre una inmensa llanura. Es el Campillo. Una especie de cuña enorme entre las tres cordilleras montañosas.  
La sierra de En medio al noroeste, el Burgal al suroeste y la sierra de los Bosques estirándose al este. Una serie campos de cerezos en flor adornan el paisaje aquí y allá. Grupos de pinos como islas se dispersan por la planicie. Algunos chalets se apiñan en reductos habitados. Miro atrás y veo las cumbres de las montañas conocidas por el otro lado, esta es la cara oculta de la sierra.
Un cruce de caminos indica el deposito contra incendios de El Regajo. Es aquella pequeña charca que pasamos en la ruta http://rodaipedal.blogspot.com/2008/02/sot-de-chera-embalse-de-buseo.html Me dirijo hacia allí. Hasta el siguiente cruce estaré solapando un tramo de aquella ruta. Luego giro a la izquierda desviándome del camino que estaba siguiendo, allí está la fuente de la Peraleja, del Peralaño o de la Teja, tres denominaciones para una misma fuente que vierte su fresca agua a un pequeño canal que se pierde entre la vegetación.
Un panel interpretativo de la senda Malviaje sobre el PRV-300 se levanta junto a los juncos vencidos por la corriente de la pequeña rambla. Continúo camino entre una zona de chalets hacia fuente Marjana. Me desvío del camino principal a la derecha para buscar la fuente. El camino zigzaguea junto a chalets que parecen largo tiempo deshabitados, luego el camino baja, invadido por las plantas, hacia la rambla. Pierdo el firme bajo la vegetación, la hojarasca de los árboles y las plantas lo invaden todo. El poco transito del camino hace que se vaya perdiendo, olvidado de los hombres y reclamado por la naturaleza.
De la fuente no hay ni rastro, quizá esté a dos metros de distancia pero una espesa selva lo cubre y lo oculta todo. Al otro lado el camino sube por un campo minado de pedruscos y con una pendiente terrible. Bajo de la bici y remonto el barranco. Ya arriba sigo adelante para girar a la derecha y enlazar con el camino anterior.
Estoy justo debajo del pico Santa María. La mayor altitud de esta sierra que a mi derecha se denomina Sierra del Burgal. Giro a la derecha para recorrer un tramo ya conocido hasta la fuente de la Vallesa. Su chopera se hace visible por encima de las ralas carrascas que pueblan los márgenes de este tramo del camino. Más allá la planicie se precipita hacia Siete Aguas.
Llego al paraje de la Vallesa y paro a recargar agua fresca, limpia, pura. Precioso rincón que ya nos cautivó por su tranquilidad y que invita a perderse unos minutos entre los gigantescos árboles. Miríadas de abejas se agitan en las alturas y zumban poniendo melodía en el ambiente acompañadas por el rumor del agua y la danza del viento enroscado entre las hojas. Vuelvo al asfalto en dirección a Siete Aguas, cuando la carretera gire a la derecha continuaré de frente por un camino de piedras, demasiado estrecho para ser un camino principal. Pronto el camino empeora y las piedras brotan del suelo. Más adelante la pendiente me obligará a bajar de la bici y remontar unos metros a pie. Vuelvo a pedalear y poco después se repite esta historia.
Estoy justo debajo del pico más alto de la sierra de los Bosques; la loma del Cuco todavía se eleva más en la partida de los Ajos hasta los 1083 metros de altitud según reza el mapa del Sigpac.
Esta zona del camino está realmente imposible y ni en la bajada me atrevo a seguir sobre la bici, así que bajo y conduzco la "zesty" de la mano mientras alucino al ver las huellas de ¡¡coches!! que han conseguido, aún no sé cómo, llegar hasta aquí. Llego tras unos 200 metros a pie al lugar donde tendría que estar fuente Sierra, pero tampoco hallo rastro de la misma, ni cartel que la indique. Menos mal que las dos fuentes que he encontrado estaban estratégicamente situadas. El camino mejora, así que vuelvo a montar y transito este tramo de bajada que luego, al girar a la izquierda, se convertirá en la subida definitiva hacia los Parapetos. Paso una zona de cultivo, es increíble hasta donde el ser humano ha llegado, en mitad de la montaña, a cultivar una pequeña parcela.
Después llego al cruce de Oratillos-Chiva-Siete Aguas. Junto a este cruce las vistas son alucinantes. Es el nacimiento del barranco de Ballesteros. De no ser por la bruma el mar, la Albufera y la sierra de les Rabosses, en Cullera, serían visibles. Pero lo realmente abrumador es la sensación de grandeza que destilan estas montañas. El V.G. de los Parapetos se eleva en la loma de enfrente. Tras saturarme de esta panorámica me pongo en marcha hacia allí dejando el abismo a mi izquierda.
Ya en el camino de subida al vértice las panorámicas cobran una nueva dimensión. Otro barranco nace a mi derecha y deja ver, en la sierra del otro lado, los molinos eólicos de Buñol. Llego hasta el vértice para comer allí mismo y reponer fuerzas. De sentarme nada. Las panorámicas a mi alrededor son tan grandiosas que apenas me puedo centrar en observar nada, pues lo de al lado reclama urgentemente mi atención.
El pico del Tejo se adueña de las alturas en las montañas lejanas. Las sierras de Malacara, Martés y el Ave cierran la vista por el sur. El Negrete es apenas una loma en la distancia, no parece desde aquí el coloso que es. Desde los Parapetos hacia el sur se precipita el barranco de Monedi que tras pasar la A-3 se unirá a los barrancos de la sierra de Malacara para dar inicio al río Buñol, que luego será el río Magro hasta desembocar en el Júcar.
Desde aquí hacia el este, el barranco Ballesteros se unirá al barranco Grande y luego al de Chiva para ser el del Poyo y luego el de Torrent, y así hasta la Albufera, que se alimenta y nutre de las aguas que bajan desde estas montañas. Tras la comida me pongo en marcha en lo que creía una bajada sin fin. Ese pensamiento dista mucho lo que será en realidad. Y es que la sierra aún me tiene preparadas otras sorpresas. Me debatía entre dejarme caer a toda velocidad o ir contemplando el paisaje. Si lo uno me atraía, lo otro aún lo hacía más. Para evitar las tentaciones la montaña no da opciones y se encarga de no dejarme una bajada limpia del todo hasta Chiva.
Una serie de toboganes, de subidas y bajadas por lomas interminables me irán dejando fogonazos en las retinas de la enormidad de este paraje. Cada pedalada me lleva al inicio de un nuevo barranco, de una loma más abrupta o más redondeada por los imparables vientos que azotan estas montañas desde todos los lados.
Un grupito de pinos aquí y allá, náufragos que aguantaron en envite del fuego cuando en los años 90 innumerables incendios forestales arrasaron estos montes arrancándoles de golpe el nombre de la sierra. Ahora el matorral y la vegetación de monte bajo son los dueños del paisaje y se ciñen dibujando perfectamente las laderas.
Cada pedalada me pone ante un nuevo paisaje, más alucinante que el anterior, más grandioso o abierto a un abismo inimaginable. Los espacios en el interior de las montañas son tremendos; no me lo podía imaginar viendo los mapas, hay que sorprenderse sobre el polvo del camino. Poco a poco el paseo por la cresta de las montañas toca a su fin, o eso vengo creyendo desde hace un rato. Pero más pronto que tarde tiene que ser verdad y entonces vendrá la bajada. El tramo limpio de bajada no es tan largo ni tan brutal como creía pero me da tiempo a disfrutar del subidón de adrenalina, o puede que Stendhal, subido en la chepa desde antes de comer, haya ayudado a todo esto.
Llego a Chiva por el camino que indica, desde el pueblo, la subida hacia, entre otros, los Parapetos. Solo me queda llegar al coche con la bici limpia tras pasar por el chorro de agua de la gasolinera. La“zesty” ya está limpia para iniciar una nueva ruta que muy pronto el “Treki”, desde el manillar, le irá indicando. 


 
TRACK DE LA RUTA: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1613502