miércoles, 4 de mayo de 2011

Zagra-Charco Negro-Laguna Talayuelas

Hoy más que nunca quería hacer una enérgica llamada a favor del año internacional de los bosques. Tal como encabeza el logotipo cada crónica de este año. El bosque que he recorrido hoy bien merece la pena.

También podría haber titulado esta ruta como la ruta del agua, y es que con las lluvias de las últimas semanas el paisaje y el camino estaban rebosantes del líquido vital. O la de las 7 maravillas, hay, a lo largo de la ruta, siete hitos que marcan el desarrollo de la ruta en uno u otro momento: el Río, el Embalse, el Bosque, el Charco Negro, la Laguna, el Mirador y el Barranco de Bercolón. Lo iré contando despacio para comprender a qué me refiero.

Otra semana más la lluvia me respeta en el último momento, aunque hasta ayer a última hora estuviera lloviendo. Llego en coche hasta el puente de Zagra viendo como el camino está mejor de lo que pensaba a pesar de algún charco y de pequeños lodazales. El camino que voy a seguir en la ruta de hoy intuyo que es muy similar y por lo tanto cuento con encontrarme lo mismo. Dejo el coche bajo la tupida chopera y hago los estiramientos oportunos oyendo el rugir del río a escasos metros. Aquí a la sombra, una manguita no me vendría nada mal, pero en unos metros voy a estar rodando al sol y el día muestra un cielo radiante. Me pongo en marcha rodando por las huellas que dejé la semana pasada en este mismo lugar y cruzo el puente. No me extraña el rugido del río; trae más caudal y el agua mucho más roja que el miércoles pasado. La pista rodea una inmensa peña a mi izquierda y luego se acerca al río para seguir pegada a él. Es la zona del vado del Zafra, al otro lado del río hay una bonita zona de recreo con un refugio y bancos y mesas. Se supone que la cueva de Zagra también está por aquí, pero hasta la fecha su búsqueda ha sido infructuosa. La humedad es tan brutal que cuando no estoy al sol tengo un frío terrible, así que acelero el paso para llegar a los baños de sol que se filtran entre los chopos y entre los altos de las montañas que subí la semana pasada. Muy pronto el camino comienza a ganar altura y la soleada mañana vence, de una vez por todas, el reinado de las sombras. El río se asoma entre la inmensa pinada para poner un toque de color a las radiografías verdes de los pinos.  
Gano altura para ir admirando el cerro Campana, la montaña desnuda que queda a mi derecha. Es la única de toda la ruta, de toda la zona que no tiene pinos. El río allá abajo se encañona entre las paredes de barrancos y se empieza a formar la cola del embalse de Benageber. 
Este mar azul apenas se ve afectado por el inmenso caudal que lo tiñe de rojo, aunque esta primera barrera de agua embalsada sí que notará la dureza de esta agua terrosa. Ya al otro lado del cañón el cauce se ensancha y contempla como en la ladera de la montaña se asientan los restos de un caserío.
La Olmedilla apenas conserva, piedra sobre piedra, los restos de un asentamiento del cual la construcción mejor parada es la antigua ermita, que fue trasladada aquí desde la aldea de Los Felipes al otro lado del río, y que quedo semianegada por las aguas del embalse.                           
Hubo numerosas aldeas y caseríos por toda la zona, pero el embalse se tragó a muchos de ellos y dejo o los demás aislados, despejando el camino para la despoblación y posterior abandono. Sigo subiendo extasiado por las panorámicas que se presentan a cada pedalada y que reclaman su merecida foto.
Está a punto de llegar el disgusto del día que casi da al traste con las expectativas de la ruta. “No hay espacio suficiente en la memoria interna”… pues yo creía haber borrado las fotos de la semana pasada, ¿o no? Pues no lo sé pero el problema es que la tarjeta de memoria no está metida en la cámara, me la he dejado en casa. Con un “mecagüentoloquesemenea” que me sale del alma me pregunto qué puedo hacer. Pues nada.
O sigo adelante con la ruta o la anulo porque no puedo hacer fotos. De anular nada, aquí no se va hacia atrás ni para coger impulso, además me caben unas treinta fotos en la memoria interna. Será como cuando antes llevaba un carrete de 36, habrá que elegir muy bien las fotos que haga. Sigo subiendo mientras intento asimilar el golpe, medio noqueado, tan decepcionado por mi torpeza que me viene a la memoria aquello de que “si lloras por no haber visto el sol las lágrimas te impedirán ver las estrellas”; pues eso mismo ha estado a punto de pasarme con el bosque.
Voy parando a cada momento pero en lugar de hacer las fotos entorno los ojos como si así fuera a capturar más detalles de lo que veo, a memorizarlo mejor. El abrumador paisaje pronto hace que se me pase el enfado. Estoy pensando en mandarme a casa castigado sin ruta, pero en lugar de volver atrás me castigo por el camino largo… hacia delante.  

Llego a la parte más alta de esta parte de la ruta y me equivoco de camino, tras corregir el error comienzo una bajada intensa por una pista en perfectas condiciones. Llego así a un desvío que indica el refugio de H. Ibáñez. Paro en el camino a comprobar si es accesible o si está cerrado. Un cerrojo es lo único que impide entrar, una vez dentro, una doble litera de obra y un hogar es toda la decoración de este lugar que nos puede sacar de un apuro en la montaña. Sigo bajando rápido pero sin locuras. El camino baja hasta el mismo pie del embalse donde enormes peces saltan para atrapar incautos insertos que revolotean sobre la quieta superficie.  
El espejo plateado funde en la distancia el azul del cielo y el azul de las aguas embalsadas. Es un chapoteo constante aquí y allá de peces saltarines. Hay una especie de acceso para botar embarcaciones al agua. A partir de aquí el camino vuelve a subir progresivamente. En ciertos momentos el camino se reblandece atrapando las ruedas, cuesta pedalear y en más de una ocasión miro hacia abajo para comprobar la presión. El hambre aprieta y decido parar a almorzar con la excepcional vista del pantano como telón de fondo.  
Las casas de la Tartalona se escabullen, ilocalizables, entra la pinada de enfrente. Me deleito en cada bocado de paisaje, recreado en el imponente silencio que se oye en este espacio abierto, tanto que ni siquiera las abejas se atreven a romper. Pongo rumbo hacia el Charco Negro, aún me queda un buen tramo de subida que me tomaré con calma con el estomago lleno. El camino inicia un giro a la derecha que bordea la zona oeste del embalse. Paso junto a la fuente de las Lentiscosas pero no me detengo. Varios caminos surgen a derecha e izquierda de este camino principal que por su envergadura y estado de conservación no presenta pérdida en poder continuarlo. Aun así la ayuda del “Treki” es fundamental para seguir la ruta prevista. No son demasiado exigentes las subidas que plantea el camino, con todo y con eso voy con todo metido, no es cuestión de quemar las piernas en arrancadas inútiles. Además el ritmo lento que me he impuesto me permite deleitarme más en el enorme bosque que aún tenemos en esta zona.


Este tesoro de incalculable valor tenemos que conservarlo a toda costa, a cualquier precio; creo que es de las pocas cosas donde el fin justificaría los medios.
El sol se deja notar en el zenit de su recorrido, por suerte hay numerosas sombras en el camino al amparo de los pinos. A la derecha del camino el alto de Valdesierra deja ver la caseta de vigilancia forestal junto al V.G. y pronto llego al camino de acceso hacia allí, pero hoy no es el día. Sigo recto para tener las últimas vistas sobre el embalse y poco después, entre un bosque más tupido, inicio la bajada hacia el Charco Negro.
La pista se hace aérea sobre el barranco del Regajo que se desploma a mi izquierda, un pequeño riachuelo nutre la pequeña piscina de este idílico rincón antes de abocar sus turbulentas aguas en el lado más occidental del embalse, aquella misma zona que recorrimos en la ruta: http://rodaipedal.blogspot.com/search?updated-min=2007-11-01T00%3A00%3A00-07%3A00&updated-max=2007-12-01T00%3A00%3A00-08%3A00&max-results=4
Paso junto a las casas y veo el camino, a la derecha, que he de coger después de esta visita. Llego abajo y dejo a la derecha el puente que cruza el arroyo y que continúa hacia Benageber y Sinarcas. Sigo el curso de agua junto a una chopera impresionante y luego bajo una pinada que llega hasta la fuente del Cuerno, lugar donde muere el camino para convertirse en senda marcada con las líneas blanca y amarilla. Vuelvo hacia atrás, cruzo el cauce por un pasillo de piedras elevadas y visito la zona con bancos y mesas y un merendero cubierto junto a la piscina.
El paraje en medio del valle es simplemente alucinante. Una risa floja asoma a mis labios, incrédula ante tanta belleza. Pero no es solo por este lugar. A lo largo de toda la ruta he disfrutado de rincones inolvidables, increíbles, y ahora se une esto. No puedo creer todo lo que está ofreciéndome esta ruta, y yo sin poder hacer fotos a manos llenas, y solo llevo la mitad de la ruta. Vuelvo a enlazar con el camino, remonto hasta las casas y dejo la pista principal.
El camino en estado de abandono me hace preguntarme si no me encontraré alguna sorpresa desagradable. Las piedras reventadas alfombran el camino que se ha puesto bravo. El desnivel se une al lamentable firme para hacer insostenible el esfuerzo. El corazón asomando por la boca y la rampa sin aflojar. Tirando de potencia y esquivando piedras no puedo estar todo el rato, así que decido echar pie a tierra y subir el resto del tramo andando hasta que esto mejore. Serán unos 200 metros pero que en subida se hacen eternos. Luego el camino mejora y la rampa afloja, ya puedo volver a pedalear aunque por un camino lleno de restos de deslindes y limpieza forestal. Absorto en la contemplación de la naturaleza que me rodea me salgo de track. Por un momento pienso en continuar y enlazar más adelante con un camino que me lleve otra vez al track, pero tras consultar el mapa veo que este camino es muy probable que solo lleve a los campos de cultivo de más adelante. Decido volver atrás hasta el camino marcado sobre el mapa, pero sobre el terreno el camino se desdibuja y se pierde entre la maleza y los árboles. Otra vez el mapa me dará la solución. Retrocedo un poco más y giro a la derecha en el cruce que dejé antes atrás, un poco más adelante otra vez derecha para seguir el camino que enlaza otra vez con el track previsto. Luego me uno con una pista mucho más ancha que es el camino de Talayuelas a Chelva o camino de Zafra, que iría a parar al camino que tomé por error mientras me lamentaba del olvido de la tarjeta.
Estoy sobre una pista que discurre por un altiplano, una meseta a unos 850 metros de altitud y con innumerables picos y cerros. Enormes latifundios se alternan con la pinada firmemente asentada en este terreno rojizo, arcilloso y poroso que filtra rápidamente el agua de lluvias y nutre a la vegetación, ya sea autóctona o cultivada, de la zona. A mi derecha surge la sierra que cierra mi campo de visión por el norte, por encima de los 1300 metros de altitud el Picarcho es la mole que tendré que rodear para bajar hacia Bercolón. Otro refugio queda a mi izquierda en el cruce de caminos de Sinarcas hacia Bercolón y este por el que vengo transitando. A la derecha indica Las Blancas, yo sigo recto por el camino Real.
De frente, por encima de la pinada, el pico Ranera eleva sus 1424 metros como un gigante suspendido en el aire y dominando todo el entorno. Llego al lugar donde se supone estaba la primera de las lagunas, allí  hay un viñedo que no podría estar plantado en medio de la laguna, así que “agua”.
Sigo adelante deseando no fallar el siguiente tiro. Giro a la derecha y encaro un camino fangoso y cruzado por mil y un hilos de agua que se desprenden de la montaña; la tierra escupe agua bajo la presión de las ruedas. Es como una esponja que al apretarla rebosa por todos sus poros.
El Picarcho es ahora otro gigante que lo llena todo con su cercanía. A sus pies una deliciosa arboleda llena el valle. Eso huele a laguna. No tarda en hacerse oír la sinfonía animal: el croar de miles de ranas, el canto de centenares de aves, garcetas, pollas de agua, patos, etc. El camino llega hasta un cartel a modo de centro de interpretación del hábitat, de la flora y la fauna que se arraciman en este humedal de serena y frágil belleza.
Una delicia suspendida en medio de la montaña como una lágrima que no quisiera derramarse nunca. Las nubes que han ido oscureciendo el cielo todavía ponen una carga más melancólica y sentimental a este idílico entorno.
Disfruto del lugar un momento y sigo camino hacia el oeste. Llego a un cruce, miro a la izquierda antes de girar a la derecha y veo allí un área de recreo. Decido acercarme ya que está a escasos 50 metros. Luego veo la barandilla que la separa del barranco. Las piedras de rodeno se sostienen en equilibrio asomadas al precipicio. Es un pequeño Garbí.
El merendero cubierto está adosado a un refugio en el que unos troncos esperan, preparados sobre la chimenea, al siguiente invierno, hasta que alguien los necesite. Me asomo al balcón para ver, unos metros más abajo, las pozas y cataratas que forma el agua en las piedras redondeadas por la fuerza de la corriente. Esta ruta no deja de darme sorpresas. Decido parar a comer ante la gratificante sorpresa que ha supuesto el lugar, que sean las tres de la tarde y calcular que pronto me meteré en el barranco de bajada hacia Bercolón, también ayuda a tomar la decisión. Es el barranco de la Chapedilla, luego irá cambiando de nombre hasta convertirse en el barranco del Regajo que alberga el paraje del Charco Negro, donde he estado antes.
El área de recreo está especialmente cuidada al igual que toda la zona. Se intuye el ambiente rural de la gente que vive que los recursos y la explotación sostenible del entorno natural. Lejos de las explosiones demográficas que asfixian y sobreexplotan todo a su alrededor, donde un mal gesto de unos pocos se convierte en mal ejemplo para muchos. Hoy no me siento con ganas de cargar las tintas y dejaré el momento protesta para otro día. Disfruto de la comida descansando bajo la techumbre y paseando por la orilla del barranco y la pinada. Me pongo nuevamente en marcha más resignado que convencido de abandonar el lugar, pero tengo que seguir. Llego otra vez al cruce y sigo recto. Dejo la pista de asfalto que me llevaría a Talayuelas y giro a la derecha remontando el curso del barranco. La ladera norte del Picarcho es un inmenso bosque desbrozado que deja ver la erguida figura de los pinos elevándose en busca de un sol necesario en invierno para sobrellevar las frías temperaturas, pero que abrasa en la otra mitad del año.
En contra de lo que pensaba queda más subida de la que me gustaría después de comer. No es muy exigente pero castiga las piernas. Lo peor son los mosquitillos que sobrevuelan dejante de la cara y que me acompañan durante kilómetros, haciéndome dar manotazos al aire y resoplar como un búfalo cabreado. La pista muestra restos del antiguo asfaltado sobre un lecho de adoquines de rodeno.
Ya en la parte alta del camino una bifurcación. En realidad es el mismo camino que hace un giro de 180º: a mí derecha el camino de Bercolón, que rodea la parte este de la mole montañosa, y que es el que encontré junto al refugio, la indicación de Las Blancas no permite interpretación. A mi izquierda el camino de Bercolón que baja hacia el barranco junto a Zagra y que será el final de mi ruta. Inicio la bajada. Un tramo delicioso por un camino en buen estado pero que presenta los típicos badenes para sacar el agua del camino. Pequeños saltos que me hacen volar por unos instantes. El barranco a mi derecha me hará poner un toque de sensatez sobre los frenos y limitarme a disfrutar del paisaje. Y de pronto llega el susto del día. La bajada termina junto a una bifurcación. A la izquierda, cerrándome el paso al camino marcado en el track una puerta de hierro y una valla perimetral que pierdo de vista hacia lo alto de la montaña. Los caminos de la derecha se pierden, sin salida, en las montañas. Recto mi única salida. Pero eso es salirme del track marcado y las líneas de nivel acojonan en la pantallita del GPS.

La valla no deja ningún resquicio por el que colarse y la considerable altura no permite pasar la bici saltando por encima. No queda más que seguir adelante. Si la unión con el track más adelante no es posible tendré un gran problema: volver atrás es una locura a estas horas. Allá voy. El camino empieza a descender tragando líneas de nivel como el auténtico “comecocos” hacía con los puntitos. La portentosa rampa que estoy bajando de repente se hace cemento bajo mis ruedas. Ya sé lo que eso significa: como tenga que volver a subir esto lo tengo claro. Y cuando estoy a punto de perder toda esperanza se abre ante mí una puerta canadiense que me permite enlazar con el trazado original. El camino sigue bajando hacia la Dehesa de Bercolón. Un caserío en medio de un valle y rodeado de cultivos. Ante la emoción me he vuelto a salir de la ruta. Retrocedo y llego a una cadena entre dos árboles que indica camino particular, es un pequeño tramo que enlaza con la bifurcación que me había pasado. Ya en la pista correcta el camino se desploma en una pendiente importante. El barranco gana altura a mi derecha y el agua se oye caer y fluir por el fondo. Cruzo el cauce principal del barranco, que discurre por encima del camino, haciéndome meter casi media rueda en el agua.
Las caídas de agua y las pozas quedan allá abajo, ocultas por las paredes de piedra que protegen este santuario. La naturaleza, celosa de su intimidad se ha encargado de encarcelar su propio tesoro. No veré los saltos de agua que ahora sé que solo son visibles accediendo a la ruta por los senderos que se internan por el cañón. No por ello el barranco pierde encanto. Las rojas paredes, casi verticales, ocultan recovecos y picos de difícil descripción empequeñecidos por el inmenso espectáculo del barranco, que aquí abajo es un cañón entre las montañas.
Acabo de bajar las últimas rampas en zigzag que conozco de haber iniciado alguna vez esta subida. El Turia vuelve a rugir en las aguas bravas justo antes del puente. Cruzo otra puerta canadiense y llego al puente sobre el río. Me detengo a contemplar la corriente, el rojo fluir de unas aguas que en su torbellino de movimiento y temerarias olas hipnotiza al espectador. Me dejo embaucar por el estruendo líquido, mirando sin contemplar, viendo con la mente que se remonta a cada uno de los intensos momentos de la ruta. Recordando aquella foto que no hice, reviviendo aquel instante que para siempre atrapé en mi memoria. Hasta la próxima ruta. 




TRACK DE LA RUTA: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1671244