jueves, 18 de agosto de 2011

Libros-Aras (Límite Provincial hasta el puente del Marqués)

Estaba ante la etapa reina de estos días de vacaciones; no por ser la más dura ni la más larga, sino porque era la más esperada e iba a transcurrir casi toda por terreno desconocido, y porque tenía muchas ganas de conocer, no en vano es la primera etapa de la ruta del Turia valenciano, un recorrido que he diseñado para conocer el río Turia desde que se adentra en tierras valencianas hasta el mar, pero ya hablaremos de ese proyecto en su momento, ahora vamos a la ruta de hoy.

La logística de esta jornada necesitaba de la ayuda de alguien que me dejara en el punto de inicio y me esperara en el punto final de la ruta. Ese papel le toco a Carlos que me hace el favor, el inmenso favor, del traslado, interrumpiendo sus vacaciones por unas horas. A las 7.30 de la mañana paso a recogerlo por Aras y nos encaminamos hacia Libros, junto al cartel que anuncia la separación entre las provincias de Valencia y Teruel. Es el punto de inicio.                                     
No hay pérdida. Carlos regresa a Aras y yo emprendo la ruta por la carretera para girar, unos metros más adelante hacia la izquierda y cruzar el puente sobre el río que me regala las primeras vistas de las rojizas aguas. Unos metros después tomo un camino a la derecha que me lleva en sentido descendente acompañando las ahora lejanas aguas del río. Sin embargo el camino no se sale del lecho del río. En toda esta zona la vega del Turia tiene una considerable anchura y es un huerto de formidable abundancia en los mil y un campos de cultivo. Pero de todas formas lo que más llama la atención es la asombrosa cantidad de árboles, sobre todo chopos o similares que prácticamente delimitan las orillas del cauce. Es una estampa que me traslada a los veranos que pasé en el pueblo de mi padre y que me traen a la memoria, sobre todo olfativa, este dulzón aroma de las hojas de los chopos que había junto al río blanco allá en Royuela. Todos estos árboles de ribera, que no sé distinguir, toman la denominación de chopos sacada de mi memoria infantil bajo su refrescante sombra.

A mi espalda las montañas se elevan hacia las cumbres de la sierra de Javalambre que aún me ocultan del sol a este lado del río. Al otro lado, las montañas me permiten ver la erosión a la que los elementos las someten a diario, ese es el motivo de las rojizas aguas del río transportando las fértiles tierras disueltas para depositar sedimentos en la rica llanura aluvial del Turia poco antes de vencerse al mar, o al menos así fue durante miles de años, luego llegamos nosotros y transformamos su cauce con embalses y acequias que interrumpen su transito y lo secan sin dejarlo conocer a su salado hermano mayor. Esta visión de montañas horadadas y surcadas, hendidas y arrastradas será una constante en toda la ruta, y la fuerza del agua se mostrará poderosa en aquellos lugares donde las montañas se atrevieron algún día a intentar interrumpir su paso.
La vega de otro río se acerca por la izquierda y muestra el cauce seco y revuelto del río Riodeva. Enseguida llego a Torre Alta, una pequeña aldea al norte de la población principal que es Torre Baja.
Destaca la casa señorial y la parroquia en la calle principal que es de obligado paso por el camino de la Vera Cruz que está indicado en todo momento.
Sigo con mi placido y tranquilo pedaleo por un terreno que apenas tiene algún repecho y por un firme en perfectas condiciones. No hay prisa así que me dedico a parar y admirar el paisaje, a tomar la ruta como un paseo. En los lugares que me acerco al río dejo pasear el olfato por este torrente de agua dulce y hojarasca embebida que pronto será sustento de los árboles cuando lleguen los primeros fríos. El contraste de colores es increíble. Las rojas montañas, los mil y un verdes de los mil y un tipos de vegetación que pueblan todo a mi alrededor, los terrosos tonos del río, el gris de las hojas de los olivos y de los chopos vistas al revés, el azul del cielo y las blancas nubes que se oscurecen por momentos... y el salvaje fuego solar que sigue su avance por el cielo como yo el mío por el camino. Los dos buscamos nuestro destino con determinación aunque en sentido contrario.
En Torre Baja paro en el polideportivo bajo la sombra de los árboles a almorzar. Un lugar precioso y con un centro de interpretación de flora. Aquí se une al Turia el río Ebrón que llega por la derecha y con una vega tan ancha como la del primero.
A la salida del pueblo la pequeña ermita de san José.
Luego el camino se bifurca y tomo el de la izquierda bajando hacia el molino del Señor, una preciosa casa en estado de restauración para acoger turismo rural.
Enseguida otro puente de madera cruza el río dejando una preciosa estampa de la arboleda alineada y en perfecto estado de revista.
A partir de aquí el cultivo principal cambia y los manzanos y perales se hacen dueños de estas tierras. El río gira más al sur y pronto se dejan ver, colgadas de la ladera de la montaña, las primeras casas de Ademuz.

Un pequeño azud decanta las aguas en una deliciosa cascada que hace cantar las tranquilas aguas a la entrada del pueblo. Las casas se arraciman y se derraman a los pies de la Atalaya que se eleva hasta los casi 940 metros de altitud y que corona la montaña con su pétreo tocado. El encanto del pueblo es indudable, tanto que me prometo una visita más rigurosa. El río Bohigues también vierte sus aguas al Turia y acrecienta su caudal.
Con el pueblo a mis espaldas me dirijo hacia el viaducto que hace unas horas pase por arriba con el coche. Un área de recreo junto a la piscina se asoma hasta la orilla del río. Al otro lado la imponente mole del Pico de la Muela. El camino aquí se hace cemento hasta la cercana Casas Altas y emprende una zona de suaves repechos por la ladera de la montaña. Luego diviso el pueblo a la derecha y poco después el desvío a la izquierda que indica la fuente vieja. El problema es que no indica la distancia a la que está. Una pena pues muchos, incluido yo, pasamos de largo y no nos aventuramos a un recorrido incierto. Solo al llegar al puente que entra en Casas Bajas encontraré las indicaciones que sitúan la fuente a tan solo 400 metros. Ante esta distancia decido retroceder y llegar hasta la fuente y lavadero. Menos mal que decido regresar pues es una de las joyas que encontraré por el camino.
El viejo lavadero restaurado es una delicia arquitectónica, la fuente es un manantial de apetecible agua limpia y fresca, deliciosa. Las balsas que servían como lavadero resplandecen bajo la poza que las cubre. El tejado de madera entramada destila un sabor añejo como las casas de nuestros abuelos, casas de pueblo, casas viejas que crujen y cuentas historias entre las viejas vigas carcomidas, pero que saben acunar y arropar como nadie. Tras la visita retrocedo hasta Casas Bajas pues ya había llegado allí. El camino del río acaba aquí. Al meno si no quieres retroceder. La única opción es la carretera. La N 330a. La carretera apenas tiene tráfico, es casi una carretera turística que discurre pegada al río. Emprendo el transito por asfalto que poco a poco comienza a picar hacia arriba.
Las espectaculares formaciones rocosas en las que han acabado las erosionadas montañas son un verdadero imán para la vista que se recrea en los innumerables escondrijos y recovecos entre las rocas. A la izquierda el río canturrea oculto entre los árboles, solo se deja ver en contadísimas ocasiones. Viene la divisoria y entro en la provincia de Cuenca que me acoge con un par de túneles. La carretera empieza a ponerse seria en cuanto a porcentajes y obliga al bloqueo de las suspensiones que no serán necesarias en los siguientes Km. El clac clac de los grif shift retumba entre el valle y la montaña para corroborar, con la suavidad del pedaleo, que he engranado piñones arriba. Acomodo una cadencia soportable y nivelo las pulsaciones para subir a ritmo. Estira empuja. En estas estoy cuando empiezo con un festival de paradas fotográficas que me hace temer por el tiempo que emplearé en la ruta. Vuelvo a empezar a pedalear con una sierra en las pulsaciones y la cadencia. Es imposible acomodar un ritmo ante tantas paradas.
Curvas de 180 grados se enlazan unas con otra y la pendiente se encabrita. El sol cae a plomo y el calor aprieta, no hay más apoyo que el paisaje alrededor para dejar de pensar en el esfuerzo de la subida. 
Ya arriba las espectaculares vistas en todas direcciones alcanzan hasta los molinos eólicos de la muela de santa Catalina allá en Aras, mi lugar de destino, pero las vistas que caen hacia el fondo del lecho fluvial son impresionantes en todo momento. Siguiendo el curso del río, Santa Cruz de Moya se encarama a la loma de la montaña, es como un pequeño Ademuz por su forma. La bajada espectacular deja una sensación de corto regocijo. Ya en el pueblo decido continuar por la carretera y no entrar al pueblo en busca del camino que previsiblemente conectará con la vecina aldea de Las Rinconadas. Como en la ruta no dependo solo de mí sino que tienen que bajar a buscarme decido no parar a investigar y estar a tiempo en el punto de encuentro. La carretera es más rápida y el escaso tráfico sigue siendo la tónica general.
Llego a la aldea que se escampa por el valle entre el río, la montaña y el pueblo. Aquí ya no hay alternativa, tiene que ser la carretera que, pasando por el puente sobre el Turia, llega hasta Aras y se convierte en la CV 35 al entrar en Valencia. Empiezo otra vez a subir progresivamente. Poco después la garganta del Turia muestra una de las imágenes más bonitas de la ruta. Una grandiosa obra de ingeniería une las dos márgenes del río en un puente colosal. Ciertamente, lo realmente grandioso y colosal es la ubicación, el entorno, el paisaje, el impacto visual que te sacude.
El puente de cemento tampoco desentona demasiado entre las paredes rocosas y no rompe en demasía la estética del paisaje, o quizá puede que incluso lo estimule. Sea como fuere el caso es que la imagen es de las que se graban en la retina.
Mil fotos después y desde todos los ángulos posibles continúo subiendo y encontrando huecos entre las montañas que me siguen mostrando el tremendo tajo entre las montañas unidas entre sí.
Llego arriba y entro en la provincia de Valencia, un paseo por tres provincias en una mañana. Poco después un cruce de caminos y el de la derecha baja indicando Los Rubiales y Los Mangranos. La pista de graba está en perfecto estado pero no hay que confiarse a la hora de frenar pues es más fácil derrapar de lo que parece, y por tanto perder la capacidad de controlar la bicicleta. La bajada es larga y bastante segura si se anticipa lo suficiente la frenada. Me acerco al campamento de Los Rubiales para descubrir toda el área de recreo: fuentes, paelleros, mesas, un refugio cubierto, aseos y una balsa. Decido parar aquí para comer bajo la sombra de los pinos. Tras la comida continúo en descenso para llegar al albergue de Los Arces y acercarme al mirador que ofrece soberbias vistas sobre el cañón del río. Continúo bajando y llego al desvío de Los Mangranos. Voy con tiempo suficiente para acercarme a ver este camino y descubrir los magníficos rincones que ofrece este paraje junto al río.
Primero llego a la zona de Los Mangranos, un lugar idílico con una fuente fresquísima y un refugio cubierto y con literas. Continúo adelante para llegar hasta el área de La Cocinilla. El camino acaba aquí pero la senda sube hacia arriba y comunica con la carretera cerca del puente sobre el río.
Aquí hay otro refugio pero la fuente está seca. También hay un árbol catalogado de monumental, es el gran pino de la Cocinilla.
Regreso para enlazar con el camino principal y seguir hacia el puente del Marques, punto final de la ruta. Antes acabaré de recorrer esta parte nueva de la ruta, un tramo de camino más largo de lo que pensaba hasta el enlace del camino que baja desde La Travina. Ya aquí es zona conocida y me quedan escasos minutos para terminar esta inolvidable ruta.