martes, 28 de diciembre de 2010

Riba Roja-Casinos (escalinata)

La ruta de hoy ha sido de lo más rara. Las circunstancias ya parecían las propias del día en el que estamos, 28 de diciembre, día de los inocentes. Había quedado con mi sobrino Salva para enseñarle una ruta por La Calderona y calibrar su fondo físico en una subida larga, más de fondo que de explosividad y así poder ir incluyéndolo en las salidas con el resto del grupo. Ya se que puede aguantar una de nuestras salidas sin problemas, pero si tengo la oportunidad de "examinarlo" primero, pues mucho mejor.
Así que con un trancazo que me hubiera mantenido en la cama y calentito de haber salido solo, me levanto, me visto de luces y desayuno. Apunto de salir de casa suena el teléfono y me imagino el percal. Efectivamente, que está malito el bandido. Por un momento pienso que la cama aún me estará guardando el calorcito y la forma, y casi caigo en la tentación. Pero no, un biker mira de frente al frío y a los resfriados, voy a ver si lo dejo atrás en alguna bajada. Salgo de casa sin una idea muy clara de a donde ir. Pienso en llegar hasta la rambla Castellana o rambla Primera y remontar un tramo a ver si puedo llegar a Casinos. Con ese pensamiento bajo hasta el río que a esta hora está precioso. Solitario, frío y envuelto en bruma. Queriendo exalar el último aliento de la gélida noche y librarse de ese frío que me traspasará a mí. El rodar rápido pero tranquilo. Sin gente que ir esquivando y/o adelantando, sin polvo que tragar porque la humedad lo asienta al camino, todo ello hacen de este camino, a primera hora, una gozada de difícil catalogación.
Me muevo rápido, más por el gélido día, que con sus 0 grados centígrados a esta hora hace imprescindible un golpe de calor, que por prisas. Los charcos congelados dan fe de la temperatura. No solo está helada la superficie, son auténticos témpanos de hielo esperando las horas centrales del  día para volver a su estado líquido. Las postales del río son impresionantes, pienso que solo hace una semana que hice este mismo recorrido hasta el puente de La Pea. El intenso frío me entumece las manos y deja insensibles las puntas de los dedos. Tal es así que ni siquiera puedo frenar. Al intentar usar los dedos el dolor es bastante intenso, pero lo peor que no tengo sensibilidad y freno, cuando puedo hacerlos funcionar, más de la cuenta, por lo que tengo que frenar con la palma de la mano haciendo una postura rara sobre el manillar. No será hasta La Pea, justo antes de la bajada, cuando pueda volver a sentir que los dedos me pertenecen y vuelvo a mandar sobre sus actos. Hasta allí sin más novedades que destacar, desde allí comenzaré la parte nueva de la ruta. Giro a la derecha por el camino dentro de la pedrera, el camino de abajo, junto al río, está encharcado y el paso de algún camión ha desecho el hielo y es todo un barrizal. El camino helado no deja elevarse nada de polvo y los montones de grava con una capa de hielo por encima convierten este feo lugar en algo novedoso que observar, incluso los sonidos quedan amortiguados y todo parece ralentizarse. Llego al final y sigo de frente para entrar por el camino que se interna en la rambla.
Camino ancho, imagino que para el paso de camiones. Por fortuna no me encuentro con ninguno. Paso bajo el puente de la carretera de Pedralba. Me sorprende la tremenda anchura que tiene aquí el barranco. Bueno no solo aquí, durante buena parte del recorrido la anchura de la rambla es digna de mención. El paisaje es una mezcla de otros paisajes: el camino, con tramos de canto rodado es el típico de zonas de agua, pero la vegetación es la típica de monte bajo, aliagas y arbustos más propios de monte intercalados entre algunos pinos de buena talla. Metido aquí dentro, encajonado por las paredes verticales del cauce, seco ahora, cuesta imaginar la brutal fuerza del agua en la riada del 57, toda la descomunal anchura de este cauce iría a rebosar de agua y con una fuerza abrumadora se llevaría por delante todo lo que encontrara.
Por fortuna no hay previsión de lluvias ni hoy ni los días precedentes así que no hay cuidado de una avalancha de este tipo. Sigo remontando, el desnivel no se deja notar y el firme va cambiando de textura por tramos. A pesar de ello no cuesta pedalear. Metido en medio de un barranco podría pensar que este estaría lleno de vertederos y de escombreras donde algún cafre se desharía de los enseres viejos, pero para mi sorpresa apenas hay algún montón de trastos en algún punto desperdigado de la ruta, nada que no se pueda ver en cualquier otro camino de este nuestro país. Cuestión cultural dirán unos, incultura, mala educación y ser un cerdo, decimos otros a ese comportamiento. Es una de las cosas que hacen que este camino, a pesar de no ser bonito, no sea, en absoluto, feo. En un momento dado, al mirar la pantalla del GPS parece que esté en medio del desierto, la anchura es tal que la pantalla está vacía, solo la flecha que indica mi posición, pero en un lugar vacío no tiene donde situarme. Continúo hacia adelante, Domeño se muestra en la parte derecha del cauce con el telón de fondo de La Calderona.
Hay diferentes caminos aquí abajo por lo que voy sin rumbo fijo cambiando un poco de derecha a izquierda o incluso por el centro, pasando de cuando en cuando por el curso de agua cuando esta baje tranquila y mansa tras las lluvias. Pasado Domeño el cauce hace un giro a la izquierda bastante pronunciado, en ese lado se alza lo que queda de una montaña devorada por la cantera que se expande en todas direcciones. Aquí en el cauce está la pedrera donde se tratan las rocas que se sacan de la montaña. Tan ensimismado estoy con la visión de la montaña y la pinada de detrás que me paso la salida hacia la rambla Artaj que es la que lleva a Casinos. Ante la falta de señales y de track sigo por dentro del cauce ajeno a mi error. Y menos mal porque a partir de aquí es donde empieza la parte más divertida y pintoresca de la rambla. Tanto la montaña de la cantera, que tiene un V.G. arriba, como las otras montañas de la zona, están por encima de los 300 metros de altitud. Es una zona que rompe la monotonía del paisaje que me venía acompañando y pone un poco de color verde al paisaje.
Bordeando estas montañas por el norte llego a un antiguo caserón que se eleva junto al barranco, es el Mas de la Vila. Aquí decido echar un vistazo general al mapa y compruebo que me he pasado de salida. Y me pregunto: ¿y si continúo y llego a las caídas de agua del canal principal del Turia?, las he visto centenares de veces desde la carretera pero llegar hasta allí debe tener su aquel. No aparecen en el mapa general del "treki" pero con un poco de orientación de hasta donde quiero llegar, me pongo a serpentear por los caminos entre los campos de cultivos. Muchos naranjos, como ya vi la semana pasada, pero ni un solo campo de mandarinas, que pueda complementar el almuerzo, por esta zona. Voy hacia las montañas que tengo a mi derecha. Pero el espectáculo visual es tremendo. La Calderona se muestra aquí infinita.
Desde su comienzo, enlazada con los montes de Andilla hasta perderse detrás de las montañas que he bordeado y que ocultan su final allá en el lejano mar. Cruzo una carretera que debe ser la de Casinos a Pedralba. Luego giro a la derecha por un caminito pegado a un torrente, esta es la partida del Pla de Calbo, dejo la carretera y sigo por caminos de tierra hacia La Escalinata. Serpenteando entre los campos llego a un camino sin salida. La carretera está al otro lado de una barrera de arbustos y del canal de riego de los que hay en esta zona; es como una media tubería sustentada por pilones. Cojo la bici y paso entre la maleza y por encima del canal, este está roto por lo que imagino que habrá algún otro modo de regar los campos. Por fin sobre la carreterita deseada sigo mi intuición y sigo bordeando las montañas hasta que pueda ver la CV-35 que es allí donde están dichas cataratas. Efectivamente, en toda esta zona el modo de riego es por goteo, las negras tuberías se pegan al suelo sobre caballones que retinen el agua y van drenando hacia el interior, hasta que la raíz bebe de esta tierra empapada. Inicio la subida hacia una montaña cuando veo que más adelante hay otra, por lo tanto esta no puede ser, continúo hasta la vista de la autopista.
Ahora es el momento de jugársela con uno de los caminos que suben la montaña. Elijo el más cercano a la carretera. La dureza inicial de la rampa no amaina en todo el recorrido de este camino que se va internando hacia el bosque, aunque sin llegar a entrar en él. Una bifurcación, sigo mi instinto y elijo derecha. Sige subiendo. Con una ruta tan llana las piernas no están muy habituadas hoy a estos esfuerzos. Por fin veo arriba unas compuertas, pero también veo la descomunal rampa que me separa de ellas. Voy subiendo a chepazos hasta que la pared casi vertical me impide seguir pedaleando, de todos modos solo me quedan unos metros para estar arriba. Si. Esto es lo que buscaba.
El canal viene de la izquierda y de repente se derrama por su pared izquierda en una serie de escalones que van bajando hasta morir en otro canal abajo de esta obra. La verdad es que no se muy bien para que sirve esto. Es como decantar el agua por unos escalones. Los 35 kilómetros de ruta hacen que el estomago esté impaciente por recibir su merecido. Almuerzo junto al canal oyendo el chorrear del agua en las distintas caídas. Las vistan son soberbias desde este lugar. La carretera de subida a Alcublas se muestra delante al otro lado del valle. También se distinguen los molinos de Alcublas y un poco más a la izquierda las antenas del Pico Bellida.  Y ahora si se ve La Calderona en toda su totalidad.
Igual que La Rodana y el Montdúver detrás de esta. El cielo nuboso, y un día que en lugar de ir clareando va adquiriendo una atmósfera opaca y blanquecina, oculta muchas de las montañas que serían visibles, aun así hay una magnifica visibilidad a estas horas, no será así de regreso, y sobre todo, cuando llegue a casa que no podré ver ni siquiera La Pobla frente a la ventana de la cocina. Almuerzo inquieto, sin detener la vista ni un instante en ningún sitio. No me puedo creer que esté cerrando el año de esta manera y con una ruta del todo inesperada. Me pongo otra vez en marcha agradeciendo poder utilizar ya los dedos para frenar. Es un descenso corto, más técnico que rápido. Llego al camino asfaltado y giro a la izquierda hasta el carril bici junto a la autopista. Sigo este carril casi hasta Casinos... hay cosas que no puedo comprender: se gastan una millonada en hacer un carril bici junto a la autovía, un carril pegado a una vía de servicio que no tiene casi tráfico y que con unos badenes aquí y allá para reducir la velocidad de los pocos coches que la utilizan, podría haber servido como carril por donde circular las bicis, incluso pintando una parte de rojo o de verde y poniendo señalización, en cambio no se es capaz de meter el carril bici dentro del pueblo, se deja a las afueras. A veces me pregunto si estos detalles son dejadez o torpeza, quizá si nos pidieran opinión a quien tenemos que usar las cosas se harían de un modo más efectivo, y quizá también más barato. Y no quiero pensar en las medallas que se colgarán los responsables de estas obras por haber hecho tal o cual cosa y en las comisiones a repartir. El caso es que cruzo el puente sobre el barranco de Artaj, que es por el que tenía que haber venido hasta Casinos. Cruzo el puente y a la derecha, por otro camino pegado al barranco, hasta el polideportivo. Este se encuentra en una zona de rocas horadadas y vaciadas como si de aquí se hubiera sacado piedra en tiempos remotos. Pegado al polideportivo, sobre una colina, se alza, entre pinos, la ermita de San Roque.
El paraje es una pequeñita joya. La arquitectura no es nada singular o espectacular pero el conjunto de la pinada y la blanca construcción si que da un toque de relevancia al lugar que, sin duda, vale la pena visitar. De ahí sigo un camino paralelo a la antigua CV-35 hasta una casona unos metros más allá. Justo enfrente un camino me aleja de la carretera y me interno hacia el cementerio en busca del camino de Llíria. Ya en él giro a la derecha y sigo de frente en ligera bajada que invita a pedalear con alegría. Frente a mí se eleva la montaña de la Monrabana a la que me acerco a toda velocidad. Justo a su altura gira un camino a la izquierda, un poco después veo que no tiene salida, vuelvo atrás y cojo otro que parece muy abandonado, efectivamente, este muere en una senda que continúa subiendo, ahora veo por debajo el otro camino que bordeando la montaña la sube por el lado norte. A la altitud que estoy ya no merece la pena bajar y continúo, con la bici a cuestas, hacia arriba. Llego a la casa que es un observatorio forestal. Es como un gran chalet ubicado en un sitio excepcional, bueno, de no ser porque está rodeado de canteras y el polvo debe ser insufrible, pero las vistas son una pasada. Un par de fotos y continúo hacia la verdadera montaña de la Monrabana, en la que se ubica el V. G. en mitad del poblado Íbero que hay en la cumbre.
Este poblado está vallado pero abierto, de todas formas no creo, en este caso, que sea el motivo del deterioro y abandono de estos restos milenarios que datan del siglo V a. C. Observo, desde aquí, la colosal muralla que representa la cercana Serra Calderona unida a los montes de Andilla, y el basto territorio que se ofrece a sus pies, campos de cultivo, casas, granjas, urbanizaciones, almacenes, fábricas, pedreras y un sinfín de construcciones tachonan el valle aquí y allá, y, como si no tuviéramos bastante con esto, nos comemos las montañas con monstruosas canteras para sacar más piedra, más material con el que seguir construyendo más casas, granjas, urbanizaciones, etc. Una sinrazón solo al alcance del ser humano. Doy la vuelta y me dejo caer ladera abajo para llegar a la carretera e ir en dirección a Llíria. La especulación dejó preparados los campos cercanos al hospital de Llíria para la construcción de un macro polígono industrial.
La alineación de las calles y las enormes parcelas esperan, con sus aceras terminadas y sus farolas instaladas, a que pase la época de vacas flacas o a que alguien le hinque el diente, como quien empieza una tarta... luego ya no hay quien lo pare. De momento el solar parece un desierto, más que eso, un cadáver, un fantasma que espera paciente su momento.
Llego a la torre de control del antiguo aeroclub de Llíria. Se alza en un extremo de este yermo paraje, la antigua pista cerrada tras una muralla que bordea el perímetro de lo que parece un gran almacén de material de construcción, el primer bocado del macro polígono industrial. Tras la breve visita continúo hacia el hospital por el carril bici, este de color rojo y con los bordillos como obstáculo, no sea que los ciclistas lo tengamos demasiado fácil. Me incorporo al carril que acompaña a la autopista. Cruzo la urbanización de Montecollado y me meto, poco después, dentro de Llíria para buscar la subida hacia Santa Bárbara y, sin desviarme, bajar hasta el carril bici hacia Benaguacil.
Ya en "casa" me acercaré a ver el Monasterio Cisterciense de Gratia Dei, pasando por la puerta y con tiempo de sobra para llegar a casa a mediodía, no quería dejar pasar la ocasión de entrar en este recinto que parece detener el tiempo dentro de sus muros. Ya solo me queda llegar al río y hacer los últimos metros de esta ruta improvisada que me ha dejado un gratísimo sabor de boca. Muchos paisajes que recordar que seguro serán incluidos en alguna otra ruta que pronto empezaré a estudiar. Ya os contaré lo que salga.



Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1388172