jueves, 9 de diciembre de 2010

Canal Júcar-Turia (Alberic-Picanya)

El verano pasado, recorriendo las rutas de Calles, tuve la oportunidad de descubrir una parte del canal del Turia. Este también lo hemos encontrado en rutas cercanas a Llíria. Esto me hizo plantearme recorrer todo el canal, pero ante la dificultad de encontrar ciertos tramos que no tienen camino paralelo, me puse a pensar en otro canal cercano a la base. El canal Júcar-Turia.
Buscando en G.E. localicé el inicio allá en la parte de abajo de la presa de Tous. Con paciencia, tracé la ruta sobre el mapa por caminos que discurren junto al canal, para llegar así hasta Manises. Después he visto en Wikiloc muchos tramos que podría haber aprovechado, pero toda la ruta entera no la he encontrado por ningún sitio. Así que me dispuse a completarla. Después tocaba resolver el otro problema: la kilometrada que suponía una ruta como esta. La solución era ir en metro hasta el inicio allá en Alberic. Pero el problema es que metro valencia no permite las bicis en todo momento ni en todos los trenes. Para poder hacerlo tenía que ser un festivo o un sábado por la mañana, cosa imposible para mí ya que la ruta es de todo el día. Por mis circunstancias de trabajo no he podido encontrar la fecha indicada hasta este puente de la constitución ya que me pillaba justo en el inicio de las vacaciones, pero un pequeño baile de fechas me había puesto en riesgo también estos días libres. Así que hasta última hora no he sabido si la ruta la podría hacer o no. Y digo podía ya que el resto del grupo no estaba por la labor de realizar esta ruta que les parecía un tanto descafeinada. Yo en cambio le veía más alicientes, o cuanto menos estaba dispuesto a buscarlos en cada pedalada.
Luego había que preparar la logística del metro, así que contacté con los amigos de http://metrobike.blogspot.com/ que amablemente se ofrecieron para acompañarme en esta ruta pues me dijeron que ya la conocían, además de facilitarme las normas del metro para el transporte de bicicletas. Pero como no tenía claro hasta última hora si la hacía o no, no podía quedar con nadie. Para colmo la bici también quería su cuota de protagonismo y tenía que llevarla el martes al mecánico para poder salir el miércoles.
El martes la climatología se une a todas las dificultades a superar en esta ruta y una ligera lluvia durante todo el día trunca mis esperanzas de poder hacer la ruta mañana, aunque no lloviera los pequeños charcos durante toda la ruta serían una molestia pero ¿y si llueve?. Solo me queda un domingo para hacerla, pero eso sí, después de una ruta de sábado encadenando así dos rutones seguidos. Y en el último momento se me ocurre otra idea: en lugar de empezar desde Manises y coger el metro subterráneo, se trataba de coger el metro ya en superficie, por ejemplo en Picanya, llegando hasta allí en coche y cambiar el final de la ruta para acabarla allí en lugar de en Manises.
Tracé el nuevo rumbo sobre el mapa con el que alimentar a “Treki” para acabar en Picanya, con lo que salía la misma distancia de ruta. Ahora ya puedo aplazar para el jueves la ruta. Me levanto aún de noche y desayuno con la oscuridad nocturna que subyuga el paisaje a la inexistencia. La mortecina oscuridad se irá diluyendo conforme llego a Picanya en coche y espero el metro de las 07:50. De allí hasta Alberic donde comenzaré la ruta. El tiempo para cubrir la ruta no me dejaba mucho margen para las paradas fotográficas, comida y almuerzo, ya que los días pre invernales acortan las horas de luz. Hoy el sol es cálido, pero la semana pasada apenas servía para algo más que dar luz, el calor se lo comía la lengua de frío polar que nos barrió de norte a sur.
El viaje en metro me sirve para ir ubicándome en este paisaje desconocido. Por la ventanilla observo los interminables campos de naranjos que cubren los terrenos de cultivos. Pero conforme me alejo de la plana del Turia los cultivos empiezan a cambiar. Los campos de caquis se alternan con los naranjos pero sus frutos más apretados y con los árboles más despejados de hojas parecen llenarlo todo. Bajo del metro y me pertrecho con todo el equipo para ponerme en marcha hacia la Muntanyeta de Alberic. La pinada que la rodea es un pequeño pulmón junto a la urbe. La subida a esta atalaya será lo peor que encontraré hoy, amen de algunas rampas para salvar los numerosos barrancos de la ruta. Nada supondrá, sin embargo, el más mínimo problema. El camino a modo de calvario, con las estaciones de penitencia a los lados, sube recto, dejando ver arriba la ermita de Santa Bárbara.
El paraje está muy animado con gente paseando y haciendo deporte, yo entre ellos, que por lo visto tienen este lugar como uno de los predilectos del pueblo. La visita es rápida ya que queda mucho por recorrer. El lugar es una preciosidad aunque no me entretenga en demasía pues es una pequeña tachuela que se recorre pronto. Cruzo la A7 por el puente de la carretera de Tous y me adentro en un camino a la derecha entre la autopista y una enorme fábrica. Luego giro a la izquierda para adentrarme entre los naranjos y los árboles que veía desde el tren. La recogida de la naranja está en plena ebullición y los jornaleros se apiñan junto a los camiones acarreando las pesadas cajas repletas de fruta. Subiendo hacia el inicio del canal voy de frente a La sierra del Caballón, esta dorsal montañosa cubre la parte norte del río Júcar y se prolonga hasta la sierra del Ave en el extremo noroeste y hasta Antella, a los pies del río en su extremo sureste. No tiene grandes altitudes pero es un macizo montañoso de gran extensión y diversidad paisajística debido, entre otras, a las caídas verticales hacia el río. No llegaré tan lejos. Hoy al menos no. Cruzo una pequeña urbanización y al poco me encuentro con La Masía del Pozo. Una imponente casona de aspecto señorial salida de otra época. Lastima del aspecto algo descuidado que poco a poca va apoderándose del edificio.
Continúo entre frutales para llegar a Tous. Cruzo el pueblo nuevo de Tous buscando la fuente, que junto con la fachada de la iglesia es lo poco que se rescató del antiguo pueblo. El pueblo se trasladó aquí cuando se construyó la presa que lleva su nombre. Tan solo dos años después de entrar en funcionamiento, la famosa y fatídica riada se llevó por delante la presa y sembró el desastre y la destrucción a su paso por La Ribera. Hace apenas mes y medio se cumplían 20 años de aquel terrible suceso. Con el traslado, el pueblo dejó de pertenecer a la comarca de La Canal de Navarrés y se emplaza ahora en La Ribera Alta. El trazado simétrico y lineal le confieren su característica impersonalidad que, a la vez, es la personalidad marcada de estos pueblos de nueva planta, como este, Marines, Domeño o Loriguilla. Otra de la característica de estos pueblos es la tranquilidad que rezuman. Esa, principalmente, es la que más me gusta. Subo hacia la Parroquia de San Miguel que llena el “ski line” con su campanario separado de la iglesia en una preciosa plaza arbolada.
Acabo de cruzar las calles exteriores buscando el camino que me lleve al inicio del canal. Casi sin darme cuenta llego a la barandilla, al quitamiedos que acompaña, de inicio a fin, al canal. Veo el agujero que surge de la tierra entre una bóveda de cemento.
Este no es el verdadero inicio pienso cuando lo contemplo. Solo en el corazón de la presa está el inicio. Pero esto es lo máximo que puedo encontrar. Empiezo a buscar un buen lugar donde almorzar para así reponer algo de energías desde el ya lejano desayuno. Sigo avanzando a la espera de encontrar unas vistas abiertas sobre La Serra de Corbera que muestra su fracturado paisaje como una única montaña con mil picos.
No acabo de decidirme y continúo hasta un pinar que veo al frente. De ahí no paso me digo mientras voy acercándome. Efectivamente, el área recreativa de La Garrofera, con su espectacular belleza, me dejará reposar un buen rato sumido entre sol y sombra bajo la fragancia de los húmedos y brillantes pinos y la tierra aún blanda de las últimas lluvias aportando su aroma, fundiéndolo con el entorno y multiplicándose en cada choque de fragancias.
Tras el breve descanso me digo que tengo que ir dando pedales un poco más rápido, que si no, las mil paradas fotográficas pasarán factura y el tiempo no se para. Incremento un poco el ritmo, poco a poco y conforme baje el almuerzo iré más rápido. Eso es lo que me digo, pero parada tras parada corto el ritmo y tengo que empezar de cero. El canal sigue su curso ajeno a mi intromisión, ajeno a las alegrías y las penas que le rodean. Ajeno a los ritmos de la vida. Los verdaderos y los más artificiales creados por los hombres, por aquellos que le hicieron nacer. El Júcar, ahora bicéfalo, se desliza perezoso por su nuevo cauce. Tanto que si no fuera por las pequeñas esclusas que de cuando en cuando tiene que saltar en su camino, se diría que está estancado. Vamos juntos desgranando los kilómetros. Vamos admirando, yo con más interés que él, el monótono pero cambiante paisaje. Los caquis le comen terreno a los naranjos. Su colorido fruto se apretuja en racimos de carnosas frutas del tamaño y color de las naranjas.
Uno de esos cultivos tropicales que ha llegado para quedarse y que en esta zona de la ribera tiene sus más preciados frutos con denominación de origen. El ridículo precio que por la naranja recibe el agricultor no compensa, ni de lejos, el esfuerzo y la inversión para mantenerlas. Al menos en las pequeñas explotaciones. El camino de servicio del canal, es de uso exclusivo para la C.H.J. y autorizados, de ahí el escasísimo tránsito de esta vía, que como eje integrador norte-sur bien podría ser declarada, preferentemente, de uso cicloturista. Esta sería una reivindicación que los ciclistas podríamos hacer a las autoridades competentes. Sigo cruzando caminos agrícolas que suben hacia los campos, en todos ellos el stop está en el camino que voy siguiendo, es lógico que un camino de servicio no tenga la preferencia, y tampoco es que importe mucho, para este rodar tranquilo no representan ningún problema. Tras cruzar el río Seco la blanca figura redondeada de la ermita de San Bernardo refulge bajo el sol delante de Carlet. Poco después se cruza la CV-35, aquí si que hay que tener cuidado ya que es una carretera importante. Luego una larga recta me acerca hacia el lecho del río Magro. Van quedando atrás Les Llomes de Matamonts a la izquierda, una elevación separada del macizo de La Sierra del Caballón, y en su sustitución se presenta delante La Serra de Falaguera con el Besorí como máxima elevación, y ya cayendo hacia el oeste convertida en La Serra D’Aledua a la que le debemos una visita.
Un enorme acueducto salva la anchura del cauce del río, que no se corresponde con el ínfimo caudal que baja escurriéndose entre el pedregal del lecho, desde el azud de Carlet, aunque técnicamente se lo reparten Alfarp y Catadau.
La fauna se deja ver en este singular paisaje rodeado de canteras, piedras y agua. Un agua tan escasa que apenas alimenta una vegetación rala y escasa, como si esta no creyera en la capacidad del río por alimentarla.
Se sube el desnivel desde el río y el camino describe un giro a la izquierda para salvar la montaña. Luego Alginet se presenta a la derecha y el paisaje cambia. Seguimos entre naranjos y caquis, aunque estos últimos comienzan a desaparecer poco a poco, a partir de aquí los naranjos volverán a reinar en el paisaje.
La Serra de Corbera ya se deja ver como montañas independientes que antes eran un todo único, lo que no cambia son los mil picos que la coronan. El Montdúver también se suma a la fiesta.
Y poco después casi a la limón se presentan, tras las torres de la penitenciaría de Picassent La Albufera y el mar. Y al frente La Calderona. Ya estoy en casa. Su sola presencia me guía en una única dirección. Me llame, me atrae. Es como al salir de viaje en coche volver a entrar en tu provincia, ese pensamiento de que ya has terminado, que esto se acaba. Pero no se acaba. Solo llevo la mitad de la ruta. Aunque en términos paisajísticos era la mitad más sobresaliente. Las diferentes acequias, motores y balsas de riego se suceden para regar este terreno a caballo entre La Ribera y L’Horta.
Al llegar a Picassent el canal desaparece bajo tierra. Sin salir del camino que llevaba llego a una rotonda, a la izquierda hacia un polígono industrial, otra rotonda e inmediatamente después a la derecha hasta encontrar de nuevo el canal. Será solo por unos instantes ya que el camino muere a al entrada de un chalet, retrocedo un poco y bajo por una senda sin dificultad hasta una carreterita que me lleva a cruzar un barranco, subo y me reencuentro con el canal. Veo por donde venía y estoy tentado de ir hacia atrás para estudiar si habría posibilidad de haber seguido con él. Intento pasar por el acueducto, pero la altura a un lado y el agua al otro me imponen un poco de respeto por no decir canguelo, así que decido que está bien así y continúo.
La A7 ya es visible y pronto la cruzaré por debajo, esto me acerca de forma irremisible a lugares conocidos de la ruta de Santa Ana. Siguiendo aquel mismo trazado llego hasta El Vedat de Torrent. Quiero seguir por la superficie lo más cercano posible al trazado subterráneo del canal. Eso me hará callejear como pollo sin cabeza hasta cruzar el monte y salir al otro lado a recuperar el camino junto a la corriente que sale, refrescada de este día caluroso, bajo la oscura montaña.
Retomo mi guía y voy desgranando lo que sé que son los últimos momentos de la ruta. Así que busco un lugar agradable para comer y disfrutar de la compañía del agua, intentando dejar que me alcancen aquellas primeras gotas que dejé atrás con mi rápido pedaleo, en un corriente perezosa y soñolienta que salía de la montaña al principio de la ruta. Veo venir la corriente y me pregunto si serán estas aquellas gotas.
Transparentes, llenas de vida y acariciadas por los peces que viven en el canal, por las plantas acuáticas que se aferran a los sedimentos del fondo y se mecen al vaivén de su corriente peinando el agua, como si ella lo necesitara, filtrando sus hebras de infinita continuidad. Me pongo otra vez en marcha después de hablar por teléfono con Teba que estaba preocupada por esta ruta que me traía desde tan lejos. Hoy cruzaré el barranc del Poll por encima del canal, pegado a la cornisa lateral y salvando la barandilla del final para bajar otra vez al camino.
Este sigue, cruzando un par de carreteras y la vía del tren, hacia el P.I. de Quart donde veo la reja por la que se filtra el agua y que detendría, si fuera el caso, su ansia de volver atrás, su miedo a la oscuridad bajo la tierra, sus ganas de continuar camino y no llegar a aquel final junto a la balsa de La Presa allá en Manises y juntar sus aguas con las del Turia.
Pero no es el caso. Sumisa y silenciosa, contenta diría yo, se adentra en las profundidades de la tierra, como aquel metro que no pude coger ayer, sin mirar atrás, sin despedirse de mí que la he acompañado durante los casi 53 Km. de canal, sin un saludo o un hasta pronto. Silenciosa, vacía de emociones superficiales que deja para nosotros los humanos.
Yo tampoco tengo tiempo para despedidas nostálgicas, le hago la foto en el lugar del último adiós y retrocedo para dirigirme a Alaquás.
Por el camino del cementerio entro en el pueblo, cruzo el P.I. y me encuentro con el carril bici que callejea y me da seguridad para moverme por las calles. Este carril bici no es una excepción, es una continuidad que te lleva de un pueblo a otro en esta zona y conecta con el carril bici de Picanya, Aldaia y Chirivella por lo menos, puede incluso que con Torrent. Seguro que este ejemplo no lo han tomado de Manises ni de Valencia que ha aprobado una ley para multar a los ciclistas que vayan por la acera. Es mejor que vayamos por la carretera para que nos puedan atropellar y de paso no cabrear a los peatones. Nunca me he quejado de que los peatones vayan por el carril bici, pero no me gusta que los peatones nos critiquen por utilizar las aceras para no tener que ir por la carretera y jugarnos la vida, cuando además es una máxima: pinta un carril de rojo o de verde y aunque haya sitio al lado todos andarán por ahí.
No me quejo porque entre otras cosas, a veces, también soy peatón, y conductor. Y sobre todo persona. Entiendo las dificultades de todos los colectivos implicados en este difícil tema de la movilidad, solo con respeto y un poco de buena voluntad podremos conciliar los intereses de todos. Era el momento protesta de la ruta. De ahí solo me queda volver a internarme por un instante en el polideportivo de Picanya, precioso paraje que vale la pena recorrer, para sumergirme en la sombra de la arboleda y llegar después hasta el pueblo y dar por concluida una jornada de pedaleo con sus buenos 80 Km. de recorrido y de cambiante paisaje. Pronto estaré por aquí contando nuevas rutas.





Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1347695