miércoles, 11 de mayo de 2011

Requena-Riba Roja

 
Cerraba el círculo, o mejor dicho el triángulo con esta 3ª etapa entre Requena y Riba Roja. Lo bueno de las etapas circulares (principio y final en el mismo sitio) es que puede comenzar desde donde quieras. Con esta serie de etapas se abre un amplio abanico de rutas por etapas haciendo pequeñas variaciones entre el punto de salida y el de llegada, así que vamos a explorar caminos. Pero primero os contaré las peripecias de esta ruta que ha tenido de todo. Comenzaré diciendo que a pesar de cerrar el círculo no estoy del todo satisfecho ya que el camino seguido no es factible por ser un camino (al menos una parte) privado, y me he tenido que saltar algunas restricciones en forma de valla, pero eso os lo contaré en su momento. Vamos al principio.
El principio se remonta al verano pasado cuando pensé en una ruta que me llevara por las estribaciones de la sierra del Negrete desde Calles. Claro, el viaje de ida y vuelta suponía una paliza de no te menees, o buscar un lugar de salida para llegar hasta allí con el coche, o bien terminar en Requena/Utiel y volver en tren. Luego pensé en subir hasta Calles desde Riba Roja, y claro, con dos laterales ¿por qué no cerrar el recorrido? Me puse a diseñar los caminos y encontré las rutas que hice en la primera etapa Calles-Riba Roja, volví en tren y al día siguiente hice Riba Roja-Calles. Hoy tenía que subir en tren desde Loriguilla y volver pedaleando desde Requena hasta Riba Roja.

Así que a las 7 de la mañana me levanto y tras los estiramientos me pongo en marcha hacia la estación del tren de Loriguilla-Reva. A las 8:30 tomo el tren y me relajo durante la hora y cuarto de trayecto con el suave vaivén y el “cha cha cha” del tren.
Desayuno un par de zumos y barritas durante el viaje y llego a la estación de Requena con 12Km. en las piernas que no contaran para el total de la ruta ni para el IBP, pero que ya estarán sumando o, mejor dicho, restando energías de las piernas. Un sol de justicia se eleva en el cielo despejado, aunque leves ráfagas de viento refrescan a esta altitud. Solo será hasta que me ponga en marcha y caliente motores. Paso por detrás del hospital en busca del puente que cruza la A-3 y me encamina hacia el alto del Telégrafo. La rampa en un principio asequible tiene su punto culminante en una subida casi de escalón insuperable, por lo que me obligará a bajar de la bici por primera vez en la jornada, después de este trámite continuo pedaleando con la torre y el V.G. a la vista.
La torre del Telégrafo, en estado de abandono, presenta signos de un deterioro que parece ir condenándola a su fin. Forma parte de una red de torres que a mitad del siglo XIX comunicaban, a través de telégrafo óptico, Madrid con Barcelona a través de Valencia. Hay numerosas torres de similar o idéntica planta cada aproximadamente 15Km. Una de ellas ya la visité, aunque entonces no sabía lo que era, en la muela de Pota, al sur del circuito de Cheste. Las vistas desde esta atalaya son impresionantes. Tanto que decido almorzar aquí mismo para ir haciendo la digestión en la bajada hacia el Reatillo y antes de comenzar la subida fuerte del día. Casi hacia el norte la mole del Cinco Pinos eleva sus 1177 metros de altitud antes de desplomarse hacia el embalse de Buseo. Al otro lado del valle otro coloso rivaliza en altitud superando su cota; los 1250 del pico Tejo son la mayor altitud de la zona.
A sus pies, un mosaico de campos de cultivos alterna, el verdor de las plantaciones, con los rojizos terrenos que esperan la siembra. Es un terreno de bellos contrastes multicolor, aunque el otoño es la estación que dota esta zona de una explosión de color difícil de explicar. Almuerzo inquieto ante los mordiscos de las enfurecidas hormigas que defienden despiadadamente su terreno ante mi involuntaria invasión, me disculpo retirándome a otro lugar menos provocativo, pero allí hay otro ejército, otra colonia que sacrificará algunos efectivos para proteger el hormiguero, así que termino rápido el almuerzo y me dispongo a bajar hacia el paso sobre la vía del tren y del AVE que discurren paralelas en este tramo.
Ya al otro lado ruedo por la vereda Real, luego un cartel indica el camino del Tejo sobre la abandonada y desmantelada línea del tren. Este camino lo seguiré hacia la casa Cárcel, unas bonitas ruinas de lo que antaño debiera ser una masía o unas casas de labranza. El caso es que estoy a punto de iniciar la bajada junto a la rambla de los Tocares. El primer contacto con el camino de bajada se hace a través de un tupido bosque de pinos. El camino baja haciendo eses, en pronunciado descenso, por un firme en buen estado aunque de tacto terroso debido a las lluvias de las últimas semanas y al arrastre de terreno arcilloso hacia el camino.
Apuro los frenos antes de las curvas cerradas y dejo volar la bici a la vista de las curvas abiertas, pero en ningún caso llego cerca del límite y corto gas mucho antes de lo que me gustaría. Algún charco y lodazal me obligan a bajar de la bici o a intentar cruzar por un terreno pantanoso que no sé hasta dónde cubrirá la rueda, pero seguro que me atasco y me clavo en mitad del barro por lo que esta tónica será la más repetida en el siguiente tramo. Terminado este tramo de pronunciada bajada el camino sigue descendiendo de forma moderada. El bosque se abre y, ya paralelo al curso de la rambla, la vegetación ribereña gana terreno. Los pinos a partir de aquí se hacen más escasos y se dejan ver plantones jóvenes que se apretujan unos contra otros. La montaña sube vertiginosa hacia la cumbre del Tejo que pronto desaparecerá tapada por otros picachos más cercanos y verticales sobre mi posición. El arroyo baja tranquilo y sosegado a mi derecha, poco caudal para lo que esperaba, y menos mal, porque en ciertos tramos el riachuelo y el camino comparten espacio, y como decían en la película “solo puede quedar uno” y ya sabemos, en estos casos, quien gana. Varias veces me bajo de la bici para sortear las aguas, mejor dicho el barrizal que supondría meterme en el cauce.
El silencio en lo profundo del valle es casi sobrenatural. La sensación de profundidad que infunden las verticales montañas ponen una carga de soledad y de inhabitabilidad que por un momento me hace pensar si no seré el único habitante del mundo, al menos lo soy de esta parte y en este momento. Un camino se desvía a la derecha subiendo la ladera hacia lo que el mapa indica como corral de Paula. Sigo el suave descenso junto a la corriente para toparme, poco después, con el primer incidente serio de la jornada. Una valla se levanta delante de mí. Una puerta giratoria y un cartel permite, el paso de peatones pero no de bicicletas.
Literal; la puerta está hecha con la idea de que pase el peatón encajado entre unos barrotes pero no la bici. Que digo yo, que qué hay de malo en permitir el tránsito de bicicletas; a una mala las bicis solo podemos ir por los caminos, un senderista puede “inventar” caminos nuevos, trepar por una ladera y salirse de los caminos. Ojo, no es que esté en contra de que se les permita el paso a los senderistas ni mucho menos, solo digo que nosotros no hacemos tampoco ningún daño. Pues aquí tengo el primer gran dilema de la jornada. Volver atrás 15Km. hasta Requena en brutal subida y coger el tren (sin dinero), o pasar la bici por encima de la valla y seguir adelante a ver que me encuentro en el otro lado. Pues eso, sigo adelante. El caudal de agua se ve acrecentado por la unión de otro barranco y ahora sí que trae abundante agua que borbotea entre las rocas. El camino ha ido acercándose a la base del Cinco Pinos y ahora esta mole se ve muy cerca al frente. El camino hace un giro hacia la derecha con el barranco para salvar los cimientos de la montaña; intuyo que estoy cerca del Reatillo y que esto debe estar a punto de empezar a subir. Llego a una explanada abierta en el valle. Un cruce de caminos y la carretera de Requena a Chera a mi derecha, arriba de la ladera. Mi vista topa con el cercado y una puerta cerrada pero sin la puerta giratoria, como para querer salir. El track me lleva hacia la derecha, hacia arriba, por fin. Otra puerta en medio del camino. A su izquierda la valla se interrumpe un par de metros más allá por lo que no tengo que saltarla. Intuyo que es una puerta por un camino interior dentro de este recinto vallado, y que el camino este, que es el del Reatillo a Siete Aguas tendrá una salida como “la entrada” anterior.
Inicio la subida. Pronto me veo obligado a meterlo todo. Cierro las suspensiones para evitar el balanceo e incluso el rebote de la suspensión delantera que podría encabritar la bici en algún bache. Sin embargo el camino no da tregua, las rampas son terribles. Gano altura con rapidez ante un porcentaje vertiginoso. Las panorámicas se engrandecen como premio a tanto esfuerzo.
El Cinco Pinos a mi espalda se alarga hacia la derecha y deja ver, en la otra punta de la cordillera, la corona del pico Ropé. Ese es el faro que siempre me sitúa. Enfrente de él la sierra de Enmedio y el Burgal se estira hacia el pico Santa María, y en medio una mancha azul cubre el fondo del valle.
¡El embalse de Buseo es visible desde aquí! Ante la sorpresa me entrego un poco más en la contemplación de las excelsas panorámicas. La aldea de el Reatillo se deja ver precedida de una extensa arboleda. Disfruto del momento antes de ponerme nuevamente en marcha. Ésta pronto se verá interrumpida por una rampa brutal que me obliga a echar pie a tierra una vez más. Cuando la rampa suaviza un poco vuelvo a encontrar tracción y vuelvo a pedalear. Será solo un espejismo. Se repite la misma historia ante otra rampa criminal. Será un tramo de continuo arrastrar la bicicleta hacia arriba patinando incluso a pie, sin poder encontrar un apoyo sobre el que coger impulso. El cansancio es descomunal, y mirar lo que me queda por subir no ayuda en nada, al contrario. Cada mirada es un suplicio pensando en lo que se me viene encima.
El camino que sube la montaña es una pared que dan ganas de llorar ante su sola visión. Paro cada pocos metros agotado por el esfuerzo de empujar la bici. Aprovecho cada parada para disfrutar de las vistas mientras recupero el aliento y el coraje para seguir empujando. Un ruido a mi espalda me hace girarme para comprobar que no estoy solo. De entre la vegetación sale una cabra montesa.
Ante mi sorpresa se para unos metros más allá en el camino y me mira intrigada, será el manillar de la bici, o el casco y la estrafalaria indumentaria de biker lo que la hace pararse a observarme más intrigada que asustada. El caso es que ahora puedo pedalear e intentar seguirla. La alegría me durará poco: la valla perimetral de esta finca cinegética se eleva ante mí como el mayor muro de la jornada. Ni puerta giratoria ni puerta de Alcalá ni nada de nada. Solo una valla de alambre sujeta a unos hierros clavados en el suelo. Ahora sí que se ha presentado un problema. Aquella puerta de “entrada” que encontré intuía que también la encontraría en este lado ya que esto es un camino, pero no. Miro hacia lo alto de la montaña, aquel camino que antes me parecía una muerte ahora pagaría por poder subirlo y escapar de esta prisión. El camino está ahí a mi derecha, pero la valla continúa subiendo, por lo que tampoco sería una solución, hasta llegar a la cima de esta montaña que tengo junto a mí y que me tapa la visión directa del pico Tejo. Me planteo volver atrás pero tengo el mismo problema que tenía antes: no puedo coger el tren y no tengo caminos alternativos, de todos modos vete a saber que me encuentro en esos caminos alternativos. Miro incrédulo el mapa en la pantalla del GPS. El camino está ahí, la ruta estaba trazada por el camino, no es que me lo haya inventado yo, en Google Earth, en la cartografía del GPS y en el Sigpac estaba el camino, pero no la puerta ni el letrero que decía que el camino era privado; como saber eso si no vienes hasta aquí o no has podido encontrar la información necesaria. El caso es que las lamentaciones ahora no me sirven de nada. Hay que saltar sí o sí, ahora mismo estoy encerrado. Lo que parece fácil se complica por el hecho de tener que pasar la bicicleta. A diferencia de la primera valla que era más bajita y me permitía subir a una puerta de hierro, aquí solo hay alambres sin la consistencia necesaria para aguantar mi peso con la contundencia necesaria que me permita elevar la bici por encima. No tengo un punto de apoyo ni mucho menos de agarre que me permita trepar y subir la bici al mismo tiempo.
Con uno poste de hierro por allí suelto se me ocurre “izar” la bici, lo más arriba posible, para luego recogerla desde el otro lado y acabar de pasarla. Aun así tengo problemas para pasar yo solo al otro lado, luego vendrá lo de "descolgar el jamón" y acabar de subir la bici y volver a bajarla sin dejarla caer. Al final, y después de más de media hora invertida en encontrar una solución y llevarla a cabo, consigo salir de este coto de caza, según reza el cartel que ahora, desde este lado, puedo leer. He perdido mucho tiempo y sobre todo muchas energías en poder salir de esta trampa en la que, de alguna manera, me he metido yo solito. Ante mí otra rampa que tengo que subir andando, ahora, una vez libre, me parece una bendición. Dicho esto no querría seguir sin pedir disculpas por el hecho de haber saltado unas vallas y haberme saltado la restricción de permitir el paso "solo a peatones" pero es que no tenía otra salida. Estoy en la cumbre de esta parte de la ruta. Un último vistazo al valle y a la cordillera del otro lado, donde el Negrete se deja ver en la distancia asomando entra las montañas.
El descenso también lo hago andando ya que la rampa es brutal y la rodera en mitad del camino no ayuda demasiado. Unos “men in White” me llaman la atención en medio del bosque. Sus sombreros de rejilla en lugar de cucuruchos en la cabeza me tranquilizan. No lo harán las miles de abejas que me rodearán en pocos instantes. Vuelvo atrás más rápido de lo que he avanzado hasta sentirme, otra vez, a salvo, lejos de la zona de influencia de la colmena. Tengo un problema y este sí que es serio. Me río ahora del problema de la valla que tan solo hace dos minutos era todo un mundo. Hacia delante las miles de “espadas” que, si cometo un desliz, me van a hinchar. A mi espalda la “pared” de la valla y todo el camino atrás. Llamo desesperadamente a los apicultores para ver si pueden, con humo o algo así, ahuyentarlas mientras paso, o ver que solución podemos buscar. Mientras me hago oír me entretengo dando manotazos al aire para ahuyentar a las atrevidas exploradoras que me están poniendo los pelos de punta zumbando a mi alrededor, enredándose por los agujeritos del casco o quedándose enganchadas en los guantes y el maillot. Cuando consigo que me oigan y tras una conversación que no me tranquiliza en absoluto, consigo que me dejen un mono de trabajo para protegerme y pasar esa zona, pero para la cara no tengo protección, me tendré que enrollar algo de ropa y probar suerte. O puedo esperar a que terminen de trabajar y dejar que se tranquilice la colmena e intentar pasar entonces, más o menos esta noche. Protegido lo mejor que puedo me meto en un torbellino de zumbidos y revoloteos a mi alrededor que me dispara las pulsaciones y la adrenalina más que ninguna rampa de las que he subido. Paso andando despacio, a cámara lenta, aparentando ante ellas una calma que no tengo; casi hablándoles, mimándolas, diciéndoles lo guapas y lo buenas que son. Ya me vale que se lo crean. En un momento dado uno de los trabajadores me insta a salir corriendo ya que si sigo así me van a inflar. Le dejo la bici al otro y paso a la carrera. Es como una provocación para ellas que buscan el menor resquicio en la ropa, o es que de tantas que hay simplemente chocan con él y se meten dentro de la ropa. Un par de picotazos en la cabeza a través de la braga que me servía para taparme la cara será el balance final de la “aventura”. Un centenar de metros más allá me paro y me doy por satisfecho. Los picotazos ya ni me duelen, o eso o la adrenalina los ha neutralizado, o bien los picotazos que he sentido eran más de miedo que otra cosa, el caso es que estoy sano y salvo, sin hinchazones ni dolor. No me puedo creer mi buena suerte. Recupero la bici y me alejo de aquel avispero tras agradecerles a los apicultores el traje y el acompañarme llevándome la bici. Un par de Km. más allá paro a recuperar el pulso y tranquilizarme un poco. Por lógica los caminos cerrados se tienen que haber acabado una vez pasados la verja de entrada y de salida, y abejas espero no encontrarme más, así que lo que me queda tiene que ser ya la parte fácil de la ruta. Inicio un suave pero rápido descenso hacia Siete Aguas por una pista en perfectas condiciones.
El pico Hierbas, con su inconfundible silueta, se deja ver a la izquierda entre las montañas que hay delante. La perspectiva engaña y da la sensación de estar más próximo, pero está lejísimos. Ahora mismo estoy más o menos a mitad de ruta. El camino gira a la derecha para pasar entre el Peña Rubia con V. G. y el cerro Pantanillo con las antenas de T.V. Una bifurcación y encuentro el camino asfaltado que sube hacia la Vallesa. Yo seguiré bajando hacia el pueblo. Llegado a fuente Pina decido que es hora de parar a comer y disfrutar de la sombra y el agua fresquísima de la fuente.
La pista de aterrizaje de la Loma se muestra por delante de los molinos eólicos de Buñol. Después de comer sigo bajando hacia el pueblo, giro a la izquierda y enfilo la subida hacia el aeródromo pasando antes por la fuente del Garbanzo. La subida de asfalto facilita mucho la labor de pedalear. El asfalto nuevo agarra de lo lindo pero me permite subir rápido. Las vistas son en todo momento espectaculares.
La sierra de Malacara con el pico Nevera queda a mi derecha o a mi espalda según gira la carretera.
El Tejo sigue sobresaliendo por encima de todo a la izquierda, detrás de las montañas más próximas. Paso el aeródromo y sigo subiendo hasta el desvío junto al refugio. Allí dejo la carreterita que va hacia la Vallesa por este lado y giro a la derecha.
Me interno en la montaña. Hacia delante la sierra de los bosques con el pico de los Ajos.  El camino no es malo y me lleva, primero en fuerte y técnica bajada, hacia la subida final de Parapetos. Este tramo ya conocido lo subo rápido hasta el desvío de Oratillos. Allí a la izquierda y encaro la subida final.
La loma del Cuco marcará la parte más elevada de toda la ruta. Último vistazo a las montañas que me han acompañado durante la ruta de hoy y me adentro en la sierra. Luego viene el desvío hacia fuente Umbría que será el camino a seguir en el siguiente cruce. Comienza el descenso. La pista, en perfectas condiciones me hace ganar velocidad, pero las impresionantes vistas me hacen detenerme a cada momento para empaparme de paisaje. No por ser conocida esta parte me hace seguir adelante sin parar, sería imperdonable perderse estas panorámicas.
Llego a la nevera y al inicio del grandioso barranco de la Parra. Espectacular con sus vistas sobre la Cazoleta, el Hierbas y la Carrasquilla, amén de los cortados en la Charnera y el Caballo Sánchez. A la salida de una curva veo un ave bebiendo en un charco, ante el crepitar de las ruedas agarrándose al suelo levanta el vuelo y veo que es un águila. La enorme envergadura de sus alas abiertas cubre todo el ancho del camino. Parece mentira lo grandes que son cuando están en vuelo y no hay ninguna referencia con la que compararlas.
Recorro el camino sobre la cresta de la montaña entre los dos barrancos. A la derecha el grandioso barranco de Ballesteros compite en espectacularidad con el otro valle.
La enormidad de los espacios abiertos está reñida con el lugar en que nos encontramos. Nadie diría que estamos a escasos Km. de Valencia, parece más un paisaje alpino al que solo le faltan los árboles. Esos árboles, o lo que queda de ellos los encontraré más adelante. Cada día alucino más con esta sierra que hace empequeñecer todo en su interior. Llego al desvío y empiezo a recorrer otro de los caminos que quería conocer. La bajada me llevará a descender 600 metros en 15 Km. de pura adrenalina.
Bajada técnica hasta el mismo fondo del barranco, luego el camino pasa junto a fuente Umbría y los restos del bosque. Poco después sale del bosque para internarse en la zona de cultivos previa a Chiva y Cheste. Un último vistazo a la sierra y sigo volando hacia casa. Lástima del viento en contra, aun así la pendiente a favor me hace rodar a buen ritmo a pesar de la distancia que llevo en las piernas.
El Portillo de San Roque me indica que estoy cerca de casa y aún pongo más empeño en que no decaiga el ritmo de las bielas. Vuelo rasante por la senda hacia Horquera y luego camino de los Yesares, les Plantaes y la entrada a Riba Roja, donde el velocímetro me dice que llevo 90Km. en las piernas y 7 horas de pedaleo. La llegada a casa, bien merece hoy una coca cola que me reponga un poco de energía rápida mientras rememoro las mil y una anécdotas de una ruta impresionante que ha tenido de todo, pero que me ha dejado el sabor amargo de un camino cerrado. Me siento un poco como si hubiera hecho trampa, como si el triángulo no estuviera del todo bien cerrado. Ya tengo pensada otra ruta alternativa que me traerá por la parte sur de la A-3, por la sierra de Malacara y que cerrará el triángulo con todas las de la ley. Esa ruta ya os la contaré.




TRACK DE LA RUTA: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1699137