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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cheste-Fuente Umbría (Fuentes de Chiva I)

Por el camino venía pensando en titular esta ruta como la ruta de las fuentes sin fuentes. No sería del todo junto ya que he pasado, o mejor dicho localizado, 6 fuentes. De las 14 que tenía marcadas me he perdido 8, de ahí el título pensado. No digo que las fuentes no existan, quizá estén algo desviadas de las que tengo marcadas en el mapa del GPS. Al calibrar los mapas puede pasar que la fuente se lleve unos metros más allá como ya me ha sucedido en alguna ocasión, incluso hoy con la fuente de Corrachán. Pero si la fuente no está señalizada en el camino, el encontrarla se convierte en misión imposible pues no sabes si existe o si está en otro sitio.
Hoy no había empezado la ruta con la mejor disposición. Salgo de casa con el humor algo torcido. Espero que al empezar a dar pedales se me pase. Llego en coche hasta el polideportivo de Cheste, que me ve iniciar una nueva ruta, enseguida cruzo sobre de los dos barrancos que me van a ir acompañando a lo largo de la ruta de hoy en el momento que se unen y justo antes de ir a desembocar en el barranc del Poll o rambla de Chiva. Voy hacia Chiva por el camino de siempre, pasando por el cementerio. Después de pasarlo llego a la carretera y giro a la derecha, unos metros más adelante a la izquierda para cruzar la vía. Primer obstáculo y pie a tierra. Dejo atrás los raíles y empieza a subir el terreno. Por aquí debería de estar la fuente Arquillo, pero lo dicho o no está o no está señalizada. Continuo en ligera subida, al final este será uno de los peores tramos de camino que encontraré, y eso que no está del todo mal. Algo más allá llego a una bifurcación, un cartel con el nombre de Puente del Arco Iris me deja algo intrigado. Sigo a la derecha y enseguida a la izquierda. El camino pasa por entre unas casas algo peculiares, ya el nombre, Madre Tierra no deja indiferente, dos nombres peculiares muy cerca uno del otro, no creo que sea casualidad o competencia de un vecino con otro por rivalizar en el mejor nombre. Ahora, mientras plasmo la crónica de la ruta he buscado información y me encuentro con que es una eco aldea, casas autoconstruidas y ecológicas. Me parece un bonito proyecto aunque desgraciadamente no veo un cambio de tendencia en la sociedad como para hacerlo viable a gran escala, dudo que lo sea incluso a escala personal para mantenerlo de forma permanente. El monstruo de la economía de mercado en que vivimos acaba engulléndolo todo y no es tan fácil salir de este círculo. Sigo bajando hacia el barranco, ya veo hacia donde voy y espero que pueda pasar. Pues vana esperanza la mía. El camino muere en unos guijarros junto al curso del barranco, apenas hay un hilo de agua pero el angosto paso entre la vegetación y la subida por un terraplén hacia el otro lado me obligan a bajar de la bici. Vuelvo a encontrar el camino y llego a la carretera, giro a la derecha ya que de frente una explotación ganadera me cierra el paso. Así llego al lugar indicado como La Cueva Morica. No estaba previsto pero habrá que ver el lugar. Bajo hasta el lecho del barranco por una senda sombría y empinada.
Abajo, unos enormes árboles se alinean a la orilla del curso del barranco. Sus ramas desnudas parecen dedos queriendo arañar el cielo. La cueva tampoco la veo por aquí cerca así que con más fallos que aciertos hasta el momento me pongo otra vez en marcha. Giro a la izquierda para bordear el campo en el que descansan las reses. Llego a la casa y busco la fuente del Pájaro, tampoco está ni se la espera, tal vez solo sea el abrevadero o una balsa repleta de patos que hay a la sombra de la casa. El camino asfaltado continúa hacia la fuente Del Piojo, ídem que la anterior. Vale, pues al final voy a encontrar fuentes si o si. Ya es una cuestión de orgullo. La siguiente es fuente Incóllar. Esta ya la conozco y estar está, así que me apuntaré un tanto. Llego a la indicación de la fuente y giro a la derecha abandonando el asfalto, enseguida llego a la fuente, unos metros más adelante giro a la izquierda para comenzar la bajada hacia el barranco Grande. Este tramo ya lo conocía pero realmente me había olvidado de él. Lo hicimos en sentido contrario en la ruta http://rodaipedal.blogspot.com/2007/12/ruta-pedralba-chiva-cheste.html Subo por el otro lado por un firme en muy mal estado por la acumulación de piedras sueltas, pero aun así se puede subir tirando de potencia y encontrando la trazada buena que no te haga tropezar con algún pedrusco. Ya empiezo a dudar de si encontraré o no las fuentes, al menos fuente Viñas se que también está en su sitio. Las otras dos que hay entre medias, la fuente Del Estrecho y la Del Fraile no hay pistas sobre ellas.
Ya muy metido en la falda de la montaña la ubicación de fuente Viñas se hace visible a lo lejos. Los últimos campos de cultivos antes de la vegetación de monte dejan una pincelada otoñal en la retina. Llego a la fuente y paro un momento a fotografiarla y gozar de esta bonita y tranquila ubicación.
Cargado con las fotos me dejo caer por el camino hacia fuente Rosemblanc. Poco a poco el camino se inclina hacia el barranco Grande otra vez, luego entra en una pendiente muy pronunciada pero en la que no te puedes dejar llevar ya que hay muchas curvas y los tramos son muy cortos, atando en corto los arranques de la bici, llego abajo para encontrar el curso de la rambla y los penachos de las cañas que se nutren de las aguas en las zonas bajas de los barrancos.
Voy rodando por el fondo del barranco metido entre los cañones de las montañas. Con lluvias o incluso días después de fuertes lluvias no será un camino aconsejable ya que imagino los pasos estarán inundados y con fuertes corrientes. Así llego a fuente Rosemblanc y sigo por el camino que cruza numerosas veces el curso del o de los barrancos, ya que aquí se juntan las laderas de varias montañas creando diferentes cursos de agua. Según en que mapas mires estos reciben diferentes nombres por lo que unos los conocerán por un nombre y otros con otro. Remonto por una zona de arboleda hacia la carretera asfaltada que tomaré a la derecha para dirigirme al cruce de caminos que suben hacia el Enebro, la Nevera o Ballesteros. Tomo el primero a la izquierda. Los cultivos son los propios de zonas poco irrigadas.
Las vides esperan la poda mientras sus ramas se estiran sin fin, las hojas pintan de amarillo sobre un suelo rojizo y el sol las quema tornándolas de un ocre mortecino, preludio de su pronta caída antes del invierno. Los algarrobos ya están siendo podados en algunos campos, las ramas caídas se van apilando en pequeños montones que serán el calor de muchos días en los próximos meses. Hace unos años, con las boyante economía sustentada en el ladrillo, este cultivo era poco rentable; ahora, los campos descuidados por la inactividad en los últimos años y el robo de las algarrobas por los amigos de lo ajeno hacen que el futuro de este cultivo esté muy amenazado. Veo como este tradicional cultivo en tierras valencianas va desapareciendo poco a poco. Los olivos son los últimos que esperan turno para recolectar su fruto. Aceitunas verdes y negras se arraciman en las puntas de las ramas descolgando estas por el peso que soportan. Aunque no llegan a tener que ser apuntaladas como los naranjos, también sufren el peso de su fruto que ha ido engordando en los últimos meses. Y con estas imágenes y los pensamientos que evocan me voy metiendo casi sin darme cuenta en pleno monte.
El camino se adentra en zonas más boscosas. Al menos lo fueron antes de los brutales incendios que calcinaron estos bosques. Son curiosos los grupos de pinos que se libraron de la quema y crecen sobre un paisaje de monte bajo. Alguna vieja construcción ve el paso del tiempo con la resignación de ser un fósil olvidado. Las Veredas o Cañadas Reales, casi reducidas a reivindicar legalmente su derecho de paso, son caminos olvidados que dejan tras de sí muchas de las construcciones que encontramos por la montaña.
Sin el transito de los ganados los corrales y refugios se desmoronan por falta de mantenimiento, los caminos desaparecen bajo la invasión de arbustos y árboles que también reivindican su propiedad sobre el terreno. Y al final nos quedamos sin una cosa y sin la otra. Sin caminos y sin plantas, sin ganados trashumantes que regeneraban los pastos y sin tradiciones ancestrales que nos mantienen con una forma de vida natural, sin aditivos, sin conservantes ni colorantes. Y cuando algún político se quiere acordar de estos caminos olvidados es para ponerle una capa de cemento encima y hacer una carretera que acorte el camino entre dos puntos por medio de la montaña, así que es mejor que sigan en el olvido. El paso por el barranco de Ballesteros no es fácil. La pendiente de bajada es muy pronunciada, pero la subida me hará sacar el mejor repertorio de la ruta de hoy. Una subida brutal en la que la rueda trasera pierde tracción constantemente. Ya arriba giro a la derecha y llego a otro cruce. Me paro a mirar el panel interpretativo y al ponerme en marcha me confundo al mirar el track. Tenía que continuar recto y luego volver por ese mismo camino para girar a la derecha y emprender el regreso. Cuando me quiero dar cuenta estoy en pleno camino de regreso sin haber visitado fuente Umbría que es el punto más alejado de la ruta y como aquel que dice el plato fuerte de la jornada. Viendo como el camino se dirije hacia Chiva empiezo a pensar que esto no es muy normal, así que paro a mirar el track con detenimiento. Total he hecho 3 Km. de nada por el morro con una buena bajada que ahora, al volver atrás, se convertirá en subida. Esta parte la he suprimido del track para no liar a nadie que quiera seguirlo. Llego otra vez hasta el cruce y miro al panel como reprochándole mi equivocación; no se digna ni en devolverme la mirada desafiante. Me interno en el camino aéreo sobre el barranco.
Por todas partes los restos de árboles caídos siembran el paisaje de troncos mutilados, tocones pudriéndose al sol, a la intemperie cruel y salvaje, a la agresión sin tregua de animales y plantas en busca de refugio o de comida. Igual que ellos mismos hicieron en su día con otras plantas, con otros animales, ley de vida. La diferencia es que estos árboles encontraron la muerte por causa injustificada. Incendios forestales que rara vez, y menos con los pocos bosques que quedan, tienen un origen natural. Montañas peladas como dirían mis compañeros. Montañas al fin y al cabo. Me llenan los ojos de imágenes tanto como el alma de paz. Respiro tranquilidad en medio de estos paisajes. Ya no tanto por que tengan árboles o no. Tiene más que ver con la soledad. Con estar lejos de las ciudades, del ruido, del atroz y atronador ritmo de vida que llevamos. Montañas. A mi me vale.

Giro con el plegamiento de la montaña. Con la “s” que hace el camino esquivando la curva de nivel que se despeña hacia el barranco. Llego hasta la entrada de una casa bajo una increíble arboleda.
El camino gira a izquierda y sube una portentosa rampa que marcará su buen 15% de desnivel. Por suerte el firme está en buenas condiciones y aunque con algún derrape voy subiendo más o menos bien. Las excelentes cualidades escaladoras de la bici me facilitan mucho el trabajo. Pienso esto para insuflarle ánimos a la bici pero quien más los necesita soy yo. Llego a otro cruce. A la izquierda está cerrado con una cadena y no tengo que continuar subiendo, menos mal, ya que ese tramo está asfaltado y sé lo que eso significa. Me quedaré con las ganas de llegar a la casa que hay arriba y que promete unas vistas inmejorables.
Voy a la derecha pegado al barranco, viendo al otro lado el juego de sombras chinescas que se traen entre árboles el Sol con las nubes. Enseguida veo la fuente.
Ya sé el porqué de su nombre. La montaña de detrás no permite ni un rayito de sol. Sumida en la sombra, el frío invierno se cobijará aquí hasta el próximo verano. Me acomodo en el banquito que la rodea y saco el bocata y la cervecita.
El imposible, de reproducir, ruidillo del chorro de agua sobre la poza, amenizará mi estancia en el lugar mientras algún pájaro parece multiplicarse por el sonido amplificado de su canto en el profundo valle. Me estoy quedando helado una vez parado aquí. Me pongo el chubasquero para mantener un poco el calor pero aun así decido comer rápido y ponerme otra vez en marcha. Antes gozaré de un estar placido y tranquilo que si no fuera por el frío me invitaría a una siestecilla. Continúo el camino que según los mapas no tiene salida. Enseguida un camino baja a la derecha hacia el barranco y lo veo llegar a unas casas al otro lado. Este camino de bajada tampoco existe en los mapas y en cambio sí uno al otro lado. Pero la realidad dice todo lo contrario, y una vez allí no hay forma de encontrar el camino a seguir. Doy varias vueltas, e incluso me adentro en una senda que sube la montaña con la esperanza que algo más adelante esté el enlace con el camino. Nada. Tan desaparecido como las fuentes.
Bajo por unos bancales y me meto entre la maleza, los arbustos me clavan sus pinchos sin piedad recordándome que este no es mi sitio. Los campos recién labrados no me dan pistas de la dirección a seguir. Pero el track se mete por allí. Sigo moviéndome para afinar más mi posición y dar con el “camino”. Por fin bajo otro bancal y veo una senda oculta desde la parte de arriba. Al final veo que desde la casa estaba a escasos metros de la senda, aunque el campo labrado me ocultaba la ruta a seguir. Al otro lado de los 50 metros de senda llego a otra casa, y una especie de paseo arbolado me lleva al camino principal.
Una cadena corta el paso, por lo que veo que este track solo es factible si vas hasta la fuente y vuelves por el mismo camino, o bien si continuas desde la fuente hasta enlazar arriba de la montaña con el camino de la Nevera. Bueno, superado el obstáculo voy bajando hasta alcanzar el fondo del barranco y remonto para ir a parar a la casa donde giraba el camino. Parece una casa particular y no un refugio o algo parecido, esto sería una gozada por lo bonito del enclave. Ahora si que toca la parte de regreso. Por la equivocación de antes ya conozco un tramo de vuelta. El camino, en muy buenas condiciones, me hace rodar rápido por caminos entre cultivos con el marco de las montañas de fondo.
Vuelvo a entrar en una zona de sube y baja por el continuo paso entre los barrancos que bajan de las montañas y parecen zarpazos en la piel de la tierra. Fuente Salinas, desaparecida del mapa, no será visible. Ya dudo de desviarme hacia fuente Corrachán pero si no voy dejaré la ruta demasiado corta, además esté o no la fuente, el camino quiero recorrerlo, a eso he venido. Bajo hacia el barranco por un camino algo descarnado.
Luego el GPS me indica que la fuente está en el fondo del barranco, cruzo un pequeño reguero de agua y subo por el indicado como PR. Ni rastro de la fuente. Menos mal que continué el camino y no me volví atrás porque la fuente está en la siguiente curva. Todas estas fuentes tienen la particularidad de tener el caño a escasos centímetros de la poza donde cae el pequeño hilo de agua, que digo yo que una vez acondicionadas, se podría haber dejado algo más de espacio para poder llenar una botella o beber directamente del hilo de agua que cae, así se hace muy complicado. Remonto el barranco por una pendiente más larga de lo habitual y con un firme muy roto. Llego a una cuadra y un letrero que indica la fuente Alamillo pero no la tengo marcada en la ruta, así que giro a la derecha y cojo enseguida otro camino a la derecha, éste pasa por fuente Moreno, tampoco la localizo. Mientras tanto el camino encuentra un desnivel y empieza a bajar progresivamente. A poco que doy pedales la velocidad se incrementa a marchas forzosas. La bondad del firme me hace volar por este tramo que disfruto de manera inesperada hasta volver a cruzar el barranco por enésima vez. Ya al otro lado iré pasando junto a cuidados campos de algarrobos y olivos; alguna viña romperá la hegemonía de los dos cultivos anteriores.
Rápidamente llego al cruce donde un antiguo refugio de cazadores también se desvanece en el olvido. Luego sigo de frente por un camino asfaltado y en ligera subida. Los muchos dientes de sierra de esta ruta ya imponen la fatiga a la que han sometido a mis piernas, y estas se toman con calma el pequeño desnivel. Luego la bajada pone otra vez velocidad a la parte final de la ruta que me llevará hacia Chiva, no sin antes pasar por fuente Forraje.
Esta si está señalizada en el camino a pesar de no estar visible desde allí y tener que desviarse unos 70 metros. Así que me pregunto qué es lo que habrá pasado con las otras fuentes. Desde aquí al coche sin más incidencias por un camino más que conocido que no presenta dificultad alguna. La segunda parte de esta ruta ya está medio planeada para seguir conociendo más fuentes en las montañas de Chiva. Como no podrá ser de otra manera ya os contaré como transcurre, mientras tanto irán llegando otras rutas que ya están completamente planeadas.

miércoles, 23 de junio de 2010

Serra de Chiva. Cheste-PicoHierbas

Por fin. Hoy he podido culminar esta ruta que, con el paso del tiempo, se estaba atravesando. El único pero, la calima que tapaba todo el paisaje. Pero es lo que hay. Así que os lo voy a contar.
En los años 90 los incendios forestales se cebaron en la zona calcinando más de 10000 ha. Desde entonces la vegetación de monte bajo se abre paso poco a poco entre las piedras. La “desnudez” de las montañas nos muestra todo su relieve, toda su piel. Todos y cada uno de los pliegues que conforman su fisonomía y que los árboles no pueden ocultar. Estéticamente prefiero las montañas peladas, aquellas que nos muestran tal como son, pero indudablemente, por lo que representan, prefiero las montañas boscosas por la variedad de vida que ofrecen y por la salud medioambiental del entorno. Para mí no están reñidas las unas con las otras, si hay árboles y bosques los disfrutaré y admiraré, los oleré y contemplaré con placer y reverencia, pero no diré que no a un paseo por el monte aunque este monte solo cuente con vegetación rala y arbustos que apenas dan sombra al suelo, permitiendo así poder contemplar las curvas y pliegues en el manto de la tierra, de esas montañas que tanto me/nos gustan. Y eso es lo que ha sido hoy, un paseo por un paisaje casi sin árboles, ni en mi peor pesadilla intentaré traer al grupo a esta ruta.
Esta ruta es casi un homenaje…o una deuda, pendiente con estas montañas, tan cercanas y a la vez tan olvidadas por nosotros. Montañas que en mi niñez veía cada semana cuando iba al chalet a pasar el finde. Montañas que, como las de La Calderona, parecían estar en el fin del mundo visto desde los ojos de un niño. Montañas que parecían llamar e invitar a vivir aventuras extraordinarias como en las películas de Tarzán que nos calzábamos cada sábado por la tarde. Montañas que tan solo en una ruta hemos recorrido y de la que no guarda precisamente buen recuerdo el grupo. Esta vez, en solitario y con la guía de “treki”, las recorreré para intentar alcanzar la cima de este macizo y poder cerrar el anfiteatro montañoso que contempla la cuenca del Turia.
El caso es que ya hacía tiempo que venía mirando la sierra de Chiva de otra manera. Era como si me llamara. El pico de las Hierbas con su peculiar forma y su observatorio me atraían como un faro. Vamos, que les tenía ganas. Así que preparé un exhaustivo estudio de la zona y me estaba preparando para abordar la ruta cuando el trabajo por fin llamó a mi puerta. Varios aplazamientos y la promesa de que el primer sueldo iba destinado a un GPS se vieron recompensados con un nuevo miembro en la familia pedalística de R&P. La dificultad de hacer rutas todo el grupo, por cuestiones profesionales, hacían que tuviera la necesidad de emprender aquellas aventuras que semana tras semana se acumulaban en la creciente carpeta de “rutas pendientes”. Y en eso estoy para contaros hoy la primera de esas rutas. La incompatibilidad de horarios con el resto del grupo me obliga, por mi forma de entender las aventuras, a estas salidas en solitario, sobre todo en esas rutas que sé de antemano que no son especialmente de su agrado y que yo no quiero por eso dejar de sufri-disfrutarlas.
Inicio esta ruta desde el polideportivo de Cheste. Por camino conocido hacia Chiva, enseguida voy hacia el barranco Grande que más tarde será el barranco del Poyo. Pedaleo pegado él, giro hacia fuente Incolla y unos Km. más allá empiezo a rodar junto a las montañas, por el lateral sur, internándome poco a poco en la cara oculta de estos montes. Es este momento me interno, por el camino del Enebro, en una garganta entre las montañas.

Más adelante tendré la única abertura a la izquierda en la forma del barranco de la Parra. Subida tendida pero constante con algún que otro bache y piedra suelta, pero en general el camino está en muy buenas condiciones. Paso junto a una zona de chalets en los que alguien practica, con una “dolçaina”, el himno de Valencia. Esta cantinela ocupará mi mente en este duro tramo. Con el último chalet a la izquierda pasaré el camino de senda mala o algo así, estaba demasiado cansado para retener el nombre. El cansancio ha sido una constante desde la primera pedalada. Uno de esos días que no te encuentras del todo bien, dolor en las piernas como si fueran de madera. Pero ya se pasará pensaba iluso de mí. Cruzaré un par de veces el cauce del barranco dejando una estela de agua tras mis ruedas. En la subida también dejaré atrás la Fuente del Enebro, bueno, no la dejaré atrás porque será este el primer punto de avituallamiento. Sigo el camino indicado por un centenar de metros atravesando una espesa arboleda que refresca el ambiente. La fuente, junto al barranco es un rincón bonito, lastima que esté tan lejos de Manises porque aquí si que hay árboles y sería un buen lugar para venir, pero claro, esto ya está a 625 metros de altitud. Sigo subiendo con las montañas atentas y observando mi lento avance. Aquí abajo me siento como un peón rodeado de inmensas y poderosas torres de piedra, o de reinas tocadas con coronas que aún las hacen más grandiosas.

No importa, este peón tiene la intención de coronar y convertirse en el rey de la cumbre. El camino dibuja la ladera de la montaña y se asoma peligrosamente al barranco que alegre y cantarín baja sus limpias aguas bajo una amalgama de plantas que se nutren de ella.
Recorrer el barranco grande es como entrar en el túnel del tiempo; las viejas montañas se erosionan y desvanecen ante el asedio inexorable del tiempo implacable. Cada día minúsculas micropartículas de inmaculada piedra saluda al nuevo día, hoy lo hacen también conmigo ingenuas a si es o no algo habitual mi paso por estos lares. Eso es tener el alma al desnudo. Cada día nos cuentan una historia nueva, diferente e invariablemente igual a la de ayer o anteayer, remontándose así hasta los confines del tiempo humano. Ellas ya estaban aquí mucho antes que nosotros. Adueñándose del paisaje, mejor dicho perfilando este para nosotros. Creando los abrigos y cuevas, los torreones, los cañones y laderas, los manantiales y barrancos. Intento absorber tantos instantes en uno que me supera, y al final, solo puedo dejarme llevar y disfrutar el momento de placer sublime de recorrer estas montañas.

Sigo subiendo por el camino de la Marjana, llegaré a Fuente Alhóndiga. Precioso paraje que merece la pena disfrutar unos momentos sentado en los bancos bajo la sombra de los enormes árboles que allí crecen.
Estas fuentes están activas, parece ser, todo el año, por lo que nos pueden sacar de un apuro sobre todo los calurosos días veraniegos donde el Sol carece de clemencia para con los bikers. Al poco una curva en herradura me pone alerta sobre el siguiente cruce de caminos. ¡Ah no! Ya no tengo que preocuparme por memorizar los mapas, “treki” marca fidedignamente el camino a seguir. El caso es que con esto de la tecnología poco a poco dejaré de estudiar los mapas con tanto detalle, lo mismo pasa con los móviles, ya no nos sabemos de memoria los números de teléfono.
Bueno, sigo pedaleando encontrando pequeños respiros a la subida, que en los últimos metros ha puesto alguna rampa fuera de lugar. Miro adelante, unas cuantas curvas hacia arriba esperando encontrar la silueta de Carlos abriéndonos el camino a todos los demás. Pero no, hoy no aparece por allí delante. Llego a una especie de mirador que pone bajo mis pies toda la longitud del barranco.
Poco después llego al refugio de Oratillos. Una explanada en medio del valle que forman estos colosos de piedra. Las figuras megalíticas de piedra blanquecina crean figuras inverosímiles. Ya estoy casi arriba. Enseguida encontraré un cruce de caminos. Estoy en una zona abierta que me deja ver hacia el Este la Sierra de En medio y el Tarrac, aquel V.G. que no subimos en su día en la ruta de Buseo.
A mi derecha la subida no ha terminado todavía, más bien parece que acaba de empezar. Es como mirar la Luna por detrás, nunca la vemos y, cuando tenemos ocasión, nos sorprende y hechiza con su magia y belleza. También, con ese halo de misterio y leyenda. Me siento igual. Veo estas montañas de forma totalmente distinta, ahora son montañas conocidas, cercanas, próximas, no solo en distancia que a fuerza de ignorarlas parece que hemos acrecentado sino en ocupar un lugar destacado en el recuerdo. Giro a la derecha en el cartel que indica fuente Viñas. El paisaje aquí arriba se adivina barrido por los vientos. La vegetación cambia y se traduce en un aumento de pequeñas carrascas y coscollas. Me recuerda aquel tramo arriba del Collado del Lobo en Olocau http://rodaipedal.blogspot.com/2009/04/cronica-olocau-molino-de-la-ceja.html el camino ondula suavemente hacia arriba, allá, al borde de las montañas intuyo una caída hacia el valle de Valencia. Pedaleo con algo más de intensidad por las ganas de ganar esa visión lo antes posible, aunque imagino que el plomizo día de calima no dará para muchas alegrías. La pequeña de las Carrasquillas a mi izquierda eleva su antena intentando igualar en altura a su hermana mayor que, a mi derecha deja ver el V.G. en su cumbre. Estudio con detalle en busca de un camino para subir pero no lo hay, esto me lo confirmará el forestal que encontraré en lo alto del Pico de las Hierbas. Veo un camino que intuyo es el que salía desde el mirador que he encontrado justo antes de llegar a Oratillos. Podría ser interesante bajarlo para no repetir este tramo de meseta. Esto lo decidiré cuando baje según lo cansado que esté. Si estuviera aquí Luis podríamos mirar el trazado del camino en el GPS, pero yo no voy a tocar nada, no sea que la líe y me quede sin el track a seguir. Un poco más allá me encuentro con el ansiado espectáculo de ver, o mejor dicho intuir todo un mundo a mis pies. Prácticamente no se adivina ni el Aliagar ahí en Pedralba, de las Rodanas casi no veo ni las formas, el resto es una difusa gasa blanca que cubre el paisaje. El forestal me comenta que el domingo, con viento de poniente se veía la estela de los barcos surcando la mar. Solo de imaginarlo ya estoy preparando otra subida. Bordeo el acantilado viendo bajo mis pedales los nada despreciable 500 metros de caída hasta el fondo. Sin embargo el camino no es peligroso si no te acercas excesivamente al borde. Algunas carrascas sirven de quitamiedos. Un giro del camino a la derecha me dejará la primera vista de la caseta forestal.
Bajo una pendiente y llego al cruce que se dirige, aunque han quitado los carteles, hacia fuente Viñas. Quiero llegar al final de este camino y quedarme junto al inicio del sendero que algunos bikers han bajado hasta incorporarse al camino de abajo. Por lo que vi en la ruta que hicimos por estas montañas y que llegamos justo hasta el inicio del sendero desde abajo, me parece una temeridad a juzgar por el estado del terreno. Inicio una fuerte bajada para encontrarme con una subida contundente en la otra ladera. Llegado arriba otra vez lo mismo… y el camino continúa subiendo y bajando a lo largo de las siguientes laderas. Con lo cansado que estoy y el remate de la última rampa que veo al fondo, decido abortar este tramo de camino y no llegar al inicio del sendero por más que me pese, pero no tengo el cuerpo para tantas alegrías y en la vuelta aún me quedan algunas subidas por hacer. Doy la vuelta y me encamino hacia el verdadero objetivo de la jornada. Este intento me costará una rampa más de subida. Por fin tengo aquella conocida vista del Monte Gordo y pico Hierbas, rematada con la caseta, que veo desde mi casa.
Por fin la tengo al alcance de los dedos. Solo falta subir. Me pongo a ello sabiendo que será el esfuerzo a pagar por un sueño. La subida no es excesivamente larga pero tiene un porcentaje interesante y el camino aunque con gravilla suelta no está en muy malas condiciones, así que vuelco el peso en el manillar y piso con fuerza los pedales. Parece que no se acaba nunca conforme empieza a girar el camino sobre si mismo. Llego arriba del todo y desaparece la pendiente bajo mis ruedas. La montaña se postra bajo mis pies cuando bajo de la bici y culmino otra cumbre con el inconfundible sello de Roda i Pedal. Deuda cumplida.
Por fin tengo la sensación de haber pagado la deuda contraída con estas montañas a lo largo de las interminables subidas a otras cumbres dejando de lado este coloso.
Espero mi recompensa en forma de majestuosos paisajes que admirar, pero la calima lo cubre todo. Tan solo las montañas hacia el Oeste se ven algo más despejadas. El pico Ropé, el 5 Pinos, el Negrete. Del valle de Valencia me puedo olvidar por completo.
Doy cuenta de la comida refugiado en la pared de la caseta forestal con el permiso del inquilino que, apiadándose de mí bajo este Sol de justicia me permite cobijarme a la sombra de la caseta.
La comida la disfruto en medio de un mar de tranquilidad solo rota por el incipiente viento que se está levantando y como no, por el trinar de las aves que se acercan a felicitarme por la imponente subida que me acabo de marcar. Bueno también suena de fondo el dialogo enlatado en la frecuencia de los forestales que patrullan las cumbres valencianas en prevención de incendios. Por desgracia poco hay que preservar, pero esperemos que lo que queda dure muchos años y que otras montañas peladas vayan formando los maravillosos bosques que algún día albergaron. Cuando sea así también las recorreré. Me despido de mi anfitrión e inicio el descenso. Tranquilidad en la bajada saturada de gravilla y piedras sueltas. Moderación en una bajada loca que emprende la bici y que tengo que sujetarla a golpe de freno. En los tramos más rectos me dejo llevar por la emoción de la velocidad y veo pasar por mi lado, a toda velocidad, las coscollas que me arañan las piernas en algunos tramos en los que tengo que decidir entre bache o rama. Llego como un tiro al desvío. Izquierda y un suspiro después estoy en Oratillos.
Que magnificas formaciones rocosas. Echándole un poco de imaginación, en Cuenca hicieron una ciudad, esto podría dar para una aldea.
Giro a la derecha y me encamino hacia la última subida importante de la ruta, después solo quedará algún repecho sin importancia. Abandono aquí el camino conocido por el que he subido y encaro otra subida. A ritmo. No he sido capaz en todo el día de encontrar ese puntito de alegría al pedaleo. Voy subiendo viendo por delante lo que me queda aún por subir, esto desmoraliza a cualquiera. Paso un depósito de incendios y continuo ascendiendo para encontrar la rampa más dura de este tramo. La hostilidad manifiesta del camino se traduce en innumerables baches y piedras sueltas, amén del portentoso desnivel que parece haberse colgado a la subida conforme me iba acercando a ella. El giro de la carretera me pondrá de frente a lo que he dejado atrás. Los picos se elevan majestuosos contra el cielo azul. Hace un momento estaba allá arriba. Dejo atrás el camino del Caballo Sánchez que me sale por la izquierda y que se asomará al precipicio casi sobre la vertical de la fuente Alhóndiga, sigo de frente y subiendo hasta encontrar el cartel del alto del Cuco. Allí a la izquierda en dirección a la Nevera y fuente del Fresno. Esta es la cabecera del barranco de la Parra que se une al barranco Grande allá por las casas donde sonaba la “dolçaina”. Paso una casa de labranza y el camino comienza a bajar, suave al principio pero cogiendo inclinación poco a poco. Esta parte de la ruta si tiene algunos árboles. Una excelente pinada cubre la parte derecha del camino y la ladera hacia el barranco de Ballesteros. Es en este punto de se encuentra la Nevera.
Un agujero cilíndrico en la tierra y forrado de piedra que servía en otros tiempos para acumular la nieve y poder hacer hielo. No son muchos los neveros que hay en esta zona cuando en teoría sería un lugar magnifico para tal fin. En la Serra Mariola ya pudimos comprobar que estas construcciones eran más habituales. Al otro lado del barranco Ballesteros los molinos eólicos de Buñol se alzan como fantasmas entre la bruma, inertes e inútiles ante la falta de viento.
Discurre ahora el camino entre los dos barrancos ofreciéndome magnificas vistas de uno y otro. El de la Parra encierra rincones como el Caballo Sánchez, donde la piedra se orada para seguir caprichosamente modelando figuras a su antojo, o bien cuevas y abrigos.
Salva estaría plasmando de forma gráfica lo mejor de estos inabarcables rincones para el recuerdo. Yo en cambio, no sé qué foto hacer ni cuando, no encuentro el instante justo.
Abordo algunos repechos que no hacen más que acercarme al punto de inicio de una bajada trepidante a tenor del desnivel que tengo que salvar. Pero la prudencia me dicta que este camino no está para dejarse llevar por la velocidad. El camino no está del todo mal, pero tiene mucha piedra suelta y eso no te deja trazar por donde quieres. Bajo a buen ritmo pero sin dejarme llevar del todo. ¡Frena burrica que te embalas! Paso por las inmediaciones de la fuente del Fresno pero no hay ningún cartel que indique donde se encuentra. A estas horas ya casi voy racionando el agua, no me queda mucho para llegar abajo y volver a pasar por fuente Incolla, pero prefiero tener una pequeña reserva de agua por si acaso. Lástima que en muchos de los carteles de las fuentes no ponga a que distancia están; a veces puedes gastar más agua para llegar a ellas de la que vas a poder rellenar. Paso junto a una casa verde que parece un refugio y que está en un enclave privilegiado por las vistas que tiene. Desde aquí todo para abajo a buen ritmo. Antes de darme cuenta estaré otra vez en el camino asfaltado que dejé atrás hace unas cuantas horas. Hasta el coche solo destacar el paso por la fuente para reponer un poco de agua y echar un último vistazo a la bajada imponente que acabo de disfrutar. Hasta el coche iré haciendo un repaso mental de lo vivido en esta excelente jornada de pedaleo por un lugar que considero, a pesar de la falta de sombras, un enclave privilegiado para practicar nuestro deporte, o simplemente para disfrutar de la naturaleza con cada pliegue de nuestra piel. Simplemente espectacular.
TRACK DE CHESTE-PICOHIERBAS