miércoles, 12 de enero de 2011

Náquera-Mola Segart


Quisiera iniciar el año "plantando" una pequeña contribución, al menos como altavoz del evento. En este 2011 estamos en el año internacional de los bosques. Aquí podeis encontrar la resolución de La ONU http://dhpedia.wikispaces.com/2011,+A%C3%B1o+Internacional+de+los+Bosques  Para mi gusto en este sentido el texto es templadito y no trasmite mucha fuerza y/o convicción. Igual es porque todas las resoluciones de La ONU son de este estilo, y así nos va. También reseñar que esto es de finales de 2006: cuatro años de retraso para proteger algo tan frágil y necesario; cuatro años, y sobre todo este que acaba de comenzar en los que apenas si hemos sabido nada sobre este tema, bonita manera de promocionar y hacer hincapié sobre esta resolución. Pero bueno hagamos desde aquí un poquito de fuerza.


Comienzo bien el año. Primera ruta primera caída. Eso sí, sin consecuencias, así que vuelvo a repetir que empiezo bien el año. El sábado ya avisaba a mis compañeros que estuve a punto de caerme, pero que al final conseguí enderezar la bici en un milagro más que otra cosa… y ya me apuntaban ellos que siempre me caigo cuando voy solo. Pues para comprobar y/o corroborar que tienen razón hoy he hecho la prueba. Pero luego os lo cuento.
La ruta de hoy es otra de esas rutas de reconocimiento que me ha llevado por parte de caminos ya conocidos de La Calderona. Empezaba la ruta en Náquera, en busca del Camí del Salt allá en la rotonda que va hacia Serra. Ya de entrada me dejaba bien claro el camino la tónica de la jornada. Rampa y polvo rojo de rodeno que pronto se convertiría en piedras de punta sembradas en la pista.
Este camino va sobrevolando el barranc del Arquet y me deja ver, allá abajo, los últimos metros que recorreré de esta ruta antes de converger nuevamente en este camino y terminar la jornada, pero eso será de aquí un buen rato. Veo al otro lado del valle el castillo de Serra encaramado en su atalaya, tras él las antenas del Alt de Pí y por debajo el camino que cogimos en la ruta de Sant Espírit: http://rodaipedal.blogspot.com/2008/12/crnica-pla-de-lluc-monasterio-de-sant.html
La vegetación se va recuperando lentamente; con su desesperantemente lento ritmo vital, como si nuestra prisa por recuperar los árboles y matorrales le diera igual… igual que nos dio a nosotros, a los humanos, quemarla sin la más minima contemplación, sin hacer lo suficiente para preservar algo más vital para nosotros que para ella.
Los plantones, aún protegidos con sus fundas blancas de plástico apenas despuntas sobre ellos. Sigo hacia el este para reencontrarme con aquel viejo camino y continuarlo hacia el Pi del Salt.
Este impresionante ejemplar de pino es una catedral de madera viviente. Colosal en su forma y tamaño. Me deja tan impresionado como la otra vez. Hoy pululan por allí un destacamento de la UME haciendo prácticas de rescate en montaña. Ante la falta de tranquilidad me pongo rápidamente en marcha para llegar a la zona arbolada con panel interpretativo que hay unos metros más allá.
Este tramo de camino presenta zonas adoquinadas, imagino que para el transporte de las rocas de rodeno que se extraían de las canteras cercanas. En la arboleda cojo el camino de la izquierda, unos metros más adelante otra vez izquierda y en el siguiente cruce, a escasos metros, a la derecha. Me asomo al barranc del Meliquet. El mar se hace visible bajo la dorada luz que se refleja en su superficie. La Mola se eleva colosal sobre el barranco y acrecienta su altura.
Me lanzo en este rápido descenso que recuerdo de la otra vez. Este tramo de camino está en buenas condiciones por lo que no hay ningún problema de derrapes ni escalones ni nada. Solo la precaución lógica de toda bajada. Llego abajo a un cruce de caminos casi sobre el fondo del barranco. Giro a la izquierda, enseguida el camino presenta una cadena que corta el paso, pero a la izquierda sale otro camino, cruzo el barranco que no presenta caudal que me lo impida. Eso si, el “camino” está roto de solemnidad.
Comienzo a subir por un pedregal, miro hacia arriba y veo La Mola infranqueable desde aquí. Mientras pienso en que esto va a ser una tortura por el infernal estado del firme, me parece ver la sonrisa que cruza la pétrea cara de la montaña burlándose de mí. Un nuevo vistazo a la pantalla me dice que estoy fuera de track. Como aquí no hay más camino imagino que es el camino cortado que se adentra en un campo de naranjos. Vuelvo atrás y bajo por el pedregal con precaución, despacio, demasiado lento como para superar cualquier obstáculo, así que decido bajar e ir andando. Tarde. Frenando para poner pie a tierra la rueda delantera choca con una piedra y efectivamente no puedo superarla por falta de inercia. Salgo catapultado por encima de la bici arrastrándola en mi caída. Freno con las manos y me doy un barrigazo al más puro estilo “aprendiendo a tirarse de cabeza en la piscina” y “clonc” la bici me remata cayéndome encima. Es un segundo de conmoción, de autoanálisis, de chequear todas las partes del cuerpo antes de intentar moverme. Tras la rápida y satisfactoria evaluación llega el momento de pensar: “otra vez no, juer que suerte la mía” me quito la bici de la espalda y me levanto despacio, compruebo que ni el GPS ni la bici ni la cámara han sufrido daños. Maldiciendo en voz baja llego al tramo de camino bueno mientras me recompongo. No tengo ganas de atacar la rampa cerrada con la cadena puesto que además hay gente por allí dentro. Así que estudio el mapa de la zona y doy con otro camino que me llevará a empalmar con ese, o mejor dicho al lugar donde ese empalma con el que voy a seguir ahora. Llego al cruce y lo tomo a la izquierda acabando la bajada si no me hubiera desviado. Paso una zona de chalets y al final sale un camino a la izquierda. El siguiente otra vez izquierda y empieza la subida. Meto el plato pequeño y el piñón grande, iré jugando con el desarrollo cuando la pendiente lo permita ya que no me gusta demasiado hacer el molinillo, prefiero quemar algunas calorías extras derrochando potencia. Pero las roderas y el firme pedregoso, unido a las fuertes rampas en algunos tramos, no me dejarán muchas más opciones. Veo el campo de naranjos y el camino a donde tendría que haber venido a parar. Luego un giro de herradura del camino me pondrá justo debajo de La Mola. La mole se eleva vertiginosa hacia el cielo, pero la rampa no me permite parar a observarla con detenimiento. Sigo a ritmo, con una cadencia lenta pero regular, dosificando, controlando las pulsaciones y administrando la respiración y el desgaste muscular. Llego a un desvío que ignoro y sigo recto.
Este camino pasa por la parte oeste de La Mola, pero yo voy a iniciar el ataque por la parte este. Otra vez vistas al mar a mi derecha mientras me acerco al final de esta rampa. En el cruce a la izquierda. Ahora transito por la dorsal de la montaña y tengo vistas hacia los dos lados. Segart se acurruca en el fondo del barranco, a los pies del Garbí al norte, y de esta dorsal de La Mola que desciende hacia el mar. Inicio un descenso rapidísimo hacia el pueblo. Tramos cementados dan idea del desnivel. El problema es que los inicios y finales de estos tramos dejan a la vista las varillas de hierro que cubren el suelo y sobre los que se asienta el cemento. Si pillas una de estas varillas despídete de la rueda. Con precaución busco como entrar y salir de estos tramos. Los frenos protestando por el calentón pero sujetando el empuje de la bici. Llego a un desvío a la izquierda que me lleva hacia mi destino. El cambio bajada-subida es muy brusco, es como el vértice de una “V” gigante. Lo malo es que después aún queda todo el brazo de la “V” por subir. Otra vez a ritmo, igual que en la rampa de allí detrás, abusando del molinillo y oyendo a mis piernas protestar, nada, que no me gusta. Me acerco a un biker que descansaba en plena subida; se pone en marcha y le sigo la rueda manteniendo la distancia, no voy a acelerar para pasarle pero tampoco aflojo para descolgarme. Mantengo la distancia con la que se ha puesto en movimiento cuando llegaba a su altura. Me servirá de referencia mientras mantengamos la misma velocidad.
Llego arriba de la cresta, al cruce de caminos. A la izquierda baja hacia el camino que descarté en la parte sur de la montaña. Aquí mismo una senda se interna en la vegetación hacia lo alto de la montaña. Le pregunto al biker de delante y paramos un momento a cambiar impresiones. Que si la rampa que hemos subido, que si las bicis, que si me he caído, que si voy a hacer el descenso por el otro lado de La Mola. No, no se como estará el otro lado, pero si está como este es una autentica locura, y además, las sendas solo las toco en casos necesarios o bien sin desniveles en los que pueda degradar el firme. Nos despedimos y empiezo a subir. Cargo con la bici para superar los escalones que se presentan entre el rocaje. El estrecho paso hace que la bici se enganche continuamente en la vegetación, y la altura de los escalones hace que la rueda delantera tropiece con ellos.
Eso me obliga a levantar aún más la bici. El peso, los obstáculos, el esfuerzo, la incomodidad y la lentitud, y el ir resbalando por el camino, convierten esta subida en una tortura. Con tanto inconveniente acaba por pasarme factura la caída. No me he hecho daño, pero el estrés que genera la caída aflora tarde o temprano, es como el susto que me pegué el día que visite las bodegas de Veinticuatro. Así que en un momento de la subida me veo obligado a parar por un amago de pájara. Un ratito de descanso admirando las vistas me recomponen lo suficiente para continuar la ascensión. Sigo “escalando” hacia la cumbre. Más de lo mismo pero menos para terminar. Por fin se ve el final. Por fin veo el mojón donde se aloja la rosa de los vientos. Por fin estoy arriba. Menudos 480 metros de trayecto.
Apoyo la bici y me pongo como loco a hacer fotos, a contemplar el paisaje, a buscar montañas. El día está despejado pero las vistas hacia el sur no son nítidas por la calima que levanta la oblicua luz solar. Pero en otras direcciones es distinto. Vistas impresionantes del camino que me ha traído hasta aquí y de la zona del Pi del Salt. Pero sobre todo una paz descomunal.


Luego me acerco al vértice geodésico que está en la otra loma, la de levante. El Garbí y las montañas que bajan hacia el mar son el marco perfecto donde parar a almorzar. Me apoyo en el vértice, a la sombra, a reponer fuerzas. Veo lo que aún me queda por subir antes de iniciar el descenso hasta Náquera. Almuerzo rápido ya que se me ha hecho más tarde de lo que pensaba. Es lo que tiene salir tarde de casa.
Mil fotos después me pongo en marcha para bajar andando lo subido. La bajada es mucho más rápida que la subida, el esfuerzo es mínimo ya que puedes llevar la bici sobre la rueda trasera casi todo el camino, pero también hay que tener más precaución, una caída te dará un buen revolcón desde las alturas. Llego al cruce y tomo el camino de subida, a mi izquierda, como si continuara recto desde donde venía. Voy subiendo hacia el albergue. Las rampas de esta parte del camino tampoco tienen desperdicio, pero con paciencia todo se alcanza. Luego llego a la carretera entre Segart y el Garbí. Sigo ascendiendo y paso bajo aquella curiosa casa de extraña arquitectura. Llego a un mirador con preciosas vistas del Garbí y de las montañas que bajan hacia el mar.
Un panel interpretativo explica lo que estamos viendo y sus altitudes. Una pequeña bajada me pone ante la rampa final que me llevará hasta la carretera del Garbí. Por lo tarde que se me ha hecho no puedo llegar hasta allí como era mi intención. Así que giro a la izquierda y voy hacia Serra. Enseguida el primer camino a la izquierda bordea el Alt del Pí por el este. Me meto en este camino que me llevará a pasar por debajo del castillo de Serra hacia el inicio de la ruta.
Esta zona se ha mantenido bastante a salvo de los incendios y presenta una gran cantidad de pinos en las laderas de las montañas. Aquellas zonas que sucumbieron al fuego presentan una amplia representación de la vegetación de monte bajo que supone la primera piedra de la reforestación. En ciertos lugares el aroma dulzón de las aliagas lo invade todo. Moteando las laderas de un colorido amarillo alegra la vista tanto como el olfato con su avainillado aroma.
Pero lo más llamativo es un solitario almendro completamente florido. Precioso. Sigo bajando rápido hacia el final de la ruta. En todo este tramo las vistas sobre el castillo dominan el paisaje y las instantáneas van cayendo sin descanso.
Pasado el castillo sale un camino a la izquierda en pronunciado giro. Sigo por él hasta llegar a unos chalets. Vuelvo a girar a la izquierda antes de la primera casa. Luego a la derecha para bajar hasta el barranco entre unas casas bajo la arboleda. El pronunciado descenso hasta el barranco me obliga a bajar de la bici, hoy no quiero más sustos. Luego remonto por el otro lado por una amplia senda que acaba ampliándose y llega hasta una zona de aparcamiento junto al barranc del Arquet. Veo arriba de mí el camino que tomé al inicio de la ruta por lo alto de la ladera. De aquí al pueblo el mismo camino del principio. Ya junto al coche decido subir hasta la ermita de Sant Françesc. La subida asfaltada por la calle donde tengo el coche no tiene desperdicio.
Ya arriba la coqueta ermita se asienta sobre un terraplén con soberbias vistas. Lo cuidado del lugar y el fuerte impacto visual que proyecta, merecen una visita a este singular paraje. Desciendo la calle a gran velocidad para parar junto al grandote que me espera una vez más para poner punto final a la ruta de hoy.







Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1404347

martes, 28 de diciembre de 2010

Riba Roja-Casinos (escalinata)

La ruta de hoy ha sido de lo más rara. Las circunstancias ya parecían las propias del día en el que estamos, 28 de diciembre, día de los inocentes. Había quedado con mi sobrino Salva para enseñarle una ruta por La Calderona y calibrar su fondo físico en una subida larga, más de fondo que de explosividad y así poder ir incluyéndolo en las salidas con el resto del grupo. Ya se que puede aguantar una de nuestras salidas sin problemas, pero si tengo la oportunidad de "examinarlo" primero, pues mucho mejor.
Así que con un trancazo que me hubiera mantenido en la cama y calentito de haber salido solo, me levanto, me visto de luces y desayuno. Apunto de salir de casa suena el teléfono y me imagino el percal. Efectivamente, que está malito el bandido. Por un momento pienso que la cama aún me estará guardando el calorcito y la forma, y casi caigo en la tentación. Pero no, un biker mira de frente al frío y a los resfriados, voy a ver si lo dejo atrás en alguna bajada. Salgo de casa sin una idea muy clara de a donde ir. Pienso en llegar hasta la rambla Castellana o rambla Primera y remontar un tramo a ver si puedo llegar a Casinos. Con ese pensamiento bajo hasta el río que a esta hora está precioso. Solitario, frío y envuelto en bruma. Queriendo exalar el último aliento de la gélida noche y librarse de ese frío que me traspasará a mí. El rodar rápido pero tranquilo. Sin gente que ir esquivando y/o adelantando, sin polvo que tragar porque la humedad lo asienta al camino, todo ello hacen de este camino, a primera hora, una gozada de difícil catalogación.
Me muevo rápido, más por el gélido día, que con sus 0 grados centígrados a esta hora hace imprescindible un golpe de calor, que por prisas. Los charcos congelados dan fe de la temperatura. No solo está helada la superficie, son auténticos témpanos de hielo esperando las horas centrales del  día para volver a su estado líquido. Las postales del río son impresionantes, pienso que solo hace una semana que hice este mismo recorrido hasta el puente de La Pea. El intenso frío me entumece las manos y deja insensibles las puntas de los dedos. Tal es así que ni siquiera puedo frenar. Al intentar usar los dedos el dolor es bastante intenso, pero lo peor que no tengo sensibilidad y freno, cuando puedo hacerlos funcionar, más de la cuenta, por lo que tengo que frenar con la palma de la mano haciendo una postura rara sobre el manillar. No será hasta La Pea, justo antes de la bajada, cuando pueda volver a sentir que los dedos me pertenecen y vuelvo a mandar sobre sus actos. Hasta allí sin más novedades que destacar, desde allí comenzaré la parte nueva de la ruta. Giro a la derecha por el camino dentro de la pedrera, el camino de abajo, junto al río, está encharcado y el paso de algún camión ha desecho el hielo y es todo un barrizal. El camino helado no deja elevarse nada de polvo y los montones de grava con una capa de hielo por encima convierten este feo lugar en algo novedoso que observar, incluso los sonidos quedan amortiguados y todo parece ralentizarse. Llego al final y sigo de frente para entrar por el camino que se interna en la rambla.
Camino ancho, imagino que para el paso de camiones. Por fortuna no me encuentro con ninguno. Paso bajo el puente de la carretera de Pedralba. Me sorprende la tremenda anchura que tiene aquí el barranco. Bueno no solo aquí, durante buena parte del recorrido la anchura de la rambla es digna de mención. El paisaje es una mezcla de otros paisajes: el camino, con tramos de canto rodado es el típico de zonas de agua, pero la vegetación es la típica de monte bajo, aliagas y arbustos más propios de monte intercalados entre algunos pinos de buena talla. Metido aquí dentro, encajonado por las paredes verticales del cauce, seco ahora, cuesta imaginar la brutal fuerza del agua en la riada del 57, toda la descomunal anchura de este cauce iría a rebosar de agua y con una fuerza abrumadora se llevaría por delante todo lo que encontrara.
Por fortuna no hay previsión de lluvias ni hoy ni los días precedentes así que no hay cuidado de una avalancha de este tipo. Sigo remontando, el desnivel no se deja notar y el firme va cambiando de textura por tramos. A pesar de ello no cuesta pedalear. Metido en medio de un barranco podría pensar que este estaría lleno de vertederos y de escombreras donde algún cafre se desharía de los enseres viejos, pero para mi sorpresa apenas hay algún montón de trastos en algún punto desperdigado de la ruta, nada que no se pueda ver en cualquier otro camino de este nuestro país. Cuestión cultural dirán unos, incultura, mala educación y ser un cerdo, decimos otros a ese comportamiento. Es una de las cosas que hacen que este camino, a pesar de no ser bonito, no sea, en absoluto, feo. En un momento dado, al mirar la pantalla del GPS parece que esté en medio del desierto, la anchura es tal que la pantalla está vacía, solo la flecha que indica mi posición, pero en un lugar vacío no tiene donde situarme. Continúo hacia adelante, Domeño se muestra en la parte derecha del cauce con el telón de fondo de La Calderona.
Hay diferentes caminos aquí abajo por lo que voy sin rumbo fijo cambiando un poco de derecha a izquierda o incluso por el centro, pasando de cuando en cuando por el curso de agua cuando esta baje tranquila y mansa tras las lluvias. Pasado Domeño el cauce hace un giro a la izquierda bastante pronunciado, en ese lado se alza lo que queda de una montaña devorada por la cantera que se expande en todas direcciones. Aquí en el cauce está la pedrera donde se tratan las rocas que se sacan de la montaña. Tan ensimismado estoy con la visión de la montaña y la pinada de detrás que me paso la salida hacia la rambla Artaj que es la que lleva a Casinos. Ante la falta de señales y de track sigo por dentro del cauce ajeno a mi error. Y menos mal porque a partir de aquí es donde empieza la parte más divertida y pintoresca de la rambla. Tanto la montaña de la cantera, que tiene un V.G. arriba, como las otras montañas de la zona, están por encima de los 300 metros de altitud. Es una zona que rompe la monotonía del paisaje que me venía acompañando y pone un poco de color verde al paisaje.
Bordeando estas montañas por el norte llego a un antiguo caserón que se eleva junto al barranco, es el Mas de la Vila. Aquí decido echar un vistazo general al mapa y compruebo que me he pasado de salida. Y me pregunto: ¿y si continúo y llego a las caídas de agua del canal principal del Turia?, las he visto centenares de veces desde la carretera pero llegar hasta allí debe tener su aquel. No aparecen en el mapa general del "treki" pero con un poco de orientación de hasta donde quiero llegar, me pongo a serpentear por los caminos entre los campos de cultivos. Muchos naranjos, como ya vi la semana pasada, pero ni un solo campo de mandarinas, que pueda complementar el almuerzo, por esta zona. Voy hacia las montañas que tengo a mi derecha. Pero el espectáculo visual es tremendo. La Calderona se muestra aquí infinita.
Desde su comienzo, enlazada con los montes de Andilla hasta perderse detrás de las montañas que he bordeado y que ocultan su final allá en el lejano mar. Cruzo una carretera que debe ser la de Casinos a Pedralba. Luego giro a la derecha por un caminito pegado a un torrente, esta es la partida del Pla de Calbo, dejo la carretera y sigo por caminos de tierra hacia La Escalinata. Serpenteando entre los campos llego a un camino sin salida. La carretera está al otro lado de una barrera de arbustos y del canal de riego de los que hay en esta zona; es como una media tubería sustentada por pilones. Cojo la bici y paso entre la maleza y por encima del canal, este está roto por lo que imagino que habrá algún otro modo de regar los campos. Por fin sobre la carreterita deseada sigo mi intuición y sigo bordeando las montañas hasta que pueda ver la CV-35 que es allí donde están dichas cataratas. Efectivamente, en toda esta zona el modo de riego es por goteo, las negras tuberías se pegan al suelo sobre caballones que retinen el agua y van drenando hacia el interior, hasta que la raíz bebe de esta tierra empapada. Inicio la subida hacia una montaña cuando veo que más adelante hay otra, por lo tanto esta no puede ser, continúo hasta la vista de la autopista.
Ahora es el momento de jugársela con uno de los caminos que suben la montaña. Elijo el más cercano a la carretera. La dureza inicial de la rampa no amaina en todo el recorrido de este camino que se va internando hacia el bosque, aunque sin llegar a entrar en él. Una bifurcación, sigo mi instinto y elijo derecha. Sige subiendo. Con una ruta tan llana las piernas no están muy habituadas hoy a estos esfuerzos. Por fin veo arriba unas compuertas, pero también veo la descomunal rampa que me separa de ellas. Voy subiendo a chepazos hasta que la pared casi vertical me impide seguir pedaleando, de todos modos solo me quedan unos metros para estar arriba. Si. Esto es lo que buscaba.
El canal viene de la izquierda y de repente se derrama por su pared izquierda en una serie de escalones que van bajando hasta morir en otro canal abajo de esta obra. La verdad es que no se muy bien para que sirve esto. Es como decantar el agua por unos escalones. Los 35 kilómetros de ruta hacen que el estomago esté impaciente por recibir su merecido. Almuerzo junto al canal oyendo el chorrear del agua en las distintas caídas. Las vistan son soberbias desde este lugar. La carretera de subida a Alcublas se muestra delante al otro lado del valle. También se distinguen los molinos de Alcublas y un poco más a la izquierda las antenas del Pico Bellida.  Y ahora si se ve La Calderona en toda su totalidad.
Igual que La Rodana y el Montdúver detrás de esta. El cielo nuboso, y un día que en lugar de ir clareando va adquiriendo una atmósfera opaca y blanquecina, oculta muchas de las montañas que serían visibles, aun así hay una magnifica visibilidad a estas horas, no será así de regreso, y sobre todo, cuando llegue a casa que no podré ver ni siquiera La Pobla frente a la ventana de la cocina. Almuerzo inquieto, sin detener la vista ni un instante en ningún sitio. No me puedo creer que esté cerrando el año de esta manera y con una ruta del todo inesperada. Me pongo otra vez en marcha agradeciendo poder utilizar ya los dedos para frenar. Es un descenso corto, más técnico que rápido. Llego al camino asfaltado y giro a la izquierda hasta el carril bici junto a la autopista. Sigo este carril casi hasta Casinos... hay cosas que no puedo comprender: se gastan una millonada en hacer un carril bici junto a la autovía, un carril pegado a una vía de servicio que no tiene casi tráfico y que con unos badenes aquí y allá para reducir la velocidad de los pocos coches que la utilizan, podría haber servido como carril por donde circular las bicis, incluso pintando una parte de rojo o de verde y poniendo señalización, en cambio no se es capaz de meter el carril bici dentro del pueblo, se deja a las afueras. A veces me pregunto si estos detalles son dejadez o torpeza, quizá si nos pidieran opinión a quien tenemos que usar las cosas se harían de un modo más efectivo, y quizá también más barato. Y no quiero pensar en las medallas que se colgarán los responsables de estas obras por haber hecho tal o cual cosa y en las comisiones a repartir. El caso es que cruzo el puente sobre el barranco de Artaj, que es por el que tenía que haber venido hasta Casinos. Cruzo el puente y a la derecha, por otro camino pegado al barranco, hasta el polideportivo. Este se encuentra en una zona de rocas horadadas y vaciadas como si de aquí se hubiera sacado piedra en tiempos remotos. Pegado al polideportivo, sobre una colina, se alza, entre pinos, la ermita de San Roque.
El paraje es una pequeñita joya. La arquitectura no es nada singular o espectacular pero el conjunto de la pinada y la blanca construcción si que da un toque de relevancia al lugar que, sin duda, vale la pena visitar. De ahí sigo un camino paralelo a la antigua CV-35 hasta una casona unos metros más allá. Justo enfrente un camino me aleja de la carretera y me interno hacia el cementerio en busca del camino de Llíria. Ya en él giro a la derecha y sigo de frente en ligera bajada que invita a pedalear con alegría. Frente a mí se eleva la montaña de la Monrabana a la que me acerco a toda velocidad. Justo a su altura gira un camino a la izquierda, un poco después veo que no tiene salida, vuelvo atrás y cojo otro que parece muy abandonado, efectivamente, este muere en una senda que continúa subiendo, ahora veo por debajo el otro camino que bordeando la montaña la sube por el lado norte. A la altitud que estoy ya no merece la pena bajar y continúo, con la bici a cuestas, hacia arriba. Llego a la casa que es un observatorio forestal. Es como un gran chalet ubicado en un sitio excepcional, bueno, de no ser porque está rodeado de canteras y el polvo debe ser insufrible, pero las vistas son una pasada. Un par de fotos y continúo hacia la verdadera montaña de la Monrabana, en la que se ubica el V. G. en mitad del poblado Íbero que hay en la cumbre.
Este poblado está vallado pero abierto, de todas formas no creo, en este caso, que sea el motivo del deterioro y abandono de estos restos milenarios que datan del siglo V a. C. Observo, desde aquí, la colosal muralla que representa la cercana Serra Calderona unida a los montes de Andilla, y el basto territorio que se ofrece a sus pies, campos de cultivo, casas, granjas, urbanizaciones, almacenes, fábricas, pedreras y un sinfín de construcciones tachonan el valle aquí y allá, y, como si no tuviéramos bastante con esto, nos comemos las montañas con monstruosas canteras para sacar más piedra, más material con el que seguir construyendo más casas, granjas, urbanizaciones, etc. Una sinrazón solo al alcance del ser humano. Doy la vuelta y me dejo caer ladera abajo para llegar a la carretera e ir en dirección a Llíria. La especulación dejó preparados los campos cercanos al hospital de Llíria para la construcción de un macro polígono industrial.
La alineación de las calles y las enormes parcelas esperan, con sus aceras terminadas y sus farolas instaladas, a que pase la época de vacas flacas o a que alguien le hinque el diente, como quien empieza una tarta... luego ya no hay quien lo pare. De momento el solar parece un desierto, más que eso, un cadáver, un fantasma que espera paciente su momento.
Llego a la torre de control del antiguo aeroclub de Llíria. Se alza en un extremo de este yermo paraje, la antigua pista cerrada tras una muralla que bordea el perímetro de lo que parece un gran almacén de material de construcción, el primer bocado del macro polígono industrial. Tras la breve visita continúo hacia el hospital por el carril bici, este de color rojo y con los bordillos como obstáculo, no sea que los ciclistas lo tengamos demasiado fácil. Me incorporo al carril que acompaña a la autopista. Cruzo la urbanización de Montecollado y me meto, poco después, dentro de Llíria para buscar la subida hacia Santa Bárbara y, sin desviarme, bajar hasta el carril bici hacia Benaguacil.
Ya en "casa" me acercaré a ver el Monasterio Cisterciense de Gratia Dei, pasando por la puerta y con tiempo de sobra para llegar a casa a mediodía, no quería dejar pasar la ocasión de entrar en este recinto que parece detener el tiempo dentro de sus muros. Ya solo me queda llegar al río y hacer los últimos metros de esta ruta improvisada que me ha dejado un gratísimo sabor de boca. Muchos paisajes que recordar que seguro serán incluidos en alguna otra ruta que pronto empezaré a estudiar. Ya os contaré lo que salga.



Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1388172

martes, 14 de diciembre de 2010

Riba Roja-Calles

Suena el despertador aún de noche. Segunda parte de la trilogía que cerrará el triángulo Riba Roja-Calles-Requena. La ruta de hoy es más corta que la de ayer y con muchísimo menos desnivel, pero prefiero ir con tiempo para asegurarme de estar allí a hora de comer. Me asomo a la ventana con el desayuno en la mano y a punto está de sentarme mal. Está lloviendo. Corrijo, no está en este momento pero el suelo está mojado. Es una faena. Esto aportará un plus de peso, cansancio, frío e incomodidad, que a fuerza de kilómetros y tras las durísimas jornadas de ayer y la de hace dos días, amenazan con dejarme molido. Ayer a última hora ya no sabía donde ni como sentarme. Decido hacer un cambio de última hora e ir por el río, por el camino del parque fluvial del Turia hasta el puente que cruza el río allá por La Pea. Allí ya estaré sobre el track y evitaré algunos charcos que me incomoden el inicio de la ruta.
Hasta allí nada nuevo, solo el deleite que supone pasear a orillas del río con los preciosos paisajes otoñales que jalonan cada rincón del parque. Cruzo el río por el puente planeado y giro a la izquierda en la cantera. Unas enormes piedras cortan el paso, las supero bajando de la bicicleta, que digo yo que para que no pasen coches, con separar un poco estas moles nos facilitarían el paseo a los senderistas y ciclistas. Los naranjos son los dueños de la mayoría de campos de cultivo de la zona. Un poco más allá giraré a la derecha y comenzaré la parte nueva de la ruta. Hasta aquí era terreno conocido. Luego cruzo la carretera de Llíria a Pedralba. Compruebo con alegría como el asfalto no está demasiado mojado y apenas salpica agua y barro, de momento estoy saliendo mejor librado que ayer. El calor generado con el pedaleo me obliga a parar y quitarme el chubasquero con el que había salido de casa en previsión de peores condiciones meteorológicas. El nuboso día de momento no amenaza lluvia, y la luz solar intenta abrirse paso a través del manto de nubes, pero de momento no lo consigue. Nada destacable de esta zona intermedia de la ruta. Caminos asfaltados serpenteando entre cultivos variados y campos de naranjos principalmente. Es la parte más alta de esta zona, luego un suave descenso hasta cruzar la carretera de Pedralba a Casinos. Es una zona de regadío, de pozos, de reconversión del antiguo secano al próspero regadío, que en los últimos 30 años ha cambiado la fisonomía de estos campos del interior para anegar estas tierras de agua entre naranjo y naranjo. Por fortuna el riego por goteo sigue creciendo y está volviendo a transformar el paisaje, al menos con un consumo más moderado de agua. Pero queda mucho por hacer, tanto aquí como en otras zonas. A ver si poco a poco lo conseguimos.
Llego a una pronunciadísima bajada, corta pero muy intensa, abajo los naranjos crecen sobre un manto de césped que colorea el entorno. Subo la pendiente por el otro lado y decido que es hora de almorzar. Paro junto a una caseta de labranza, nada singular o artesanal. Una caseta cuadrada de bloques, lucida, simple y funcional. El rato del almuerzo me está dejando helado. El calor solar no logra atravesar la capa de nubes, incluso si me fijo bien veo partículas de agua de la vaporosa niebla que por momentos me acompaña a lo largo del viaje. Vuelvo a plastificarme por fuera con el chubasquero, al menos retendrá el calor corporal. Almuerzo rápido y me pongo otra vez a dar pedales. Necesito calor. Lo encontraré en la siguiente subida, esta vez saliendo del asfalto, que me lleva hacia el alto de La Cruz Quebrada.
Desde aquí la montaña de las antenas de Bugarra se ve entre la bruma en las montañas más cercanas. El camino sigue subiendo y pronto se adentra en el monte. Pierde anchura y se convierte en senda. La humedad aquí, en medio del pinar, es espectacular y los colores de las plantas mojadas elevan sus tonos hasta lo increíble. Los aromas también son abrumadores. Una mezcla de tierra mojada y plantas aromáticas se agolpan en la nariz y me sorprendo olisqueando el aire para captar las últimas esencias escondidas en los confines del monte. Luego la senda baja, un tramo corto y técnico entre piedras, a modo de escalón, y plantas invadiendo el angosto espacio para pasar. Llego a un cruce de caminos y sigo lo más recto posible, creyendo ciegamente las instrucciones de "treki". A estas alturas estoy más que despistado y, podría guiarme y seguir un rumbo aunque, realmente no se donde estoy. El camino sigue bajando hasta llegar a una carretera.
Antes de cruzarla paro a ver el aljibe que, abandonado, ve pasar a su lado los coches a la velocidad de la vida, o viceversa. Lo mismo le da a un monumento del pasado. Un fósil que más pronto que tarde molestará más que otra cosa y derribarán para hacer más ancha la carretera, o para poner una señal que no puede desplazarse unos metros más allá. Vete tú a saber, alguna molestia le encontrarán al pobre desgraciado. Ya cruzada la carretera el camino sube hacia un campo, tras un momento de vacilación consigo seguir el trazado marcado sobre la pantallita. Luego el camino se hace piedra en medio de una subida. La portentosa pendiente y el mal estado del firme me obligan a bajar de la bici. Me interno así, otra vez, en mitad del bosque, arriba pasaré junto a una madriguera artificial para conejos. Estas madrigueras o majanos, se vallan a su alrededor para evitar que los depredadores puedan acceder a ellas y facilitar así la repoblación de animales en la zona. Luego salgo a un camino asfaltado que vuelve a discurrir entre naranjos. Al final de este camino a la derecha, y luego a la izquierda en dirección a las Bodegas Vanacloig. Antes pasaré junto a un cercado de madera blanco.
Unas banderas ondeando sobre unos mástiles me llaman la atención y me acerco a curiosear. Es un pequeño campo de aterrizaje... Allí mismo me desvío de este camino a la izquierda, luego a la derecha para llegar a la pedanía. Una hilera de casas flanquean la carretera que llega desde Gestalgar y Bugarra. Luego, en el cruce lo tomo a la izquierda para pasar el resto de casas y el restaurante La Bodega, excelente restaurante que he tenido la satisfacción de probar. Un poco más adelante veo el letrero de otro restaurante que indica está a 100 metros, allá que voy a ver que pinta tiene. Llego a un aparcamiento cerrado que intuyo como el restaurante aunque no hay nada con que pueda verificarlo y además está cerrado, así que doy la vuelta y continúo camino.
Ya al final de la aldea veo una antigua casona de piedra, es lo único de este lugar digno de destacar, arquitectónicamente hablando. Es un tremendo chasco, tal como me pasó ayer en Villar de Tejas. Aldeas perdidas en mitad de la nada. Sitios que, por su lejanía o aislamiento, esperaba con un entorno más cuidado, más homogéneo en las construcciones, más rurales, más piedra y menos paredes de cemento. Pero no, de aquellos pueblos cada vez quedan menos, sobre todo en la zona en la que estamos. A partir de aquí se hará cada vez más visible el tipo de canal que sirve de regadío en esta zona. A diferencia de las acequias de la zona de Manises y Riba Roja, aquí son medias tuberías casi aéreas en algunos tramos y que surcan los campos en todas direcciones. Luego, casi de repente, los naranjos dejan de ser el cultivo principal y las oliveras se adueñan momentáneamente del paisaje. También los algarrobos tienen su cuota de protagonismo, al menos en el interior de una finca con caballos en libertad. Una finca grande donde los animales pueden moverse con soltura y correr a sus anchas sin tener que estar dando vueltas a una pista. Ya desde aquí, la mole montañosa de la muela de Chulilla se va agrandando con la cercanía.
Me dirijo hacia ella. Pasaré justo por debajo junto a las canteras en el alto del Salobrar. Las pozas en las zonas abandonadas de las canteras se llenan de agua con las lluvias y aportan un plus de color y exotismo junto a la pinada cercana.
Cruzo la carretera de Losa a Chulilla y bajo hacia el barranco donde se juntan el de La Cava y el Tarragón. El camino desaparece bajo las aguas. Y es que en este punto el camino y el barranco comparten el mismo espacio. Cuando no baja agua gana el camino, pero si trae agua...
Como el agua no ocupa todo el ancho del camino me muevo por un lateral enganchándome en las zarzas que bordean el camino-barranco. La alternativa a este camino acuático sería coger la carretera hacia la izquierda, hacia Chulilla y luego a la derecha por el camino del eco parque para llegar hasta la carretera del embalse. Es un pequeño rodeo pero te aseguras el paso sin depender de si hay o no hay agua en este camino ni preocuparte por el caudal. En cuanto a la carretera; tampoco es mucho el tramo a recorrer y la carretera no tiene mucho tráfico. Hoy ha habido suerte y he podido pasar, pero siempre está bien tener una alternativa a mano. Además, mejor esta carretera que no la CV 35, todo el rato de subida desde Losa hasta el empalme con la carretera del embalse. Con la bici por dentro del agua, me apoyo en ella para poder sortear las ramas que se adentran aún más en el camino. Por suerte son unos 50 metros hasta que el barranco encuentra una escapatoria a la izquierda y se dirige hacia el Turia después que este deja las aguas del embalse de Loriguilla. Luego remonto el camino y llego a un mirador sobre el meandro y cañón del río, entre el embalse y la entrada a Chulilla.
Es un encajonamiento espectacular. La muela de enfrente se inclina hacia el paso del agua como si no quisiera perderse este soberbio paisaje. Tras esta visita ya entro en la zona conocida pedaleada otras veces. Sigo ascendiendo hasta la CV 35 y ya en ella de bajada hasta la cabecera del pantano allá en Domeño. Como voy muy bien de hora hago un alto en las ruinas de La Venta de Mariano.
Muros de piedra, de esos que reclamaba antes se desmoronan en soledad, con la tristeza de ser olvidados e inútiles testigos del pasado. Ya cerca del final de la ruta me deleito en pasear por este rincón que, como tantos otros, perderemos para siempre a no tardar muchos años. Desde aquí hay unas vistas privilegiadas sobre la cabecera del embalse y la conjunción de los dos ríos que lo alimentan.
También del mutilado castillo de Domeño que agoniza encaramado en su altozano al otro lado de los ríos. Por fin vuelvo a ver el Pico del Remedio; ayer entre la bruma cuando me alejaba, hoy bajo un sol que alegra el día conforme me acerco. Ya solo me queda rematar la ruta paseando junto al río Tuejar, remontando su corriente hacia Calles y deleitarme bajo el otoño que cubre de hojas el camino aunque estemos en invierno.
Una pequeña rozadura en el trasero harán más que insoportables los últimos kilómetros de esta segunda jornada que estoy deseando terminar. La trilogía la cerraré pasadas las fiestas navideñas, al volver a casa. El tren me llevará en sentido contrario al de ayer y bajaré desde Requena a Riba Roja. Aquella historia también os la contaré.




Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1388115