miércoles, 27 de abril de 2011

Titaguas-Aras-Zagra

Estaba ante una de esas rutas que le tenía muchas ganas. A parte del atractivo de la zona a rodar estaba el hecho de conocer parte de un camino planeado en una ruta mayor. Todo salió a pedir de boca. Hasta el tiempo, que parecía empeñado en aguarme la ruta se comportó como un campeón y me respetó hasta segundos después de meterme en el coche de vuelta a la base. Pero como siempre vamos desde el principio.
Aprovechaba los días libres para subir a Calles e iniciar una ruta más por la zona. Me voy en coche hasta Titaguas, inicio y final de ruta. A eso de las 9 me pongo en marcha en una mañana recién regada con la ligera lluvia de esta madrugada. Un poco de viento hace que el ambiente a esta altitud esté fresquito, pero para lo que es normal en mí no tengo nada de frío. La ruta está modificada a mi gusto respecto al track del amigo rutadura al cual le agradezco la aportación. Salgo de Titaguas hacia el polideportivo pasando junto a la casa de Cosmofísica que se ve cerrada a estas horas de la mañana. Llego al polideportivo y la zona de acampada, giro a la derecha y luego izquierda en bajada. Pierdo de vista el pueblo y me adentro en los caminos entre cultivos. Frente a mí la Cañada Larga se eleva hacia el cielo formando la primera cordillera de montañas que tendré que superar. A mi izquierda un vasto territorio de cultivo se desliza progresivamente hacia el Turia.  El intenso verde de las plantaciones de cereales contrasta con el color dorado al que nos tienen acostumbrados en los estadios previos a su recogida; ahora los campos son alfombras de tallos esmeraldas mecidas por la brisa, un mar de olas sin agua excepto la de la lluvia nocturna. Llego a la ermita de san Gregorio. Es la ermita más curiosa que he visto nunca ya que no es más que una columna rematada con una pequeña capilla en honor al santo.
Cojo el camino de la derecha y pronto me interno en un camino en medio de la pinada. Comienza una persistente subida por una pista en perfecto estado y casi cubierta por los pinos que crecen a ambos lados del camino. Ya arriba sigo el camino de la derecha que pronto perderá la protección del bosque para internarse otra vez en zona de cultivos: almendros principalmente que compiten en verdor con las espigas de los cereales. No sabría decir si de trigo, cebada o qué exactamente. El camino pasa junto a otro damnificado de la crisis. La casa rural de La Mailesa es, de momento, solo un esqueleto a merced de los vientos. Cruzo la CV 35 y cojo un camino casi enfrente un poquito a la derecha. Error pues un poco más a la izquierda por la carretera se llega a un camino en mejor estado y que me hubiera evitado tener que bajar de la bici para salvar un bancal de unos tres metros de altura, por fortuna no era difícil superarlo y el barro no se ha cebado especialmente con la suela de las zapatillas, de lo contrario me podía casi olvidar de las calas el resto de la jornada. Cruzo por primera vez el barranco del Regajo y veo las antiguas casas del mismo nombre encaramadas en una loma entre la bruma que el sol va arrancando a la tierra húmeda.
Giro a la izquierda por un camino desdibujado paralelo a la carretera y que me evita tener que rodar por ella. Merece la pena este pequeño esfuerzo entre piedras y charcos por no tocar carretera. Cuando este camino desemboque en la carretera solo tendré que seguirla unos 30 metros hasta un camino a la izquierda que baja paralelo al barranco hacia el molino de la Jarra. Volveré a cruzar el barranco tras coger el camino de la derecha en la bifurcación. Otra vez mojaré las ruedas que debido a lo húmedo del terreno no atraparán barro que añada peso al conjunto, con el que llevo en la mochila es más que suficiente. Por desgracia no hay unas vistas muy abiertas del barranco que algo más abajo se vuelve espectaculares para una ruta senderista, que no es el caso de hoy. Remonto al otro lado y tomo luego un camino a la derecha poco definido.
Vuelve a mostrarse la muela de Santa Catalina y sus gigantes eólicos como espadas amenazantes sobre mi cabeza. Me dirijo hacia Aras por la ruta SL CV 22, es toda esta zona una gran red de caminos y sendas perfectamente señalizados para disfrutar de las exquisitas viandas paisajísticas de la comarca. No hay pérdida entre los letreros y los mapas que se encuentran a lo largo de cualquiera de estos recorridos. Llegado al pueblo me dirijo hacia el cementerio y sigo ascendiendo hacia la Travina. Paso el desvío hacia el “terrenet” lugar de gratos recuerdos para los compañeros que han pasado fantásticos momentos allí. Dejo atrás Casiopea, Orión, Saturno e incluso la Luna, mundos nuevos y apasionantes que rodar algún día. No es que me haya vuelto loco, todavía no, son… cosas nuestra. Sigo subiendo mientras pienso que le debo una a esta subida, una subida que no pague el día aquel que algo me sentó mal y casi me muero subiendo a la Muela. Hoy saldaré aquella deuda o casi, ya que no voy a llegar exactamente hasta la caseta de vigilancia forestal y V.G. Me desvío en un momento dado a la izquierda siguiendo la pista que baja hacia la Umbría Negra. El corta fuego marcará la parte más elevada de esta ascensión que queda algo por debajo de la cumbre de la Travina que veo a mi derecha.
Ante mí el profundo valle que el río Turia ha labrado a lo largo de estas montañas, limándolas, precipitándolas sobre su lecho y arrastrándolas hacia el lejano mar, formando la frontera natural que luego los hombres inventaremos entre Cuenca y Valencia. Ante mí un bosque de pinos se extiende por todas las laderas a la vista, estos no entienden de territorialidades y crecen igual en una orilla que en la otra, huelen igual y son tan exuberantes aquí como allá. Más molinos de viento afean las cumbres del otro lado del río, a diferencia de los nuestros aquellos sí que encuentran una brisa a que agarrarse para girar y hacer el trabajo para el cual se crearon, para al menos cumplir la deuda contraída con el paisaje. Decido que es un buen lugar donde parar a almorzar antes de iniciar el descenso. Saciado el apetito me dejo caer por una pista bacheada por la piedra suelta que tiene.
No está excesivamente mal pero no te puedes abandonar a la gravedad, precisamente para evitar esta misma. Llego a un vado donde está el cobijo forestal de la Viguilla. Sale allí un camino a la izquierda que supongo enlazará con el camino del molino del Marques, aquella locura hecha bajada que nos marcamos en nuestra primera ruta por estos lares. Continúo para bordear la colina aquella que se ve desde la Travina con forma de flan y con un camino que la rodea. La Umbría Negra. Es uno de esos sitios que desde la caseta forestal siempre me había preguntado cómo se llegaría hasta allí y me hacía tilín visitarlo. Ahora estoy haciendo el “tilín”, y como para celebrarlo una enorme águila sobrevuela mi posición como si reconociera que por fin lo he conseguido.
Desde aquí hasta el río es todo una colosal bajada que se adivina su final al fondo del valle. Los pedruscos y la graba en el camino, las roderas y el barranco a mi derecha imponen precaución e invitan a no aligerar demasiado la presión sobre los frenos. Cada pocos metros paro a admirar el enorme barranco y dejo refrigerar los frenos que parecen chillar de dolor. Boquiabierto por el panorama sigo bajando estos más de 400 metros de desnivel para llegar hasta el camino junto al río Turia.
Me incorporo a él admirando las enormes choperas que crecen alimentadas por sus nutritivas aguas. Este camino junto al río es una auténtica delicia. El rumor del agua embravecida por la corriente entre las rocas, el viento intentando escapar del campanilleo de las hojas de los chopos, el olor de las agujas de pino mojado y tierra roja saturada de agua, de savia, de la sangre más primitiva de todas, la de la propia tierra. El sosegado crepitar de las ruedas sobre la tierra parece ahora un sacrilegio, incluso eso rompe la sinfonía natural; los pajarillos ocultos en los árboles avisando de mi presencia o solo, tampoco creo que yo sea tan importante para ellos, siguiendo con su rutina diaria, las abejas danzando en una frenética danza incomprensible para nosotros; una parte, un todo fluyendo con la prisa o la pausa propia de algo eterno. Me paro a contemplar, a admirar, a saludar lo pequeño que me siento. Luego sigo mi camino engrandecido mi espíritu por la asimilación de tales cosas.
Llego al puente del Marques. Hoy la foto será en solitario pero seguro que a alguien le traerá recuerdos. Continúo hasta las ruinas del molino. Las vigas de madera se hunden en la acequia que alimentaba el molino, el tejado desplomado y la vegetación reclamando lo que fue suyo. Un camino sube a la izquierda hacia Aras, lo obvio y sigo recto para cruzar por tercera vez el barranco del Regajo. Ya estoy en la parte que más ganas tenía de conocer.  
Esta zona junto al río es una zona que tengo especiales ganas de recorrer ya que se trata de una parte de algo mucho mayor. La gran ruta del río Turia. Esta ruta que estoy diseñando pretende recorrer todo el río en su parte valenciana, desde que deja Teruel hasta llegar al mar. Unos trescientos y pico Km. de recorrido para conocer los paisajes del Turia, sus cañones, sus montañas, sus embalses y rincones más característicos y sorprendentes. Pero de esto ya hablaremos. Hoy toca conocer esta parte. Llego al campamento los Masetes. Una zona de acampada con refugio, pero está cerrado y se necesita llave, con lo que solo nos servirá de cobijo la pérgola o los paelleros. Tampoco he podido escudriñar mucho más ya que un grupo de campistas estaba tomando el lugar con la intendencia propia de un batallón del ejército. Sigo camino subiendo un collado bastante exigente.
El calor comienza a apretar en esta parte del recorrido. Llego al desvío que hacia la izquierda sube hacia Titaguas, continúo recto hacia las zonas de acampada de la Caballera y el Molinillo. Otro desvío nos lleva por dos caminos distintos a este último paraje, sigo recto para llegar al desvío de la Caballera: no voy hasta allí ya que no tiene salida y tendría que volver a subir hasta aquí.
En lugar de eso bajo hacia el Morenillo y recorro rápidamente la zona. Esta zona está muy cuidada y con todos los servicios, aunque desconozco si el refugio está abierto o no. Supongo, como en el anterior campamento que no lo estará.
Cruzo otro barranco, otro caudal de agua de las últimas lluvias que baja rojo hacia el río. Comienzo otra subida que me lleva hasta la fuente de la Juncanilla donde me refrescaré antes de encontrar la senda que venía buscando. La última parte de la subida es la más dura de este tramo de la ruta, llego arriba y encuentro el desvío que sube hacia el alto de Titaguas, la Cañada Larga y el pueblo. Pero la senda está perfectamente señalizada y lo que es más importante, autorizada para ciclistas. Es la ruta RC-2 hacia Azagra. Esta ruta comparte espacio con el PR. V 41 por lo que con sentido común, y porque así lo dice la normativa del recorrido, los senderistas tienen preferencia sobre nosotros. El inicio es ciclable aunque pronto comienzan las dificultades. Las curvas en zigzag son tan cerradas que, o eres un virtuoso de la técnica o pronto tendrás que echar pie a tierra. Por otro lado la pendiente hace que, en mi caso, cuando tenía que bajar de la bici la mochila tropezaba con el sillín y eso casi me tira un par de veces, así que a la vista de las dificultades y de lo escarpado de un par de tramos decido bajarme y llevar la bici delante mía a una rueda. Así no hay ninguna dificultad y puedes admirar el bosque desde dentro y echar una ojeada a los acantilados al otro lado del río. 
En la segunda parte de la senda una serie de pinos caídos sobre la senda imposibilita que se pueda ciclar de todas formas. No obstante no es un tramo largo para bajar llevando la bici y no se hace en absoluto pesado. Salgo de la senda junto a un refugio de madera en un claro del bosque.
Luego el camino continúa entre la frondosidad de una arboleda exuberante con gran variedad de especies arbóreas y matorrales. Es un recuerdo del “camino de cuento de hadas” el camino Alron allá en la Pea, pero mientras recorro este camino pienso que este debe ser el original y aquel una copia a escala reducida. La fuente de los Baños precede la llegada a la piscifactoría.
Las balsas abocan el agua consecutivamente de una a otra formando una “V” hasta desaguar en el río que se encajona entre la montaña de enfrente y esta plataforma. Las truchas ya hace tiempo que desaparecieron de este paraje pero la magia y el encanto de este lugar permanecen intactos, es más, parece que el abandono impregna de soledad y nostalgia este solitario entorno que invita a perderse en él durante un rato. 
Hago unas fotos que intenten captar la sensación de paz que se desprende, pero eso solo lo recordaré a través de la memoria que se modela con los sentimientos, la rígida memoria digital de la cámara solo mostrará que estuve allí. Aquí hay otro refugio, otro más a lo largo de esta zona especialmente cuidada de esta increíble comarca. Continúo para encontrar la escalinata que sube, bajo el auspicio del PR. V41 hacia la Tosquilla, luego otra fuente y el molino de la Tosquilla donde antaño se molía, aprovechando la corriente fluvial, el grano de los campos.
Y por fin el puente de Zagra donde se aprieta, entre las montañas y el río, una estupenda área recreativa, donde poder pasar un buen rato de descanso bajo los inmensos chopos.
Al otro lado del puente a la derecha acaba el barranco de Bercolon, una zona que no tardaré en recorrer, las cataratas que hay allí tengo ganas de verlas. A la izquierda el camino lleva al embalse de Benageber y al Charco Negro por el que tengo planeada una ruta. Pero eso será otro día. Hoy no cruzaré el puente, por el contrario sigo recto y comienzo la subida.

Llego a una bifurcación y tomo el camino de subida a la izquierda hacia Titaguas. Recto va hacia Tuejar y el embalse de Benageber por el norte. Podríamos llegar también a la antigua zona de acampada de la Tartalona, la última vez que estuve allí era una ruina, aunque aún conservaba en buen estado el merendero techado a modo de refugio. Meto todo el desarrollo y empiezo a empujar los pedales. Me lo tomo con calma, conozco la subida de haberla hecho en coche y sé que necesitaré de toda la paciencia del mundo. La pantalla del “treki” muestra el zigzag del camino, la flechita que indica mi posición apenas se mueve a través del mapa. Voy ganando altura y voy parando cada pocos metros para hacer una nueva foto, una nueva mueca de asombro en mi cara por el soberbio paisaje que estoy contemplando. La chopera se aleja, y pronto dejarán de ser árboles individuales para convertirse en una masa verde, frondosa e impenetrable. Bella en su conjunto y en su significado, igual que estas montañas que no muestran su piel sino este impresionante bosque que por fortuna no hemos quemado.
Me deleito admirando estas montañas y sus increibles bosques, pero también lo hice admirando las ralas montañas y los despejados paisajes de la Sierra de los Bosques.
Al fin y al cabo las montañas y la vegetación que hay o no, en ellas, no tienen la culpa de nuestros actos; disfruto de lo que hay, disfruto del placer de salir a pasear por la montaña, por la naturaleza, lejos de las deshumanizadas ciudades. Vuelvo a ponerme en marcha por enésima vez, sin buscar una buena cadencia de pedaleo, sin importarme en absoluto como llegar arriba, porque llega un momento que soy piensas que esta subida no se acabará nunca. Sigo la pista principal dejando los caminos que van saliendo aquí y allá. Y cuando el camino gira a la derecha y por fin veo el cielo delante de mí, por fin sé que esto se ha acabado. Llego arriba en un cruce de caminos. El camino de mi izquierda no aparece en el mapa pero siguiéndolo llegaría al Alto de Titaguas y, más allá, a la Cañada Larga, por donde pasé al inicio de la ruta. Decido parar a comer junto al cartel que señala la bajada hacia el pueblo, justo en el lugar donde hecho un último vistazo a las montañas que se pierden hacia el sur.  
Unas nubes “Simpsonianas” se apelotonan tras el alto y amenazan con unirse al cielo cubierto con nubes de tormenta en el horizonte. Los truenos resuenan por las rendijas que abren los rayos. Una cortina de agua se desliza en la distancia, espero que no me pille. Me siento en el suelo despreocupado de eso, si me mojo al final de la ruta tampoco es un gran problema, no hace frío como para que sea preocupante. Aun así agilizo el trámite de la comida, eso de ir solo hace que no me entretenga tanto en las paradas; los comentarios no encuentran réplica y me aburre discutir contigo mismo. Inicio la bajada.  
El barranco del Zaragozano se precipita en una altura increíble. Abajo junto a unos riscos se oye una caída de agua y se llega a ver una poza. Tras los riscos otro barranco se adivina entre las cerradas montañas que engañan la perspectiva. 
Sigo bajando para llegar a otra increíble arboleda junto al barranco del Hondón. La pista sigue recta hacia la entrada del pueblo. A la izquierda granjas de aves, a la derecha más campos de cereal y la alargada arboleda que contrasta con la masa de pinos de un color más oscuro sobre la montaña de atrás. Según el mapa no hay camino junto a la montaña y la arboleda, así que sigo por esta pista para poder contemplarlas en la distancia.
La pista muere en la subida hacia el pueblo, me giro a contemplar el camino que he dejado atrás antes de acercarme a la derecha para ver el barranco desde debajo de la cubierta arbórea.
Los últimos metros hacia el grandote que espera junto a la gasolinera será como una contrarreloj: la tormenta se ha intensificado y ruge como avisando de lo que se avecina. Miro por última vez el camino por el que he dejado atrás la tormenta.

Cargo la bici y acelero los estiramientos para meterme en el coche y ver caer las primeras gotas de la tormenta, que me acompañará hasta Calles mientras pienso por el camino qué puedo contar de esta ruta. Mientras tanto el gusanillo por el 3º clásico de esta noche ya se está enroscando en el estómago y un estribillo no deja de repetirme que realmente hoy “tot el camp ya ha sido un clam” Hasta la próxima ruta. 



TRACK DE LA RUTA: 


miércoles, 13 de abril de 2011

Sierra de los Bosques (Vuelta completa)

Es difícil comenzar la crónica de esta ruta. Querría desde el principio expresar las impresiones tan abrumadoras que me han quedado al final y que aún conservo mientras comienzo a contar esta rodada. Empezaré contando que este segundo intento ha sido el bueno. La semana pasada me volví después de 18 Km. de ruta por culpa de un pinchazo, así que hoy, con esa distancia ya conocida y fotografiada la semana pasada, he ido mucho más rápido; pero contaré la ruta de hoy.

Comenzaba la ruta en el cementerio de Chiva. El lugar puede que para muchos no sea el más apropiado, pero así puedo dejar el coche sin tener que entrar en el pueblo y ponerme a hacer allí los estiramientos de inicio y final de ruta. Pura cuestión de estética y tranquilidad. Así que desde aquí me pongo en marcha girando a la derecha y encarando el camino que va hacia la vía del tren y que luego cruza el barranco.
El nuevo puente sobre la vía es otro de esos despilfarros de dinero público, al menos hay 5 puentes sobre este trazado del ferrocarril entre Cheste y Chiva, pongámosle precio a cada puente y multipliquemos: estos puentes sobre caminos agrícolas no tienen tanto transito que vayan a evitar horas de espera y consumos de carburante o una cantidad de accidentes tremenda. Si consiguen evitar un solo accidente ya estará bien, pero si es por eso seguro que hay otros puntos negros donde esa inversión sería mucho más efectiva; pero imagino que había dinero para gastar y mejor malgastarlo en obras “poco útiles” que destinarlo a otra partida o a otra población que necesitara estos puentes sobre la vía del tren mucho más. En fin. Acabo de empezar a pedalear y ya me tienen contento. Ya al otro lado del barranco de la Cueva Moríca, que baja seco, transito entre cultivos de naranjos que impregnan la fresca atmosfera de un cautivador aroma a azahar. Giro a la izquierda para remontar el barranco Grande hasta cruzarlo e incorporarme a la carretera de Gestalgar. Si, carretera, pero conozco de antemano el casi nulo transito que hay en ella, es lo que me anima a recorrerla, eso y que no hay otra alternativa para hacer esta ruta factible en kilometraje y desnivel. El asfalto permite un rápido y suave rodar, siempre picando hacia arriba de forma moderada y constante. Dejo atrás el desvío hacia fuente Viñas. La sierra empieza a hacer visibles sus rincones.
La Cazoleta con su pétrea corona ondula su silueta hacia el Monte Gordo invisible desde aquí. Al otro lado de la carretera las montañas por las que vinimos desde Pedralba ya hace unos años en aquella, entonces, durísima ruta. El V. G. de la Cumbre queda empequeñecido desde la altitud de este tramo de carretera al cruzar el barranco de Cuchilla. Se ven por aquí algunos chalets que irán desapareciendo conforme me acerco hacia el alto de este portillo.
Allí las vistas de la sierra dejan ver, como si de una cubierta de terciopelo se tratara, la cobertura vegetal de la sierra llamada de los bosques. El bosque se fue con el humo de los incendios, se lo arrebatamos a golpe de fuego, a traición, sin previo aviso. Ahora casi no hay árboles, ni sombras que refresquen el ambiente, que permitan parar a descansar mientras uno se adentra en la montaña. Cambia la carretera, se ensancha un poco y el asfalto se aclara para llegar a la parte alta. Comienza un descenso rapidísimo, casi vertiginoso por la cara noroeste de una montaña que sombrea la carretera y la hace fría a esta hora de la mañana. Tan solo un par de curvas me hacen exprimir los frenos a fondo. Llego abajo cruzando otro barranco, el de la Escoba. Lógico, esta sierra es el nacimiento de infinidad de barrancos que alimentan el Turia, la Albufera o el río Buñol-Magro-Júcar, según hacia donde se decanten, así como infinidad de pozos y cultivos. Comienzo una de las subidas más duras del día. El asfalto y la anchura de la carretera facilita la subida, voy con todo puesto, pero los 5 Kg. de peso a la espalda cuesta arrastrarlos. El bosque sí está presente en este tramo junto al barranco a los pies de las montañas, no así en la parte alta. Cuesta creer que algún día todas esas montañas estuvieran cubiertas de pinos y encinas.
Hoy solo es una lengua de árboles acurrucada en el fondo del barranco, casi como escondida, temerosa de mostrar su belleza, no sea que también vayamos a quemarla. Acabada la parte dura de la ascensión, la carretera sigue subiendo de forma moderada, igual que en la primera parte. La montaña que queda a la derecha y que acabo de subir es La Serratilla, sobre la que se levanta el V.G. de la peña del Cuervo. Justo a la altura de este un camino se abre a la izquierda y abandono la carretera que pronto bajará hasta Gestalgar. Un cartel indica “camino del Campillo” así que no hay perdida. Primero el camino baja, también por asfalto, hasta cruzar el barranco, allí pica hacia arriba y veo el camino serpentear por la montaña perdiéndose en la cumbre.
El camino de Gabaldón surge a la derecha, lo dejo y cojo el siguiente donde paro a almorzar. Acurrucado tras unos matorrales disfruto de la vista abierta hacia el norte. El pico Ropé, el Remedio de Chelva, el Alto de la Bandera de Chulilla, los cañones del Turia, los montes de Andilla y la Calderona, todo es visible desde aquí, solo la bruma me oculta los detalles sino también vería el mar, pero aun así es una gozada.
Almuerzo extasiado por las panorámicas, disfrutando de las vistas y paseando entre las jaras y los tomillos que explotan de aroma al ser rozados con el pie o mecidos por la brisa. Luego me pongo en marcha pensando que la parte fácil de la ruta ya está hecha, comienza, de alguna manera, la ruta de verdad. La rampa se endurece respecto a lo que venía subiendo por la carretera. Aun así no me saca de punto, no me sube las pulsaciones, no me preocupa. En cambio las vistas van magnificándose por momentos. La sierra se estira hacia mi izquierda.
Los barrancos se hunden en la tierra como dedos en la arena. Las huellas inequívocas del agua y del tiempo luchando con la roca. A mi derecha esos barrancos multiplican la altura de estas montañas. Llego al camino de la fuente del Salto. Miro el reloj, como voy bien de tiempo consulto el “treki” y decido aventurarme a ver si llego a la fuente o al menos tengo buenas vistas del barranco. El camino es una trampa. El perfil es un rompe piernas, un tobogán continuo de desniveles por un firme roto y descarnado de terrones de tierra y de pedruscos puestos a propósito por donde tengo que meter la rueda. Pasada la casita de cazadores el camino aún empeora más. Llego hasta las ruinas de un corral y una caravana que habrá llegado aquí cuando el camino era camino, pero por eso mismo ha decidido quedarse aquí hasta que vuelva a serlo.
Otra bajada pronunciada, ya no tengo ganas de seguir jugando con el camino, el gana, o yo, según se mire. Vuelvo atrás pensando que seguramente estas vistas las tendré desde arriba y que tengo que avisar que si te metes, o llegas hasta el final o no vale la pena, y el final tampoco sé si merece la pena; pero a medias seguro que no. Sigo subiendo. A ritmo, con una cadencia baja para no disparar las pulsaciones, arrastrando los piñones pero con un rodar redondo, sin ir a trompazos. La subida tampoco exige un esfuerzo grandioso aunque no sale gratis en absoluto. Chulilla se deja ver entre las montañas a mi derecha.
La montaña serpentea sugerente en las laderas, y las vistas ganan una dimensión distinta conforme gano altitud. Pierdo de vista la parte este y empiezo a bordear la cara norte de la sierra. El pico Tarrác y el profundo cañón que baja hacia el Turia son lo más destacado de este lado. Sin la bruma estaría hablando de paisajes más lejanos que así tan solo son fantasmas en la niebla. Pero el camino no deja de subir.
Sigue el asfalto cuando yo creía que se acababa al coronar la cara este de la montaña. Para dejarme más en evidencia aún me cruzo con dos ciclistas de carretera con sus flacas, sin mochila a la espalda y bajando, me entran ganas de dar la vuelta y seguirlos. Pero en lugar de eso sigo dando pedales hacia arriba. Me pregunto de donde vendrán porque el asfalto en algún momento se acaba. Acabo la subida y ante mí se abre una inmensa llanura. Es el Campillo. Una especie de cuña enorme entre las tres cordilleras montañosas.  
La sierra de En medio al noroeste, el Burgal al suroeste y la sierra de los Bosques estirándose al este. Una serie campos de cerezos en flor adornan el paisaje aquí y allá. Grupos de pinos como islas se dispersan por la planicie. Algunos chalets se apiñan en reductos habitados. Miro atrás y veo las cumbres de las montañas conocidas por el otro lado, esta es la cara oculta de la sierra.
Un cruce de caminos indica el deposito contra incendios de El Regajo. Es aquella pequeña charca que pasamos en la ruta http://rodaipedal.blogspot.com/2008/02/sot-de-chera-embalse-de-buseo.html Me dirijo hacia allí. Hasta el siguiente cruce estaré solapando un tramo de aquella ruta. Luego giro a la izquierda desviándome del camino que estaba siguiendo, allí está la fuente de la Peraleja, del Peralaño o de la Teja, tres denominaciones para una misma fuente que vierte su fresca agua a un pequeño canal que se pierde entre la vegetación.
Un panel interpretativo de la senda Malviaje sobre el PRV-300 se levanta junto a los juncos vencidos por la corriente de la pequeña rambla. Continúo camino entre una zona de chalets hacia fuente Marjana. Me desvío del camino principal a la derecha para buscar la fuente. El camino zigzaguea junto a chalets que parecen largo tiempo deshabitados, luego el camino baja, invadido por las plantas, hacia la rambla. Pierdo el firme bajo la vegetación, la hojarasca de los árboles y las plantas lo invaden todo. El poco transito del camino hace que se vaya perdiendo, olvidado de los hombres y reclamado por la naturaleza.
De la fuente no hay ni rastro, quizá esté a dos metros de distancia pero una espesa selva lo cubre y lo oculta todo. Al otro lado el camino sube por un campo minado de pedruscos y con una pendiente terrible. Bajo de la bici y remonto el barranco. Ya arriba sigo adelante para girar a la derecha y enlazar con el camino anterior.
Estoy justo debajo del pico Santa María. La mayor altitud de esta sierra que a mi derecha se denomina Sierra del Burgal. Giro a la derecha para recorrer un tramo ya conocido hasta la fuente de la Vallesa. Su chopera se hace visible por encima de las ralas carrascas que pueblan los márgenes de este tramo del camino. Más allá la planicie se precipita hacia Siete Aguas.
Llego al paraje de la Vallesa y paro a recargar agua fresca, limpia, pura. Precioso rincón que ya nos cautivó por su tranquilidad y que invita a perderse unos minutos entre los gigantescos árboles. Miríadas de abejas se agitan en las alturas y zumban poniendo melodía en el ambiente acompañadas por el rumor del agua y la danza del viento enroscado entre las hojas. Vuelvo al asfalto en dirección a Siete Aguas, cuando la carretera gire a la derecha continuaré de frente por un camino de piedras, demasiado estrecho para ser un camino principal. Pronto el camino empeora y las piedras brotan del suelo. Más adelante la pendiente me obligará a bajar de la bici y remontar unos metros a pie. Vuelvo a pedalear y poco después se repite esta historia.
Estoy justo debajo del pico más alto de la sierra de los Bosques; la loma del Cuco todavía se eleva más en la partida de los Ajos hasta los 1083 metros de altitud según reza el mapa del Sigpac.
Esta zona del camino está realmente imposible y ni en la bajada me atrevo a seguir sobre la bici, así que bajo y conduzco la "zesty" de la mano mientras alucino al ver las huellas de ¡¡coches!! que han conseguido, aún no sé cómo, llegar hasta aquí. Llego tras unos 200 metros a pie al lugar donde tendría que estar fuente Sierra, pero tampoco hallo rastro de la misma, ni cartel que la indique. Menos mal que las dos fuentes que he encontrado estaban estratégicamente situadas. El camino mejora, así que vuelvo a montar y transito este tramo de bajada que luego, al girar a la izquierda, se convertirá en la subida definitiva hacia los Parapetos. Paso una zona de cultivo, es increíble hasta donde el ser humano ha llegado, en mitad de la montaña, a cultivar una pequeña parcela.
Después llego al cruce de Oratillos-Chiva-Siete Aguas. Junto a este cruce las vistas son alucinantes. Es el nacimiento del barranco de Ballesteros. De no ser por la bruma el mar, la Albufera y la sierra de les Rabosses, en Cullera, serían visibles. Pero lo realmente abrumador es la sensación de grandeza que destilan estas montañas. El V.G. de los Parapetos se eleva en la loma de enfrente. Tras saturarme de esta panorámica me pongo en marcha hacia allí dejando el abismo a mi izquierda.
Ya en el camino de subida al vértice las panorámicas cobran una nueva dimensión. Otro barranco nace a mi derecha y deja ver, en la sierra del otro lado, los molinos eólicos de Buñol. Llego hasta el vértice para comer allí mismo y reponer fuerzas. De sentarme nada. Las panorámicas a mi alrededor son tan grandiosas que apenas me puedo centrar en observar nada, pues lo de al lado reclama urgentemente mi atención.
El pico del Tejo se adueña de las alturas en las montañas lejanas. Las sierras de Malacara, Martés y el Ave cierran la vista por el sur. El Negrete es apenas una loma en la distancia, no parece desde aquí el coloso que es. Desde los Parapetos hacia el sur se precipita el barranco de Monedi que tras pasar la A-3 se unirá a los barrancos de la sierra de Malacara para dar inicio al río Buñol, que luego será el río Magro hasta desembocar en el Júcar.
Desde aquí hacia el este, el barranco Ballesteros se unirá al barranco Grande y luego al de Chiva para ser el del Poyo y luego el de Torrent, y así hasta la Albufera, que se alimenta y nutre de las aguas que bajan desde estas montañas. Tras la comida me pongo en marcha en lo que creía una bajada sin fin. Ese pensamiento dista mucho lo que será en realidad. Y es que la sierra aún me tiene preparadas otras sorpresas. Me debatía entre dejarme caer a toda velocidad o ir contemplando el paisaje. Si lo uno me atraía, lo otro aún lo hacía más. Para evitar las tentaciones la montaña no da opciones y se encarga de no dejarme una bajada limpia del todo hasta Chiva.
Una serie de toboganes, de subidas y bajadas por lomas interminables me irán dejando fogonazos en las retinas de la enormidad de este paraje. Cada pedalada me lleva al inicio de un nuevo barranco, de una loma más abrupta o más redondeada por los imparables vientos que azotan estas montañas desde todos los lados.
Un grupito de pinos aquí y allá, náufragos que aguantaron en envite del fuego cuando en los años 90 innumerables incendios forestales arrasaron estos montes arrancándoles de golpe el nombre de la sierra. Ahora el matorral y la vegetación de monte bajo son los dueños del paisaje y se ciñen dibujando perfectamente las laderas.
Cada pedalada me pone ante un nuevo paisaje, más alucinante que el anterior, más grandioso o abierto a un abismo inimaginable. Los espacios en el interior de las montañas son tremendos; no me lo podía imaginar viendo los mapas, hay que sorprenderse sobre el polvo del camino. Poco a poco el paseo por la cresta de las montañas toca a su fin, o eso vengo creyendo desde hace un rato. Pero más pronto que tarde tiene que ser verdad y entonces vendrá la bajada. El tramo limpio de bajada no es tan largo ni tan brutal como creía pero me da tiempo a disfrutar del subidón de adrenalina, o puede que Stendhal, subido en la chepa desde antes de comer, haya ayudado a todo esto.
Llego a Chiva por el camino que indica, desde el pueblo, la subida hacia, entre otros, los Parapetos. Solo me queda llegar al coche con la bici limpia tras pasar por el chorro de agua de la gasolinera. La“zesty” ya está limpia para iniciar una nueva ruta que muy pronto el “Treki”, desde el manillar, le irá indicando. 


 
TRACK DE LA RUTA: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1613502 

miércoles, 30 de marzo de 2011

Riba Roja-Muela de Pota

¿Quién me ha robado el mes de marzo? Podría ser un buen resumen del mes que acaba. Entre unas cosas y otras me he pasado casi todo el mes en blanco, que si una lumbalgia, que si comidas familiares, y sobre todo el pacto que teníamos con el maligno sobre el tiempo que lo rompió de forma unilateral, eso me pillo de lleno dos semanas, hasta que se restableció la calma. Pero al final he terminado el mes como me gusta… encima de la bicicleta. Y claro, el último miércoles me he marcado una rutita nueva. No ha sido nada espectacular, podría decir incluso que casi todo el camino era conocido, tan solo algún tramo aquí y allá nuevo, pero algunos de estos tramos hacía mucho tiempo que no los rodaba. Pero sobre todo el colofón de la ruta si que ha sido espectacular. Vamos a ello.

Remonto desde casa hasta el paseo de la antigua vía del tren, polideportivo y allí giro a la izquierda hasta la rotonda de la carretera. Cruzo y el camino de enfrente a la derecha. Esto me deja en el camino de Porxinos. Toda la zona de naranjos regala un aroma dulzón, una mezcla de hojas y naranjas en descomposición, de madera húmeda y cortada que evoca imágenes de la preparación de la paella… ya casi huelo también el aceite caliente, la carne dorándose antes de añadir las verduras… si sigo pensando en esto a las 9 de la mañana mal vamos. Ahora que ya se nos ha hecho la boca agua seguimos pedaleando esquivando algunos charcos tozudos que se niegan a secarse. Llego a la autopista biker en que han convertido el camino de Cheste.
Esta obra sin pies ni cabeza que no lleva, ni viene, de ninguna parte. Algún día lo entenderé, o no, como lo de la piscina cubierta de Riba Roja. Después me desvío a la izquierda hacia Loriguilla. Llego a la parte alta del camino y cojo un caminito que lleva a los chalets que hay allí; parece que el camino se muere, pero continúa en un tramo semiabandonado de bajada. La vegetación crece en los márgenes sin control y el escaso transito del camino invita a las ramas a ir adentrándose en la vertical del camino. Es una bajada un tanto técnica pues las piedras sueltas y otras que adoquinan el piso no permiten lanzarse y hay que tocar el freno con delicadeza. Al final de este camino a la izquierda para salir al camino de Loriguilla. De allí a la vía del tren que cruzaré por la masía de Mompo. Ya en la carretera nueva llego hasta la rotonda y allí a la izquierda, paso junto a la empresa de graficas y llego hasta el barranco del Poyo.
Siempre sorprende lo ancho que es este barranco que llega seco hasta aquí en condiciones normales, aunque un poco más arriba en su cauce sí que lleva agua, aunque las últimas veces que pasé por él, allá por Cheste, no venía muy clara y con buen olor. El lecho seco en este punto solo deja ver los cantos rodados por los que tendré que cruzar. Al otro lado subo a la derecha y enseguida a la izquierda. Tenía marcado un camino asfaltado que llega hasta la misma urbanización... pero este camino esta inundado justo en el centro. No se si por las lluvias o que, el caso es que no tengo ganas de mojar las ruedas y hacer un barrizal con la tierra de después, así que me meto por un pseudo camino justo antes de este y junto a una valla metálica. Llego a la urbanización, la cruzo y vuelvo hasta la orilla del barranco. Luego a la izquierda y comienzo a acercarme a la A-3. Junto al hotel La Carreta me incorporo a la vía de servicio y ya veo el puente por el que cruzaré la autovía. Ya sabéis que no soy muy amigo de las carreteras, pero aquí no hay más remedio, además es un tramo poco transitado, vamos, que esta salida que es la del circuito no suele ser muy transitada a menos que vayas al circuito en días de carreras, y además cuenta con un buen arcén que da algo más de seguridad. Cruzo y me voy a la izquierda, volveré por la derecha. En la rotonda me salgo de la vía de servicio a la derecha para entrar en la urbanización El Carambolo. Primera calle a la derecha hasta el final, izquierda con el final de la calle y a la derecha en el cruce, otro cruce enseguida y este a la izquierda, a la vuelta giraré aquí a la izquierda, lo que sería seguir recto ahora. Menudo trabalenguas de giros y regiros. Voy junto a naranjos, viendo mi objetivo a la derecha por encima de los árboles.
Este mismo camino cruza un barranco, imagino que con fuertes lluvias este tramo quedará inutilizado por el paso del agua, es la acequia de la cañada de Murre. Solo unos metros después de cruzar llegamos a la carreterita donde muere este camino, junto a una casa con unos inmensos pinos. A la derecha y a repetir un tramo de camino conocido. Antes me acerco hasta las Ventas de Miralcampo. La antigua casona mantiene en pie solo unos gastados muros de piedras viejas, viejas como el tiempo, viejas como las historias que habrán contado y como las que tendrían que contar, junto al calido hogar en invierno o junto a la sombra del patio de las encaladas paredes en verano.
Viejas historias que ya no oiremos, que cada vez están más cerca de desaparecer completamente. Por si el momento está cercano inmortalizo los muros en un instante digital, frío e impersonal. Ahora sí continúo la marcha. Después paso junto a la inmensa balsa de riego que se levanta a mi izquierda. Poco después el camino de la derecha que cogimos la otra vez lo abandono y sigo a la izquierda. Voy en busca del camino de subida. Imagino que por este lado no tendré más suerte que por el otro. Recuerdo que había puertas de valla metálica que cerraban los caminos que se internaban en los interminables campos de naranjos. La diferencia es que, según el mapa, el camino de subida al V.G. está por este lado. Junto a la finca Los Olivos continúo recto.
El primer camino está cerrado, sigo la cerca hacia adelante. La segunda puerta esta ¡abierta! pero el candado colgado del cierre me pone alerta, ¿y si se van y me quedo dentro? continúo en busca de una abertura en la valla que me pueda sacar de allí si pasa eso. Retrocedo hasta la puerta. Inicio la subida con precaución, no por la dureza, que la tiene, es un repecho importante que sube hasta los 263 metros de altitud, sino por si encuentro a alguien. Hay unos coches aparcados y voy buscando alguien a quien preguntarle si puedo subir y sobre todo, si podré salir después. No veo a nadie pero oigo voces más arriba. Allá voy, plato pequeño y piñón grande, cadencia y alegría en la pedalada, el manillar girando a un lado y otro esquivando ramitas y sobre todo naranjas que invaden el suelo, que parecen brotar de él de tantas que hay. Llego junto a un chalet y giro a la izquierda, luego otra vez izquierda y todo para arriba. Allí encuentro a unos jornaleros recogiendo la naranja tardía de esta plantación, me confirman que podré salir de allí hasta por la tarde. La rampa no es nada descomunal pero sí que exige su cuota de esfuerzo. Se lo doy con alegría pues las vistas mejoran a cada pedalada. En la cara sur tengo vistas directamente sobre el campo de golf, ahora con perspectiva, ahora veo el porqué de la valla, de la doble valla que separa dos mundos, mundos que cada cual trata de mantener al margen del otro sector.
Parece el camino fronterizo que separa dos tierras bien distintas. Los verdes y húmedos prados de la abundancia, golf, chalets y urbanizaciones privadas y los terrenos de labranza, del trabajo y sudor, del reseco polvo al sol y del cortante frío del invierno. Yo me he quedado en este lado. Entre otras cosas porque la valla me lo impedía. Llego arriba y veo delante mío una torre. Parece una torre vigía. Hacia adelante el camino llega hasta el punto geodésico.
El blanco pilar con base cuadrada y el muñón redondo. El horizonte este despejado entre la línea de naranjos para poder hacer las medidas oportunas. Tras las fotos continúo hacia delante y llego hasta una cerrada curva de herradura a la izquierda, y allí unas vistas maravillosas. Un balcón abierto al este, al mar, a la Valencia metropolitana.
Un banco, una palmera, una sombra y el horizonte como límite. A la derecha Perentxiza se alza limitando la vista hacia el sur aunque deja ver la albufera a sus pies. Y justo a mi derecha, por detrás de Perentxiza, El Bosque. La urbanización va poco a poco colonizando la montaña; de bosque ya casi solo le queda el nombre. En el valle el campo de golf.
Precioso, verde, cerrado. La valla lo delimita por el camino que lleva hasta allí. Necesitas un pase vip, un salvoconducto, o la llave de todas las puertas para poder pasar, esa llave de papel morado de la que hemos oído hablar pero que pocos hemos visto. Los adosados, aquí, también esperan a ser vendidos, la crisis ha dejado cadáveres en forma de hormigón, cemento blanquecino como huesos. Todo remontará y entonces volveremos a creer que somos Dioses. Volveremos a ser Dioses y a actuar como Dioses, a creer que nuestro bienestar no tiene que tener límite, que cualquier precio es poco por obtenerlo, volveremos a hacer girar la rueda que nos traerá al mismo sitio.

Ahora la rueda que hago girar es la de la bici para aparcarla mientras almuerzo en este privilegiado escenario. El ruido del tráfico en la A-3 se oye como un soniquete monótono y apagado, no es molesto a esta distancia pero tampoco deja de estar ahí.
El AVE se aproxima a velocidad vertiginosa, Tan rápido que apenas me da tiempo a cazarlo. No deja de ser curioso que estas dos infraestructuras que nos acercan a todos sitios, nos separen, a su vez, de los lugares más cercanos, que sirvan de barreras para los caminos tradicionales que toda la vida se han utilizado por la zona. Ahora los rodeos para cruzarlas son interminables, y en la mayoría de los casos no puedes escapar de meterte en carretera. Con las fuerzas repuestas me pongo en marcha continuando el camino, saliéndome del track marcado para rodear por completo la muela. Intentaré salir por las puertas del lado norte.
Pero como me temía están cerradas, después de preguntar en la masía me dicen que tengo que salir por donde he entrado, y me confirman que de no ser por la recogida de las naranjas estaría cerrado. Ya fuera de la finca desando el camino por el que he venido y llego a aquel cruce cerca del Carambolo. Ahora a la izquierda y me adentro en la urbanización Olimar. Llego hasta el acceso de la A-3. Hay allí un puesto de control de entrada, una garita con un vigilante que me mira receloso. Vuelvo por la vía de servicio hasta el puente sobre el AVE y la A-3, continúo recto dirección al circuito. Me salgo de la carretera por un camino paralelo. Tierra, piedras, arena y polvo. Baches y camino de tierra libre de asfalto, ya lo echaba de menos.
Un gran Catxirulo o refugio en piedra seca da la bienvenida a quienes se acercan al circuito Ricardo Tormo. Una muestra de arquitectura rural que el ayuntamiento de Cheste da valor de patrimonio cultural en todo el municipio. Lastima que no esté algo más limpio y no lleno de basura y escombros. Algunos coches quemando rueda y gasolina en el interior llenan el ambiente muchísimos Km. a la redonda con su estruendo. Parecen Ferraris de calle, alguien que no olvidará la experiencia de conducir estas máquinas está haciendo inolvidable esta mañana para los que viven en las proximidades del circuito. Continúo hasta cruzar otra vez el barranco del Poyo. En la carretera a la derecha. Por esta carretera llegaría al P.I. de Loriguilla, pero me desviaré a la izquierda justo en el desvío para subir al Cabezo Redondo. Me bajo de la bici para cruzar la vía, el camino de la izquierda se interna en el barranco y tras cruzarlo llegaría a La Masía de Pozalet, pero en lugar de eso sigo paralelo a la vía y retorno hacia Loriguilla, paso junto a la Serretilla y llego al lugar donde crucé la vía hace unas horas, como voy muy bien de tiempo decido llegar hasta la ermita de San Juan en Loriguilla y llegar hasta la base de la Muntanyeta.
Desde allí por el camino de las canteras hasta el P.I. de Riba Roja donde a la Zesty le espera un buen baño de agua a presión que bien se ha ganado. No da para mucho más la ruta de hoy. Tan solo destacar que el camino es mucho más tranquilo de lo que parece en la crónica a la vista de tanta urbanización y carretera. En cualquier caso, como se trata de una atalaya que permanece cerrada, serán pocas las incursiones en esta zona, pero me ha servido de avanzadilla para el asalto del V.G. de Mira Valencia y quizá de una ruta hasta Buñol. Ya iremos viendo.



 
TRACK DE LA RUTA: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1576771