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martes, 14 de diciembre de 2010

Riba Roja-Calles

Suena el despertador aún de noche. Segunda parte de la trilogía que cerrará el triángulo Riba Roja-Calles-Requena. La ruta de hoy es más corta que la de ayer y con muchísimo menos desnivel, pero prefiero ir con tiempo para asegurarme de estar allí a hora de comer. Me asomo a la ventana con el desayuno en la mano y a punto está de sentarme mal. Está lloviendo. Corrijo, no está en este momento pero el suelo está mojado. Es una faena. Esto aportará un plus de peso, cansancio, frío e incomodidad, que a fuerza de kilómetros y tras las durísimas jornadas de ayer y la de hace dos días, amenazan con dejarme molido. Ayer a última hora ya no sabía donde ni como sentarme. Decido hacer un cambio de última hora e ir por el río, por el camino del parque fluvial del Turia hasta el puente que cruza el río allá por La Pea. Allí ya estaré sobre el track y evitaré algunos charcos que me incomoden el inicio de la ruta.
Hasta allí nada nuevo, solo el deleite que supone pasear a orillas del río con los preciosos paisajes otoñales que jalonan cada rincón del parque. Cruzo el río por el puente planeado y giro a la izquierda en la cantera. Unas enormes piedras cortan el paso, las supero bajando de la bicicleta, que digo yo que para que no pasen coches, con separar un poco estas moles nos facilitarían el paseo a los senderistas y ciclistas. Los naranjos son los dueños de la mayoría de campos de cultivo de la zona. Un poco más allá giraré a la derecha y comenzaré la parte nueva de la ruta. Hasta aquí era terreno conocido. Luego cruzo la carretera de Llíria a Pedralba. Compruebo con alegría como el asfalto no está demasiado mojado y apenas salpica agua y barro, de momento estoy saliendo mejor librado que ayer. El calor generado con el pedaleo me obliga a parar y quitarme el chubasquero con el que había salido de casa en previsión de peores condiciones meteorológicas. El nuboso día de momento no amenaza lluvia, y la luz solar intenta abrirse paso a través del manto de nubes, pero de momento no lo consigue. Nada destacable de esta zona intermedia de la ruta. Caminos asfaltados serpenteando entre cultivos variados y campos de naranjos principalmente. Es la parte más alta de esta zona, luego un suave descenso hasta cruzar la carretera de Pedralba a Casinos. Es una zona de regadío, de pozos, de reconversión del antiguo secano al próspero regadío, que en los últimos 30 años ha cambiado la fisonomía de estos campos del interior para anegar estas tierras de agua entre naranjo y naranjo. Por fortuna el riego por goteo sigue creciendo y está volviendo a transformar el paisaje, al menos con un consumo más moderado de agua. Pero queda mucho por hacer, tanto aquí como en otras zonas. A ver si poco a poco lo conseguimos.
Llego a una pronunciadísima bajada, corta pero muy intensa, abajo los naranjos crecen sobre un manto de césped que colorea el entorno. Subo la pendiente por el otro lado y decido que es hora de almorzar. Paro junto a una caseta de labranza, nada singular o artesanal. Una caseta cuadrada de bloques, lucida, simple y funcional. El rato del almuerzo me está dejando helado. El calor solar no logra atravesar la capa de nubes, incluso si me fijo bien veo partículas de agua de la vaporosa niebla que por momentos me acompaña a lo largo del viaje. Vuelvo a plastificarme por fuera con el chubasquero, al menos retendrá el calor corporal. Almuerzo rápido y me pongo otra vez a dar pedales. Necesito calor. Lo encontraré en la siguiente subida, esta vez saliendo del asfalto, que me lleva hacia el alto de La Cruz Quebrada.
Desde aquí la montaña de las antenas de Bugarra se ve entre la bruma en las montañas más cercanas. El camino sigue subiendo y pronto se adentra en el monte. Pierde anchura y se convierte en senda. La humedad aquí, en medio del pinar, es espectacular y los colores de las plantas mojadas elevan sus tonos hasta lo increíble. Los aromas también son abrumadores. Una mezcla de tierra mojada y plantas aromáticas se agolpan en la nariz y me sorprendo olisqueando el aire para captar las últimas esencias escondidas en los confines del monte. Luego la senda baja, un tramo corto y técnico entre piedras, a modo de escalón, y plantas invadiendo el angosto espacio para pasar. Llego a un cruce de caminos y sigo lo más recto posible, creyendo ciegamente las instrucciones de "treki". A estas alturas estoy más que despistado y, podría guiarme y seguir un rumbo aunque, realmente no se donde estoy. El camino sigue bajando hasta llegar a una carretera.
Antes de cruzarla paro a ver el aljibe que, abandonado, ve pasar a su lado los coches a la velocidad de la vida, o viceversa. Lo mismo le da a un monumento del pasado. Un fósil que más pronto que tarde molestará más que otra cosa y derribarán para hacer más ancha la carretera, o para poner una señal que no puede desplazarse unos metros más allá. Vete tú a saber, alguna molestia le encontrarán al pobre desgraciado. Ya cruzada la carretera el camino sube hacia un campo, tras un momento de vacilación consigo seguir el trazado marcado sobre la pantallita. Luego el camino se hace piedra en medio de una subida. La portentosa pendiente y el mal estado del firme me obligan a bajar de la bici. Me interno así, otra vez, en mitad del bosque, arriba pasaré junto a una madriguera artificial para conejos. Estas madrigueras o majanos, se vallan a su alrededor para evitar que los depredadores puedan acceder a ellas y facilitar así la repoblación de animales en la zona. Luego salgo a un camino asfaltado que vuelve a discurrir entre naranjos. Al final de este camino a la derecha, y luego a la izquierda en dirección a las Bodegas Vanacloig. Antes pasaré junto a un cercado de madera blanco.
Unas banderas ondeando sobre unos mástiles me llaman la atención y me acerco a curiosear. Es un pequeño campo de aterrizaje... Allí mismo me desvío de este camino a la izquierda, luego a la derecha para llegar a la pedanía. Una hilera de casas flanquean la carretera que llega desde Gestalgar y Bugarra. Luego, en el cruce lo tomo a la izquierda para pasar el resto de casas y el restaurante La Bodega, excelente restaurante que he tenido la satisfacción de probar. Un poco más adelante veo el letrero de otro restaurante que indica está a 100 metros, allá que voy a ver que pinta tiene. Llego a un aparcamiento cerrado que intuyo como el restaurante aunque no hay nada con que pueda verificarlo y además está cerrado, así que doy la vuelta y continúo camino.
Ya al final de la aldea veo una antigua casona de piedra, es lo único de este lugar digno de destacar, arquitectónicamente hablando. Es un tremendo chasco, tal como me pasó ayer en Villar de Tejas. Aldeas perdidas en mitad de la nada. Sitios que, por su lejanía o aislamiento, esperaba con un entorno más cuidado, más homogéneo en las construcciones, más rurales, más piedra y menos paredes de cemento. Pero no, de aquellos pueblos cada vez quedan menos, sobre todo en la zona en la que estamos. A partir de aquí se hará cada vez más visible el tipo de canal que sirve de regadío en esta zona. A diferencia de las acequias de la zona de Manises y Riba Roja, aquí son medias tuberías casi aéreas en algunos tramos y que surcan los campos en todas direcciones. Luego, casi de repente, los naranjos dejan de ser el cultivo principal y las oliveras se adueñan momentáneamente del paisaje. También los algarrobos tienen su cuota de protagonismo, al menos en el interior de una finca con caballos en libertad. Una finca grande donde los animales pueden moverse con soltura y correr a sus anchas sin tener que estar dando vueltas a una pista. Ya desde aquí, la mole montañosa de la muela de Chulilla se va agrandando con la cercanía.
Me dirijo hacia ella. Pasaré justo por debajo junto a las canteras en el alto del Salobrar. Las pozas en las zonas abandonadas de las canteras se llenan de agua con las lluvias y aportan un plus de color y exotismo junto a la pinada cercana.
Cruzo la carretera de Losa a Chulilla y bajo hacia el barranco donde se juntan el de La Cava y el Tarragón. El camino desaparece bajo las aguas. Y es que en este punto el camino y el barranco comparten el mismo espacio. Cuando no baja agua gana el camino, pero si trae agua...
Como el agua no ocupa todo el ancho del camino me muevo por un lateral enganchándome en las zarzas que bordean el camino-barranco. La alternativa a este camino acuático sería coger la carretera hacia la izquierda, hacia Chulilla y luego a la derecha por el camino del eco parque para llegar hasta la carretera del embalse. Es un pequeño rodeo pero te aseguras el paso sin depender de si hay o no hay agua en este camino ni preocuparte por el caudal. En cuanto a la carretera; tampoco es mucho el tramo a recorrer y la carretera no tiene mucho tráfico. Hoy ha habido suerte y he podido pasar, pero siempre está bien tener una alternativa a mano. Además, mejor esta carretera que no la CV 35, todo el rato de subida desde Losa hasta el empalme con la carretera del embalse. Con la bici por dentro del agua, me apoyo en ella para poder sortear las ramas que se adentran aún más en el camino. Por suerte son unos 50 metros hasta que el barranco encuentra una escapatoria a la izquierda y se dirige hacia el Turia después que este deja las aguas del embalse de Loriguilla. Luego remonto el camino y llego a un mirador sobre el meandro y cañón del río, entre el embalse y la entrada a Chulilla.
Es un encajonamiento espectacular. La muela de enfrente se inclina hacia el paso del agua como si no quisiera perderse este soberbio paisaje. Tras esta visita ya entro en la zona conocida pedaleada otras veces. Sigo ascendiendo hasta la CV 35 y ya en ella de bajada hasta la cabecera del pantano allá en Domeño. Como voy muy bien de hora hago un alto en las ruinas de La Venta de Mariano.
Muros de piedra, de esos que reclamaba antes se desmoronan en soledad, con la tristeza de ser olvidados e inútiles testigos del pasado. Ya cerca del final de la ruta me deleito en pasear por este rincón que, como tantos otros, perderemos para siempre a no tardar muchos años. Desde aquí hay unas vistas privilegiadas sobre la cabecera del embalse y la conjunción de los dos ríos que lo alimentan.
También del mutilado castillo de Domeño que agoniza encaramado en su altozano al otro lado de los ríos. Por fin vuelvo a ver el Pico del Remedio; ayer entre la bruma cuando me alejaba, hoy bajo un sol que alegra el día conforme me acerco. Ya solo me queda rematar la ruta paseando junto al río Tuejar, remontando su corriente hacia Calles y deleitarme bajo el otoño que cubre de hojas el camino aunque estemos en invierno.
Una pequeña rozadura en el trasero harán más que insoportables los últimos kilómetros de esta segunda jornada que estoy deseando terminar. La trilogía la cerraré pasadas las fiestas navideñas, al volver a casa. El tren me llevará en sentido contrario al de ayer y bajaré desde Requena a Riba Roja. Aquella historia también os la contaré.




Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1388115

lunes, 13 de diciembre de 2010

Calles-Requena (por Mas del Caballero)

Tiempo de vacaciones, tiempo de pedaladas. Eso creía yo hasta que la cosa se torció un poco por problemas de salud de mi padre. Al final todo solucionado y a terminar las vacaciones sobre la bicicleta. Pero antes de esto las crónicas se acumulaban en mi cabeza ya que estaba sin ordenador donde escribir ni ver las fotos, ni los mapas que me recordaran y me aportaran datos para plasmar lo más fielmente posible el camino.
Tras la batalla de Espadán del sábado, hoy lunes me tocaba una ruta a la que le tenía muchas ganas. Se trata de un triangulo en el que unir Calles, Requena y Riba Roja. En esta primera etapa iba a salir desde Calles y llegar a Requena, desde allí en tren hasta Loriguilla y rematar unos pocos kilómetros hasta Riba Roja. La ruta la tenía planeada, originalmente, por Chera y el Reatillo hasta subir cerca del pico Tejo y llegar a Requena. La información que me facilitó Eva M. al consultarle por Internet una duda sobre la zona, me hizo cambiar la ruta y llevarla por el Mas del Caballero para ver así aquella preciosa zona de interior que me describía. Ese cambio me hizo trastocar también la segunda etapa, la ruta en bicicleta desde Requena hasta Riba Roja, y tocar así parte de la ruta original de la primera etapa pero en sentido inverso, pero eso será otro día. Para ello tendré que subir en tren hasta Requena y luego volver en bici hasta casa para cerrar el triangulo que hoy iniciaba y que tendría mañana el segundo lado.

Así que me ponía en marcha con las primeras luces del Alba en un día fresquito pero que prometía un sol radiante a lo largo de la jornada. Cruzo el pueblo de Calles aún entre sombras que no dejan ver a nadie por la calle, voy subiendo hacia el radio faro y la bruma se empeña en ocultar los rostros de las montañas cercanas y conocidas. Se que están pero casi no las distingo.
Abro un poco la chaqueta para refrigerar el calentón que me estoy pegando en esta subida, no es nada nuevo y además aún me quedan muchos kilómetros de subida por delante. Pero primero disfrutaré en una bajada colosal que me lleva por asfalto hasta Lapuente Alta. Inicio el descenso de este portillo con el Sol intentando superar la altura de las montañas e iluminar el Turia.
No lo conseguirá, o al menos no veré como lo hace pues lo dejaré a mi espalda para seguir subiendo por el camino que lleva a Jórgola. El camino en perfecto estado, casi como los caminos de Espadán. La última vez que subí esto no estaba tan bien el camino. Voy sin cebarme pero a buen ritmo, controlando las pulsaciones y la respiración. La peor rampa de este tramo conocido está justo después del área de Jórgola. La supero sin mayor dificultad y voy llegando al desvío de Las Marianetas.
Es el alto de toda esta muela al sur del Turia y a los pies del Pico Ropé. Luego llego al desvío de fuente Mascán. En estas curvas sombrías el sol no ha secado del todo las lluvias de la semana pasada y hay tramos embarrados que intento evitar cargando con la bici. La kilometrada de la ruta no invita a ir lleno de barro en los piñones, frenos y cambios. Cuando no hay más remedio, paso despacio buscando la parte con menos barro. Pero esto durará poco. Llego a la parte de arriba y a los cruces de caminos. El primero a la derecha lleva a Benageber y fuente Chelva, lo dejo atrás y continúo hasta el siguiente cruce. Izquierda a Chera, Pico Ropé y Reatillo. Este es el que tenía planeado al principio. Pero el cambio de planes me lleva a la derecha, hacia Villar de Tejas.

El camino se mete por una densa pinada a ambos lados de la pista. Algunos muros de piedra, o mejor restos de muros indican donde los pastores levantaron casonas y refugios en tiempos pasados. El sol apenas se filtra entre la maraña de ramas que se elevan muy por encima de mi posición. Gotas de agua cuelgan de las hojas como lágrimas apunto de derramarse. El suelo húmedo compacta la tierra y permite un rodar suave. Y llega el problema. Una señal indica el Mas del Pinar por esta perfecta y preciosa pista, pero el track dibujado por mí me saca de esta estupenda pista y me mete por un camino estrecho en bajada. Poco después llego a un barrizal descomunal y una charca delante de un cable que corta el paso por el camino.
Esquivo lo uno y lo otro y continúo. Aquí, las huellas de los jabalís son patentes en todo momento recorriendo el camino arriba y abajo. La espesa mata de monte bajo impide que los animales se puedan mover entre el monte con libertad, no lo harán a menos que sea imprescindible para evitarnos, así que cuando pueden utilizan el camino. Es una zona que deja una impresión de preocupación en la cara. El sombrío bosque, la humedad y la neblina jugando con los árboles, el silencio que cae como una pesada manta, el camino cortado, la presencia de animales… es un todo que crea una aparente alarma. El mayor problema es que pueda haber un guarda forestal o algo así por la zona, los animales no son peligrosos en campo abierto. Al menos así lo creo. Poco a poco empiezo a encontrarme con un camino que hace mucho tiempo que no se transita; la vegetación va ganando terreno sobre la pista, la estrecha e incluso crece en la parte central. Pendientes muy pronunciadas y con piedra suelta dificultan aún más el avance. Esto unido a las torrenteras que se crean por las lluvias y al fango, me hacen bajar varias veces de la bicicleta. Es un tramo de constantes subidas y bajadas de la bici que me machacan mentalmente. Por fin llego hasta otro cable que corta el camino, esto es la salida de esta zona cerrada. Veo que es una zona completamente vallada, y para colmo pone que el cable está electrificado. No lo creo posible pero por si acaso paso la bici por encima con todo el cuidado del mundo y luego me meto entre los huecos de los alambres hasta sentirme seguro al otro lado. Giro a la izquierda y empiezo a subir la cuesta por un camino abandonado y en ruinoso estado. Ni que decir tiene que este trayecto lo hago a pie y arrastrando la bici.
Un centenar de metros después, pero que en subida parecen una eternidad, llego a otra bifurcación. A la derecha esta vez. El estado del camino no mejora y la pendiente sigue a lo suyo, subiendo sin tregua. Otro centenar de metros largos y ya veo el final de este suplicio. Este tramo de ir a pie cargado con la bici me ha machacado las fuerzas y me ha hecho perder muchísimo tiempo. Al final intuyo que el camino que veo más abajo tiene que ser el que viene desde fuente Chelva. Por lo que sigo elucubrando y pienso que estos terrenos cercanos tendrán que ser los de La Casa de La Capitana. Esta es una explotación ganadera con vacas y puede que con toros, esos sí dan miedo, así que habrá que tener en cuenta las otras alternativas para no tener que entrar por este camino cortado. Tanto por fuente Chelva como siguiendo el camino hacia el Mas del Pinar y que lamentablemente dejé atrás, aunque este debe de tener otro desvío, nos llevarán al punto de confluencia de los tres caminos en el alto, junto a los corrales de Ricardo.
Desde aquí las vistas son impresionantes. Hacia el norte el collado Nieva y el Cerro Alonso se muestran próximos, más allá los molinos eólicos de la zona de Villar del Arzobispo y las primeras estribaciones de Javalambre. Pero hacia el sur el paisaje se magnifica. Abajo del Collado aparece una extenso terreno de cultivo salpicado por islas de frondoso pinar. El color rojizo del terreno y de los cultivos se filtra entre el oscuro verdor de los pequeños bosques que delimitan los campos. Los caminos ondulan entre los campos y se alejan en todas direcciones hasta las aldeas que se distribuyen por este extenso territorio. Villar de Tejas o Estenas se dejan ver en la lejanía.
También diviso, casi escondido entre los árboles mi siguiente destino: El Mas del Caballero. Pero primero pararé a almorzar y reponer algo de fuerzas después de casi 25 Km. de ascensión y un buen tramo a pie cargado con la bici y sorteando obstáculos. Lastima no haber venido por el otro camino que, aunque hubiera tenido más longitud y desnivel, al menos hubiera sido todo pedaleado. Pero ya es tarde para lamentos. Paro junto a los restos esparcidos del corral. A casi mil metros de altitud las condiciones climáticas no tienen que ser fáciles aquí arriba, pero el deterioro que veo de este estupendo paraje no corresponde a la acción de la naturaleza: hay una naturaleza mucho más siniestra en este derribo malintencionado y perverso que ha sufrido este lugar. Por suerte, la naturaleza intenta absorber las piedras que un día fueron suyas y devolverlas al lugar del que nunca hubieron de salir. Esta fusión de naturalezas en un lugar tan solitario crea un clima de sosegado bienestar. Tras el almuerzo y una miríada de fotos continuo camino. Me espera una bajada intensa. Rápida pero no vertiginosa. Además, es un camino desconocido que transito por primera vez, y a parte de los inconvenientes que puedan surgir estoy atento al excepcional paisaje. Ya abajo, en el valle, el camino me lleva hacia el oeste por una planicie. El collado que he descendido se vuelve abrupto a mi derecha mientras los campos se extienden a mi alrededor.
Luego llego al desvío del Mas del Caballero. Una torre aislada da la bienvenida al poblado. Una serie de casas cerradas esperan, en la soledad de estas tierras, un futuro incierto. Despoblado y carente de vida el conjunto de casas se aprieta en torno a la plaza de la Virgen, a los pies de la iglesia, como para darse calor. Una preciosa melancolía se agita en el ambiente, me contagio de una tranquilidad que invita a un prolongado descanso junto al muro que mira la iglesia bañado por el sol. Pero el tiempo no se para tampoco por este precioso rincón y tengo que continuar.
Atravieso toda la aldea para meterme por otro camino abandonado que al final se interna en un campo recientemente arado. Para no tener que atravesar el campo lo mejor es volver atrás y tomar el camino a la derecha dentro del poblado y que nos llevaría a la carretera de Utiel a Requena pasando por Villar de Tejas y Villar de Olmos. En este tramo entre el campo tendré el susto del día: un pinchazo en la rueda trasera obligará al líquido blanco dentro de la rueda a emplearse a fondo. Es mi primera experiencia con los Tubeless y un pinchazo, por lo que no sé como va a reaccionar. Simplemente me pone la bici perdida del liquido blanco y en pocos segundos me olvido del tema, asunto zanjado. Llego a la carretera y giro a la izquierda, me lleva en pronunciado descenso hacia el primer Villar. Esta aldea si está habitada y además no tiene ningún encanto. Las casas no guardan ningún concierto arquitectónico, ni en color ni en materiales ni en estructura. Nada guarda una uniformidad que de encanto al conjunto, todo lo contrario del anterior asentamiento.
Tiene la fealdad de las ciudades pero en pequeño, solo llama la atención, aunque lejos de ser interesante, la plaza de la iglesia con la tasca de la esquina y el gran parchís dibujado en el suelo, por lo que paso rápidamente por el pueblo y sigo las instrucciones en pantalla. Primero el camino sube por un pedregal que a fuerza de potencia y molinillo se puede subir.
Luego este camino me lleva a la aldea de Estenas pasando cerca del Pico Negrete, inconfundible con sus gigantescas antenas afeando la altiva montaña, es el precio de la tecnología. Más tarde el valle se abre y deja ver el camino de bajada. Intuyo Utiel al fondo, quizás algo tapado por la montaña, pero la bruma que cubre el horizonte no permitiría ver nada. El calor que me ha acompañado todo el día no ha sido por la presencia del sol, que, velado por la bruma, se mantenía en un discreto plano. Inicio otra bajada rápida y divertida que me llevará a Estenas pasando por la zona de recreo de Los Mancebones.
Otra aldea en el camino. Me interno en ella para llegar a la plaza de la iglesia, pasar por delante del Olmo centenario y ver la singular decoración de una casa allí mismo. Poco más que aportar tienen estas cuatro casas, pero en la salida hacia Las Nogueras encuentro la fuente, lavadero y área recreativa que aportan un toque paisajístico digno de mencionar.
El paso por Estenillas es superfluo, aquí además, encadeno una serie de caminos sin salida definida, por lo que, al final doy la vuelta y decido continuar por la carretera dado el inexistente tráfico que soporta. Las Nogueras es casi otro pueblo fantasma. Cuatro casas al pie de la Sierra de Juan Navarro donde nace el barranco de los Tornajos que entregará sus aguas al río Magro. Inicio lo que será la última ascensión de la jornada. El camino asfaltado se empina suave pero progresivamente y se mantiene, tozudo, pese a mis deseos para que deje ya de subir. En cada curva quiero adivinar el final, pero tendré que seguir al menos hasta la siguiente curva. Por fin veo un tramo llano y sé que es el final. Este pequeño llano ofrece unas vistas impresionantes hacia el norte y hacia el este. El Pico Tejo, como techo de las cercanas montañas muestra orgulloso su cima junto a colosales montañas que empequeñecen a su lado. El gigante del Cinco Pinos no lo parece tanto al otro lado del barranco del Reatillo. Observo con detenimiento la colosal vuelta que he dado. Veo, completamente al norte el collado donde he almorzado. La caída de esas montañas es el inicio de los numerosos barrancos que conformarán, después, el río Reatillo.
Justo debajo de mi posición está la casa de La Pedriza, esta es una finca de caza ubicada en este entorno privilegiado. Adopto ya la posición de descenso. Los pedales en las calas, de pie y firmemente cogido al manillar. El dedo corazón apoyado en la maneta de freno para una rápida intervención. La posición aerodinámica con el cuerpo vencido hacia adelante sobre el manillar, y la velocidad golpeándome en la cara en forma de viento. Los frenos mordiendo los discos a la entrada de las curvas y las gomas arañando el asfalto como un gato que baja de un árbol buscando el mejor agarre. El golpe de adrenalina es brutal, como la bajada. Ya al final y antes de cruzar la carretera, la vista de la casa de Villar de Salas y su coqueta pinada, son un regalo para los ojos.
Luego el camino se estrecha y discurre junto al barranco de La Casa Nueva. Este tramo de camino en suave descenso invita a dar pedales para adquirir velocidad. La estrechez del camino y algunos tramos con escalones de piedras ponen un toque técnico a la ruta. Pero el paisaje a lo largo de este tramo es precioso.
La interminable sucesión de campos de cultivo enlazandose con solitarias islas de pinos a un lado y otro del barranco son una vendición para las retinas que se recrean en la contemplación del apabullante paisaje. Y como colofón, ya hacia el final del camino una visión salida de otros tiempos ocupa todo el plano a mi derecha.
Una casona señorial de principios del siglo XX se alza como un majestuoso monumento al buen gusto arquitectónico. Quizás algo fuera de lugar por sus singulares, incluso algo excéntricas formas, más propias de los palacios de los zares rusos o algo así que de esta zona a caballo entre la meseta castellana y la planicie costera.
Doy un pequeño rodeo para llegar hasta allí, y es que la visita de esta casona vale la pena. Anexada a ella hay una bodega que puede ser visitada. La vista y las imágenes de la casa son realmente indescriptibles, lo mejor es dejarse llevar por su belleza.
Después de las fotos continúo para llegar hasta Requena, de camino a la estación de tren pasaré por el antiguo convento de San Francisco, que se convirtió en hospital a finales del siglo XIX. Hoy esta en proceso de rehabilitación pero aún queda mucho trabajo por hacer.
Tras callejear un poco llego a la estación del tren. Sentado en un banco daré cuenta de la comida mientras espero al tren que me llevará hasta Loriguilla para terminar la ruta de hoy, ya allí y con las últimas luces diurnas me pondré en camino hacia Riba Roja. Desde el tren veo un paisaje no desconocido pero olvidado muchos años atrás.
Ya en Loriguilla me pongo a pedalear con el ocaso echándose encima a pasos agigantados. Con las luces de la bicicleta encendidas iré viendo como estas ganan protagonismo en cada pedalada ante la creciente oscuridad. Llego a casa completamente de noche, una buena ducha y a dormir tempranito que mañana queda otra ruta memorable. La segunda parte de esta trilogía pedalística.





Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=1388112

miércoles, 30 de junio de 2010

Calles-desvío Ropé-V.G.ElAlto-Domeño

Segunda tentativa nula de esta ruta en la que intentaba subir hasta el 5 Pinos desde Calles. Esta vez el intento era más audaz que en la anterior ocasión. Ya que iba a pegarme la paliza había planeado una ruta de órdago a la grande. Después de subir hasta el V.G. tenía pensado volver dando “un pequeño” rodeo. Adentrarme en la cordillera e ir pegado al barranco del Reatillo remontando hacia Villar de Tejas, pasar por fuente de los Moros e ir hacia la ermita y fuente de la Hoya del Rayo, corrales de Ricardo y volver a subir la cresta de estos montes que sería como la subida hacia el Ropé pero desde el otro lado de la cordillera. Desde allí bajar hacia la fuente de Chelva e incorporarme al camino Benageber- Chera hacia la izquierda, subir hacia los Visos para bajar por el Tiñoso y cerrar el circulo hacia Calles, ahí es nada. 70 Km. del ala y un desnivel que no quiero ni mencionar por miedo a que pueda ser cierto cuando por fin pueda completar la dichosa ruta, si es que algún día me animo a morir en el intento. Tras este segundo fiasco he decidido que esta ruta hay que acortarla sea como sea. Y la mejor manera que se me ocurre es subir en coche hasta el desvío del Ropé- Villar de Tejas y hacer el resto de la ruta, esto, por si solo ya acorta en más de 17Km. la ruta, pero es que le quita un desnivel positivo de unos 650 metros. Esto lo facilitaría todo un montón, aparte de 2 horas menos de pedaleo. Así que ya estoy preparando la “nueva” ruta para cuando se den las circunstancias apropiadas. Pero voy a relataros en que ha quedado la ruta de hoy.
Hasta el Ropé era todo conocido; una subida del 7 pero tendidita y sin grandes rampas. Eso si, sin un solo descanso prácticamente en todo el ascenso. El único descanso es la bajada hacia La PuenteAlta que previamente has subido desde Calles con lo que el desnivel ganado es cero pero el acumulado ya son más de 200. Las sensaciones son buenas en el inicio del camino de tierra. La llegada a Jórgola para almorzar y poner algo de gasolina al cuerpo sin contratiempos. Pero después del almuerzo y a diferencia de lo que me suele pasar, empiezo a notar las piernas cansadas. El agobiante calor tampoco ayuda en nada a paliar la cada vez mayor sensación de cansancio. Tanto es así que pasado el desvío de las Marianetas no veo la hora de parar a descansar bajo una de las sombras que manchan el camino. Casi sentado en el suelo veo como la vista me juega una mala pasada inventando colores en el luminoso cielo azul. ¡Uf! Esto es el principio de una pájara. Agua casi a borbotones para refrigerar el sistema y equilibrar la paleta de colores en mis ojos y en todo el disco duro interno. Recuperadas las fuerzas me pongo a pedalear pero ya estoy pensando que esto es una locura. Decido darme un margen antes de tirar la toalla. Quiero llegar al desvío del Ropé con el camino de Villar de Tejas, allí decidiré qué es lo que hago.
Voy subiendo tranquilo, sin forzarme para intentar recuperar sensaciones de pedaleo, pero las piernas son de corcho pan desde hace un buen rato y las posaderas ya ni sienten ni padecen. Llego al desvío. Me tiro de cabeza a la sombra de los pinos para decidir, mientras seco la camel back, si continúo o si me vuelvo. La decisión ya estaba tomada pero no quería admitirlo sin haber luchado un poco. Un nuevo amago de desfallecimiento me dará la puntilla para corroborar la decisión que había tomado mientras hacía este inútil esfuerzo. La inteligencia del cuerpo en avisar con estos amagos es sorprendente. Lo estúpido es no hacerle caso. Vale, mensaje recibido con acuse de recibo y por duplicado. Paro el GPS y le pongo la alternativa en pantalla. Esta alternativa era por si tenía tiempo y ganas de otra aventura algún otro día, pero visto lo visto o es hoy o no será mañana. Retrocedo hasta el desvío de las Marianetas, camino de bajada que me hace disfrutar de la bajada técnica en que se ha convertido este tramo de camino por culpa de la gravilla. Ya en el desvío, por este camino hacia la Balsa de Cargas. Llego al siguiente desvío en mitad de una larga recta hacia la fuente de Juan Gijón. Entro en un camino bastante más deteriorado que este por el que venía. Llego a otro cruce y este si que es (creo), el indicado hacia la fuente. Lo dejo a mi derecha y continúo recto, enseguida otra bifurcación que tomo a la derecha. Según “Treki” el de la izquierda es por donde volveré después de visitar el V.G. de El Alto.
El camino va empeorando por momentos, el firme, a fuerza de no transitarlo está siendo tomado por la vegetación autóctona en un intento de recuperar lo que siempre fue suyo y que los humanos tomamos al asalto por la fuerza bruta. Ya veo al frente la inconfundible silueta del mojón blanco coronado por cilindro del mismo color.
Las montañas ondulan a un lado y otro de los innumerables barrancos que nacen a esta altitud y se despeñan ladera abajo en busca de un río taponado por un embalse en este lado de la montaña. Llego al camino de acceso al V.G. La pendiente y, sobre todo, el bosque de matorrales que pueblan el camino y las orillas del mismo, hacen imposible subir con la bici así que pie a tierra y a subir andando. Tan solo son unos cien metros sin mayor dificultad que algún arañazo en las piernas con los matorrales. Llego arriba para contemplar extasiado la panorámica que se ofrece del pantano de Loriguilla.
La “barrigona” montaña no permite una vista de caída libre o cortado sobre el pantano o sobre el barranco, el desnivel se desliza progresivamente por la ladera de una montaña que se corta unos metros más a mi izquierda en aquel acantilado que descubrí el año pasado cuando subí desde la Balsa de Cargas; entonces no llegué hasta aquí por desconocimiento pero las vistas del cortado eran espectaculares aunque no se veía claramente el pantano.
Hoy sin embargo tengo visión periférica de 360º. Y la claridad del día permite ver bastante bien en la lejanía. La Carrasquilla hacia el Sureste tapando el Pico Hierbas, el Ropé al Sur, a su izquierda el Tejo indicando la línea del embalse de Buseo, el Negrete al Oeste con sus antenas sobresaliendo por encima de la cordillera del Tiñoso y los Visos. El Remedio de Chelva, el Castellano, Javalambre o el Toro hacia la parte norte, y La Calderona deslizándose hacia el mar completan mi rápido recorrido del paisaje. Bajo mis pies el embalse de Loriguilla es una mancha azul intentando rellenar el verde vacío entre las montañas.
La capacidad del lago con las aguas de este invierno y la primavera ha aumentado hasta cotas olvidadas desde hace años. Aún podría ser mayor de no ser porque la presa no puede, por problemas técnicos, albergar todo el caudal que ha soltado el pantano de Benageber, aguas arriba del río Turia. Una rapaz me sobrevuela como si quisiera asegurarse de quien ha venido a contemplar su territorio. Se desliza por el aire con exquisita delicadeza orgullosa de su vuelo y de su territorio. Me encaramo al pilar para gozar de todo este paisaje, allí sentado y contemplando casi el infinito pasaré unos minutos escuchando la naturaleza que bulle a mi alrededor.
Casi adormecido por el cansancio y el fustigante calor, me sumerjo en la sombra de los potentes aromas que emanan de la vegetación recalentada por el Sol y que todo lo cubre. Salgo de mi ensoñación, pues toca volver. Sigo el camino marcado en el GPS y que le da la vuelta a esta montaña. Bajo hasta la bici y continúo hacia delante en una bajada rota que me muestra otro tremendo barranco a mi derecha. Llego a un lugar sin salida para comprobar que me he pasado unos metros el desvío a la izquierda. Retorno para tomar el desvío en un camino aún más roto y deteriorado que este. Pronto se vuelve intransitable pero como va de bajada me animo a sortear baches, piedras y ramas en mitad del “camino”. Tras una bajada un tanto loca, y viendo lo que me espera al otro lado del barranco, decido dar media vuelta y volver por donde he venido. En la otra ladera se ve un camino a lo lejos, pero por donde llegar hasta allí es lo que resulta complicado.
Arrastro un tramo la bici y llego otra vez hasta la base de la montaña, desde aquí ya es otra vez ciclable el camino. Voy dejando atrás los cruces y por fin llego de nuevo al camino principal, lo tomo a la derecha, hacia las casas de Romero que es donde está aquel “mirador” que me inventé sobre el barranco. Hoy no voy a parar otra vez allí. Continúo hacia la bajada de la Balsa de Carga. Cuando empieza la bajada me sorprendo del estado del camino. Nada tiene que ver con aquel pedregal que subí a duras penas el año pasado. Ahora es casi una autopista forestal. Ancho, sin baches, con buen firme y con la gravilla muy prensada, lo que da seguridad bajando. Desde la primera curva la vista del valle es imponente.
Tengo que tirar de freno ante la aceleración de la bici que no ve peligro alguno en las curvas. En un suspiro llego al canal principal del Turia que aquí se hace visible durante un buen tramo. Desde Benageber viene horadando la montaña y haciéndose visible solo en algunos tramos. Junto al canal tomo el camino de la derecha hacia la Balsa. Un poco más allá una puerta de hierro me cerrará el paso dejándome con las ganas de comer en un lugar tan especial. Así que media vuelta y todo para abajo en una bajada vertiginosa que solo romperé para contemplar la imagen del Turia abriéndose paso entre la vegetación.
Llego hasta el río y lo cruzo para ir a comer a la zona de Las Riberas. Fuente, comedor y refugio en una zona de arboleda junto al río, donde los eucaliptos mecidos por la brisa dejan andanadas aromáticas que saturan el lugar. Cuando no, los pinos, recalentados por el intenso Sol, son los encargados de aportar un toque de fragancia a la pesada atmosfera que se respira ahí afuera lejos de este vergel de frescor y paz entre los pies de las montañas y el río.
Después de comer sigo la rutina del grupo y me acomodo sobre los bancos para una ligera siesta. Pero mi cabeza flota en la paz del lugar, más interesada en captar el momento que en desconectar de él. Así que me levanto y paseo un poco por la zona capturando alguna imagen para el recuerdo.
Mi dilema ahora es: voy hacia la PuenteAlta remontando el río y luego subo hacia el radiofaro y me marco una bajada memorable, previo pago de la subida, o bajo junto al río hasta la Cola de Caballo y desde allí rodeo Domeño para remontar el río Tuejar, casi llano, hasta Calles. Con lo justo que voy de fuerzas me decido por la opción más llana que además tiene la mitad de distancia. Admiro en este paseo de regreso a casa la belleza del cañón del Turia y la fuerza que aún atesora a pesar de ser un río domado y completamente vertebrado para uso principalmente agrícola.




Me fascino con las paredes de “ladrillos” que hacen de la montaña un muro en el que poner pieza tras pieza para una finalidad totalmente desconocida para mí. No sé que se propone la naturaleza a no ser demostrar que es mejor arquitecto que los hombres. Por fin voy acercándome a casa pensando únicamente en la cerveza fresquita que me voy a tomar metido dentro de la piscina mientras mis piernas descansan de esta tortura a la que las he vuelto a someter. Flashes de lo que he visto hoy me asaltan en la última rampa para hacer más llevadero este desnivel que ya huele a cerveza. No veo el momento de volver y retomar la aventura que hoy no he podido culminar.