lunes, 22 de agosto de 2011

Embalse Benageber-Los Visos (por Aerodromo Benageber-Aldeas)

Esta era otra ruta de las marcadas en rojo en la agenda vacacional. Los lugares a visitar, la presencia del embalse de Benageber y sobre todo conocer, por fin, la bajada por los Visos a ver si es o no ciclable.

Así que salgo temprano de Calles para llegar en coche hasta el embalse e iniciar la ruta a las 9 en punto. Tengo previsto llegar a hora de comer aquí mismo, así que el bocata y la cervecita los dejo en la nevera con hielo y me pongo en marcha cruzando el túnel que sube hacia Utiel.
Sobre la montaña se asienta la enorme mole que un día fue la fábrica de material para la construcción de la presa y que se nutría de la propia montaña. Hoy son solo fantasmas de hormigón y ventanas muertas. Comienzo la ruta en subida, por asfalto, por carretera. Todo bloqueado para minimizar el vaivén y una cadencia alta que romperé varias veces ante las increíbles vistas que se ofrecen. El sudor no tarda en perlar mi frente a la primera de cambio y casi instintivamente el primer trago de agua. Un par de curvas después un desvío a la derecha indica al barco solar y varias áreas de recreo, entre ellas el charco negro. El centro de vacaciones y el poblado obrero quedan arriba, sigo bajando para acabar el asfalto y entrar en una pista de tierra en perfectas condiciones.
Curveo con el camino entre la pinada con el embalse ofreciéndose a la derecha. Algo después otra bifurcación: derecha baja a la fuente Muñoz y el barco solar, el track indica izquierda hacia la Pardala. Primero voy a bajar a la fuente a reponer agua fresca. La zona de la fuente es una zona de acampada y algunas tiendas crecen como setas sin orden ni concierto. Lo lamentable es la sensación de haber sido tomada al asalto y que casi quita las ganas de llegar hasta la fuente, mucho más si miras el estado de guarrería que hay junto a algunas tiendas que casi están comidas por la basura a su alrededor. Los contenedores y sus alrededores repletos tampoco invitan a acercarse a depositar la basura y es que las administraciones deberían tomarse esto mucho más en serio y poner un servicio de recogida en estos lugares. La alegre y rápida bajada voy a pagarla ahora en la subida. Es un tramo similar a la primera subida de la carretera. No es tan larga como me había hecho creer la velocidad de la bajada. Llego al desvío y ahora sí que voy hacia la Pardala, el indicador del charco negro no aparece ya por ningún sitio, esto y la manía de no poner las distancias hasta las zonas o fuentes indicadas evita que lleguemos a conocer muchas de ellas por no lanzarnos a la aventura.
Sigo ciñéndome a las curvas de la montaña en los pasos por los barrancos, oteando a mi izquierda los peñascos que se elevan y marcan la cima desde esta perspectiva. Me queda un mundo por subir. En un tramo de ligera bajada me paso el camino a la izquierda que sube y se interna en el bosque. Sigo bajando hasta fuente MIguel, el cartel está pero la fuente no la veo por ningún sitio, y al consultar en el “Treki” descubro que me he pasado de camino. Vuelvo atrás y tomo el camino que ahora sale a la derecha en estado latente de abandono.
La vegetación va tomando el camino poco a poco y el firme se descarna azotado por la intemperie y la falta de paso que compacte la tierra entre las piedras. En más de una ocasión tengo que poner pie a tierra, no porque la pendiente sea muy dura; para quienes estamos acostumbrados a rodar por montaña no es una subida exigente, pero la agresividad del firme con piedras y roderas es lo que te obliga a buscar la trazada perfecta, si no la consigues la poco velocidad te hace perder el equilibrio, que quizá a golpe de potencia puedas superar una vez, pero una piedra o una raíz más allá se hará insuperable, tarde o temprano acabas por bajarte. Esta es la parte más difícil para mí. Siempre supero mejor las rampas encima de la bici, además cuando me bajo es como una losa en mi moral, una ralentización que no tenía prevista, una parada que me saca del programa, pero es lo que hay, si no quiero encontrarme estos problemas mejor me quedo en casa. Acarreo la bici hacia arriba entre las piedras, parando para contemplar las vistas que se van elevando por encima de las montañas al otro lado del pantano. El camino pasa diversas zonas de pinar y cruza un pequeño barranco aquí arriba. Pero todo se termina, así que la subida también. Acaba junto a una zona asfaltada que es el extremo oeste de la pista de aterrizaje. La larga lengua blanca de tierra se extiende hacia el infinito, ya que no se ve el final debido a una ligera cresta hacia el centro de estos 800 metros de pista. Casi por el centro hay una caseta y detrás unos depósitos de agua y una especie de pista auxiliar para el mantenimiento. La continúo hacia la parte más oriental, la que tiene las vistas al embalse... y conforme me acerco empiezo a alucinar.
El cortado que se produce de repente es enorme. Abajo, el lago es una enorme mancha azul dibujada sobre el verde de la frondosa vegetación. Una línea rojiza de tierra separa y contrasta los colores. En el centro la isla. A su derecha la escapatoria natural del embalse siguiendo el curso que labró el Turia y que parece doblegar el mundo. A la izquierda el enorme tajo por el que el río entra en este valle a modo de embudo y lo llena. La montaña de enfrente oculta las casas de la Tartalona, estupendo lugar de acampada años atrás y hoy en desuso y estado de abandono, una próxima ruta por allí espera en la memoria del GPS. Por encima de las montañas de enfrente el mundo es infinito, o casi. Desde el Pico Ranera más allá de Talayuelas y su laguna hasta el Pico Remedio, o los molinos de Higueruelas o Aras, o el Toro, o… Almuerzo bajo los pinos con las increíbles vistas del embalse saturando mis retinas. Luego unas fotos y me hago a la idea de que hay que ponerse otra vez en marcha.
Atravieso otra vez la pista y cojo un camino a la izquierda justo enfrente del que me hizo llegar aquí arriba. Esto si es un camino en toda regla. Me topo con varios campos sembrados de viñas aquí arriba. No deja de sorprenderme los lugares, a veces, tan inverosímiles donde hay campos de cultivo. El camino comienza a bajar y pronto se convierte en pista de asfalto. Veo a lo lejos una pequeña aldea pero con la inercia y la velocidad de la bajada llego rápidamente hasta ella. Esta aldea es Villanueva. Una serie de casas en verdadero estado de abandono se apilan en un extremo de la aldea mientras en el otro lado casas nuevas se alinean unas junto a otras. Es como si la suerte fuera por barrios.
La pequeña ermita se levanta en primer lugar a la derecha junto a una buena sombra. La visita no da para mucho más pero deja un agradable recuerdo en la memoria y en formato digital. Sigo el descenso hasta la carretera de Utiel. Giro a la derecha y subo una rampa, al terminarla tomo el camino de la izquierda y este pronto se deja notar por el firme roto.
Es el camino de la Mariana y tras su visita a un campo de girasoles se mete enseguida entre la pinada.
Luego esta desaparece y sigo por un tramo de bosque bajo con piedras a modo de cuchillas en el camino. También me bajara un par de veces del sillín. Y poco a poco voy llegando a la aldea de Cortes.
Las viejas paredes se desintegran para integrarse en la naturaleza, en la montaña. Piedras con piedras. Entre la aldea y el camino el barranco de Cortes, que se alimenta de las aguas de la sierra del Negrete. La arboleda y la cañada no pueden negar la existencia de agua, como tampoco el depósito de agua que se ve en lo alto de la loma.
Allí me dirijo para llegar a la fuente de los Tornajos. 
Un fresco manantial que me permite recargar la camel con agua fresca y deliciosa. Al lado un refugio cubierto con una chimenea. Tras la visita continúo subiendo, la tónica de hoy son rampas sin un desnivel demasiado fuerte y fácilmente superable, el problema es la acumulación de rampas y el desnivel que se carga en las piernas. En todo caso el firme está en perfecto estado y subo a ritmo, no es cuestión de coger otro calentón con la que está cayendo desde “Ca Lorenzo”. Con todo y con eso la altitud media de la ruta permite que la más minima brisa se note rápidamente sobre la sudorosa y recalentada piel. Poco después llego al cruce aquel al que llegue en la ruta desde Calles a Benageber por detrás de la Atalaya. Ahora giro a la izquierda y tomo un camino en constante bajada. Si el firme estaba bien y me permitía coger velocidad, no es nada en comparación a cuando llego a la parte asfaltada. Más de 65 por hora me dibujan una sonrisa y un “uuuuuuuuuuuuuuuuuuuh” se eleva desde el centro de mi pecho hasta moldear la boca en un grito silencioso que sin embargo no me deja oír nada más durante unos segundos. Tiro de freno a la vista del stop que me deja en la carretera que baja hacia el embalse y Tuejar, yo en cambio giro a la derecha hacia Benageber. Entro por la aldea de Nieva antes de llegar al pueblo. Esta aldea, al contrario de las otras, no está abandonada sino muy viva. Tras el pueblo la ermita de san Isidro y enseguida a la izquierda la señal que indica chorros de Barchel. Siguiendo el camino principal y descartando otros caminos, la montaña baja, mejor dicho, despeña el camino por sus laderas hasta la cadena que cierra el paso a las casas de Barchel.
La abandonada aldea, o al menos eso dice el cartel, es propiedad privada. Poco después de la cadena hay una casa nueva antes de cruzar, por encima de unos troncos, el curso de agua que abajo de la montaña se convierte en los chorros. Junto a la casa sale a la izquierda la senda que baja hasta la misma cascada de agua. El camino no me permite bajar con la bici a la vista de la estrechez del mismo. Esto ya lo sabía y, aunque la visita no la tenía prevista he decido hacerla a tenor de lo bien que iba de tiempo, ahora tengo que volver atrás. La subida es exigente de verdad, las peores rampas que me he encontrado hoy, para no tenerlo previsto no ha estado mal. Algunas rampas son duras y la calina que está cayendo me quema tanto por dentro como por fuera, eso hace aún más dura la subida. El sudor empapa la camiseta y solo deseo una brisa de aire para refrigerar. Paso una curva asfaltada y enseguida tomo un camino a la izquierda. Unos metros después hay una bifurcación del GR 7. Tomo el camino de la derecha y empiezo a rezar para que sea ciclable hasta abajo. La pinada se acaba pronto y el sotobosque se hace dueño de los márgenes del camino. Los pequeños pinos crecen fuera del alcance del camino por lo que no dan sombra.
En algunas curvas las vistas sobre las casas e incluso el río más abajo son magníficas, grandiosas. La bajada comienza a ponerse brava. Muchas piedras sueltas y mucha pendiente. Si no voy con cuidado acabaré con los huesos en el suelo. Sujeto los caballos que intentan salirse del pedalier o de los bujes. Tiro del freno trasero más que del delantero que lo dejo correr para que tenga inercia al llegar a los baches. En las curvas de herradura aprovecho todo el ancho del camino para no cerrar la dirección. Incluso con eso cargo el peso sobre el tren trasero para equilibrar inercias y no salir por delante. Conforme voy bajando el rumor del agua se eleva desde lo más profundo de la garganta del Turia. Sin darme cuenta me he acercado hasta el camino de servicio del canal o de Barchel. Estoy a punto de cerrar el círculo, de descubrir que este camino de los Visos sí existía y es ciclable. Es como el camino de las Cortinas, una tortura para subir y un examen de técnica para bajar. Al enlazar con el camino giro a la izquierda y remonto el río que ruge a mi derecha. Enseguida llego a la catarata.
El musgo que cubre la pared y por la que se desliza el agua parece una mullida y suave manta que invita a hundirse en ella. Eso si, el agua está helada y por desgracia no hay musgo en el suelo. Sigo el camino para ir ascendiendo poco a poco hasta la presa del pantano y concluir la ruta. Antes me encontraré con algunos de los cortados más impresionantes que ofrece esta garganta.
La foto de la piedra flotante no podía fallar. Después de eso ya queda poco, solo unas pedaladas más y la cerveza fresquita que tengo en el coche metida en hielo estará en mi mano, y la ruta termina.
A la vista de la presa y del inicio de la garganta es hora de empezar a rememorar los recuerdos y elaborar los esbozos de esta crónica, las fotos que aguardan en la cámara casi saltan a mi memoria para desgranar los intensos instantes de esta preciosa ruta que recordaré por mucho tiempo.






jueves, 18 de agosto de 2011

Libros-Aras (Límite Provincial hasta el puente del Marqués)

Estaba ante la etapa reina de estos días de vacaciones; no por ser la más dura ni la más larga, sino porque era la más esperada e iba a transcurrir casi toda por terreno desconocido, y porque tenía muchas ganas de conocer, no en vano es la primera etapa de la ruta del Turia valenciano, un recorrido que he diseñado para conocer el río Turia desde que se adentra en tierras valencianas hasta el mar, pero ya hablaremos de ese proyecto en su momento, ahora vamos a la ruta de hoy.

La logística de esta jornada necesitaba de la ayuda de alguien que me dejara en el punto de inicio y me esperara en el punto final de la ruta. Ese papel le toco a Carlos que me hace el favor, el inmenso favor, del traslado, interrumpiendo sus vacaciones por unas horas. A las 7.30 de la mañana paso a recogerlo por Aras y nos encaminamos hacia Libros, junto al cartel que anuncia la separación entre las provincias de Valencia y Teruel. Es el punto de inicio.                                     
No hay pérdida. Carlos regresa a Aras y yo emprendo la ruta por la carretera para girar, unos metros más adelante hacia la izquierda y cruzar el puente sobre el río que me regala las primeras vistas de las rojizas aguas. Unos metros después tomo un camino a la derecha que me lleva en sentido descendente acompañando las ahora lejanas aguas del río. Sin embargo el camino no se sale del lecho del río. En toda esta zona la vega del Turia tiene una considerable anchura y es un huerto de formidable abundancia en los mil y un campos de cultivo. Pero de todas formas lo que más llama la atención es la asombrosa cantidad de árboles, sobre todo chopos o similares que prácticamente delimitan las orillas del cauce. Es una estampa que me traslada a los veranos que pasé en el pueblo de mi padre y que me traen a la memoria, sobre todo olfativa, este dulzón aroma de las hojas de los chopos que había junto al río blanco allá en Royuela. Todos estos árboles de ribera, que no sé distinguir, toman la denominación de chopos sacada de mi memoria infantil bajo su refrescante sombra.

A mi espalda las montañas se elevan hacia las cumbres de la sierra de Javalambre que aún me ocultan del sol a este lado del río. Al otro lado, las montañas me permiten ver la erosión a la que los elementos las someten a diario, ese es el motivo de las rojizas aguas del río transportando las fértiles tierras disueltas para depositar sedimentos en la rica llanura aluvial del Turia poco antes de vencerse al mar, o al menos así fue durante miles de años, luego llegamos nosotros y transformamos su cauce con embalses y acequias que interrumpen su transito y lo secan sin dejarlo conocer a su salado hermano mayor. Esta visión de montañas horadadas y surcadas, hendidas y arrastradas será una constante en toda la ruta, y la fuerza del agua se mostrará poderosa en aquellos lugares donde las montañas se atrevieron algún día a intentar interrumpir su paso.
La vega de otro río se acerca por la izquierda y muestra el cauce seco y revuelto del río Riodeva. Enseguida llego a Torre Alta, una pequeña aldea al norte de la población principal que es Torre Baja.
Destaca la casa señorial y la parroquia en la calle principal que es de obligado paso por el camino de la Vera Cruz que está indicado en todo momento.
Sigo con mi placido y tranquilo pedaleo por un terreno que apenas tiene algún repecho y por un firme en perfectas condiciones. No hay prisa así que me dedico a parar y admirar el paisaje, a tomar la ruta como un paseo. En los lugares que me acerco al río dejo pasear el olfato por este torrente de agua dulce y hojarasca embebida que pronto será sustento de los árboles cuando lleguen los primeros fríos. El contraste de colores es increíble. Las rojas montañas, los mil y un verdes de los mil y un tipos de vegetación que pueblan todo a mi alrededor, los terrosos tonos del río, el gris de las hojas de los olivos y de los chopos vistas al revés, el azul del cielo y las blancas nubes que se oscurecen por momentos... y el salvaje fuego solar que sigue su avance por el cielo como yo el mío por el camino. Los dos buscamos nuestro destino con determinación aunque en sentido contrario.
En Torre Baja paro en el polideportivo bajo la sombra de los árboles a almorzar. Un lugar precioso y con un centro de interpretación de flora. Aquí se une al Turia el río Ebrón que llega por la derecha y con una vega tan ancha como la del primero.
A la salida del pueblo la pequeña ermita de san José.
Luego el camino se bifurca y tomo el de la izquierda bajando hacia el molino del Señor, una preciosa casa en estado de restauración para acoger turismo rural.
Enseguida otro puente de madera cruza el río dejando una preciosa estampa de la arboleda alineada y en perfecto estado de revista.
A partir de aquí el cultivo principal cambia y los manzanos y perales se hacen dueños de estas tierras. El río gira más al sur y pronto se dejan ver, colgadas de la ladera de la montaña, las primeras casas de Ademuz.

Un pequeño azud decanta las aguas en una deliciosa cascada que hace cantar las tranquilas aguas a la entrada del pueblo. Las casas se arraciman y se derraman a los pies de la Atalaya que se eleva hasta los casi 940 metros de altitud y que corona la montaña con su pétreo tocado. El encanto del pueblo es indudable, tanto que me prometo una visita más rigurosa. El río Bohigues también vierte sus aguas al Turia y acrecienta su caudal.
Con el pueblo a mis espaldas me dirijo hacia el viaducto que hace unas horas pase por arriba con el coche. Un área de recreo junto a la piscina se asoma hasta la orilla del río. Al otro lado la imponente mole del Pico de la Muela. El camino aquí se hace cemento hasta la cercana Casas Altas y emprende una zona de suaves repechos por la ladera de la montaña. Luego diviso el pueblo a la derecha y poco después el desvío a la izquierda que indica la fuente vieja. El problema es que no indica la distancia a la que está. Una pena pues muchos, incluido yo, pasamos de largo y no nos aventuramos a un recorrido incierto. Solo al llegar al puente que entra en Casas Bajas encontraré las indicaciones que sitúan la fuente a tan solo 400 metros. Ante esta distancia decido retroceder y llegar hasta la fuente y lavadero. Menos mal que decido regresar pues es una de las joyas que encontraré por el camino.
El viejo lavadero restaurado es una delicia arquitectónica, la fuente es un manantial de apetecible agua limpia y fresca, deliciosa. Las balsas que servían como lavadero resplandecen bajo la poza que las cubre. El tejado de madera entramada destila un sabor añejo como las casas de nuestros abuelos, casas de pueblo, casas viejas que crujen y cuentas historias entre las viejas vigas carcomidas, pero que saben acunar y arropar como nadie. Tras la visita retrocedo hasta Casas Bajas pues ya había llegado allí. El camino del río acaba aquí. Al meno si no quieres retroceder. La única opción es la carretera. La N 330a. La carretera apenas tiene tráfico, es casi una carretera turística que discurre pegada al río. Emprendo el transito por asfalto que poco a poco comienza a picar hacia arriba.
Las espectaculares formaciones rocosas en las que han acabado las erosionadas montañas son un verdadero imán para la vista que se recrea en los innumerables escondrijos y recovecos entre las rocas. A la izquierda el río canturrea oculto entre los árboles, solo se deja ver en contadísimas ocasiones. Viene la divisoria y entro en la provincia de Cuenca que me acoge con un par de túneles. La carretera empieza a ponerse seria en cuanto a porcentajes y obliga al bloqueo de las suspensiones que no serán necesarias en los siguientes Km. El clac clac de los grif shift retumba entre el valle y la montaña para corroborar, con la suavidad del pedaleo, que he engranado piñones arriba. Acomodo una cadencia soportable y nivelo las pulsaciones para subir a ritmo. Estira empuja. En estas estoy cuando empiezo con un festival de paradas fotográficas que me hace temer por el tiempo que emplearé en la ruta. Vuelvo a empezar a pedalear con una sierra en las pulsaciones y la cadencia. Es imposible acomodar un ritmo ante tantas paradas.
Curvas de 180 grados se enlazan unas con otra y la pendiente se encabrita. El sol cae a plomo y el calor aprieta, no hay más apoyo que el paisaje alrededor para dejar de pensar en el esfuerzo de la subida. 
Ya arriba las espectaculares vistas en todas direcciones alcanzan hasta los molinos eólicos de la muela de santa Catalina allá en Aras, mi lugar de destino, pero las vistas que caen hacia el fondo del lecho fluvial son impresionantes en todo momento. Siguiendo el curso del río, Santa Cruz de Moya se encarama a la loma de la montaña, es como un pequeño Ademuz por su forma. La bajada espectacular deja una sensación de corto regocijo. Ya en el pueblo decido continuar por la carretera y no entrar al pueblo en busca del camino que previsiblemente conectará con la vecina aldea de Las Rinconadas. Como en la ruta no dependo solo de mí sino que tienen que bajar a buscarme decido no parar a investigar y estar a tiempo en el punto de encuentro. La carretera es más rápida y el escaso tráfico sigue siendo la tónica general.
Llego a la aldea que se escampa por el valle entre el río, la montaña y el pueblo. Aquí ya no hay alternativa, tiene que ser la carretera que, pasando por el puente sobre el Turia, llega hasta Aras y se convierte en la CV 35 al entrar en Valencia. Empiezo otra vez a subir progresivamente. Poco después la garganta del Turia muestra una de las imágenes más bonitas de la ruta. Una grandiosa obra de ingeniería une las dos márgenes del río en un puente colosal. Ciertamente, lo realmente grandioso y colosal es la ubicación, el entorno, el paisaje, el impacto visual que te sacude.
El puente de cemento tampoco desentona demasiado entre las paredes rocosas y no rompe en demasía la estética del paisaje, o quizá puede que incluso lo estimule. Sea como fuere el caso es que la imagen es de las que se graban en la retina.
Mil fotos después y desde todos los ángulos posibles continúo subiendo y encontrando huecos entre las montañas que me siguen mostrando el tremendo tajo entre las montañas unidas entre sí.
Llego arriba y entro en la provincia de Valencia, un paseo por tres provincias en una mañana. Poco después un cruce de caminos y el de la derecha baja indicando Los Rubiales y Los Mangranos. La pista de graba está en perfecto estado pero no hay que confiarse a la hora de frenar pues es más fácil derrapar de lo que parece, y por tanto perder la capacidad de controlar la bicicleta. La bajada es larga y bastante segura si se anticipa lo suficiente la frenada. Me acerco al campamento de Los Rubiales para descubrir toda el área de recreo: fuentes, paelleros, mesas, un refugio cubierto, aseos y una balsa. Decido parar aquí para comer bajo la sombra de los pinos. Tras la comida continúo en descenso para llegar al albergue de Los Arces y acercarme al mirador que ofrece soberbias vistas sobre el cañón del río. Continúo bajando y llego al desvío de Los Mangranos. Voy con tiempo suficiente para acercarme a ver este camino y descubrir los magníficos rincones que ofrece este paraje junto al río.
Primero llego a la zona de Los Mangranos, un lugar idílico con una fuente fresquísima y un refugio cubierto y con literas. Continúo adelante para llegar hasta el área de La Cocinilla. El camino acaba aquí pero la senda sube hacia arriba y comunica con la carretera cerca del puente sobre el río.
Aquí hay otro refugio pero la fuente está seca. También hay un árbol catalogado de monumental, es el gran pino de la Cocinilla.
Regreso para enlazar con el camino principal y seguir hacia el puente del Marques, punto final de la ruta. Antes acabaré de recorrer esta parte nueva de la ruta, un tramo de camino más largo de lo que pensaba hasta el enlace del camino que baja desde La Travina. Ya aquí es zona conocida y me quedan escasos minutos para terminar esta inolvidable ruta. 





martes, 16 de agosto de 2011

Calles-Losa del Obispo-Calles

Hoy tocaba madrugar. La experiencia fallida el otro día en Tuesa me obligaba a comenzar un poco antes las rutas cortas y así ganar algo de tiempo para llegar sin problemas, o al menos intentarlo, a hora de comer.

La ruta programada para hoy me llevará a Losa del Obispo por la antigua CV 35, después subiré hacia la muela de Losa para ir a conectar con el camino de las Saletas y llegar otra vez a Calles con el menor recorrido posible por carretera. Vamos al principio.

El día amanece con nubes bajas que encapotan el cielo, no amenazan lluvia, solo calor, pero de momento salgo de casa con la bendición de no rodar bajo el sol de justicia que me acompañará a la vuelta.

Acompaño al río Tuejar un poquito y luego salgo a la antigua carretera que ha quedado como vía de servicio hasta la cola del embalse de Loriguilla, cruzo el puente sobre el azud del Tuejar antes de unirse al Turia y remonto la cuesta. Sigo por la antigua carretera que baja, hasta cruzar el barranco del Agua Salada por primera vez en la jornada, y luego remonta con el asfalto herido de muerte por la vegetación que crece entre sus grietas y que lo aprisiona desde los márgenes. Los desprendimientos de rocas que tapan esta parte de la carretera siguen allí desde que los vimos hace 5 años en la ruta Transpantanaica http://rodaipedal.blogspot.com/2008/04/transpantanaica-loriguilla-benagber.html
Llego arriba para dejar esta carretera secundaria y meterme por el arcén de la CV 35. Al menos tendré que rodar dos Km. para llegar al desvío del Pantano de Loriguilla ya que no hay ninguna forma de unir Calles con Losa que no sea carretera, para eso precisamente es esta ruta, para encontrar caminos. La carreterita esta desciende hacia el embalse con una caída progresiva pero contante, me desviaré a la izquierda unos Km. más adelante. El camino también en bajada y con un firme en muy buenas condiciones, se adentra entre cultivos de oliveras, almendros y algarrobos; estos últimos no suelen estar presentes más arriba.
El camino me encara a veces con la muela del embalse, inconfundible con su característica forma. Otras veces vira hacia el este para dejarme delante las montañas más cercanas a casa pero dificiles de ubicar con el día brumoso de hoy. Voy siguiendo una flecha roja que desde hace algunos giros me indica el camino a seguir como si supiera adonde voy. De momento el “Treki” no la contradice y allá que voy. El camino cruza el barranco de la Cueva la Mora aquel que crucé más abajo y con más agua en la ruta que me trajo desde Riba Roja a Calles en aquel tríptico que se completaba con la ruta de Calles a Requena, de estas rutas hay buena cuenta en este mismo blog. El caso es que aquí hay menos agua y además no tienes que entrar por dentro del cauce, así que concluyo que este camino es mejor. Poco después bordeo una cantera en la que o bien han cesado la explotación o está inactiva por vacaciones, sea como sea la tranquilidad y ambiente limpio se agradecen. Justo arriba la primera está la ermita de los dolores, primera parada programada y lugar elegido para almorzar. Entro hasta el pueblo para encontrar la subida que llega arriba pasando por el cementerio. El paraje es una maravilla.
Una pinada rodea una zona de mesas, una fuente, y el vía crucis que culmina en la pequeña ermita, solo algo más grande que las estaciones de penitencia. Lo cuidado del entorno contribuye a la paz que siempre transmiten estos lugares. Tras el almuerzo atravieso el pueblo y salgo junto a la piscina municipal y la fuente de Santa María con su fresca agua. El Sol ya ha hecho acto de presencia y se deja notar sin ningún tipo de tregua. Dejo atrás el camino de servicio del canal que ya tomaré otro día y continúo hacia la Canaleta.
Enseguida otro camino a la derecha y enfilo la subida que llega a la casa blanca que hay arriba y es visible desde la carretera. Siempre había pensado que aquello era una ermita o algo parecido pero se trata de un chalet ubicado en un lugar magnifico, es la cresta sur de la sierra del Tarragón. Las rampas para subir son toda una declaración de intenciones de lo que me espera a partir de este momento. Ya arriba los propietarios me sacan de mi error al constatarme que es una propiedad privada. Tengo su permiso para disfrutar de las pocas vistas que el caluroso día permite a través de la bruma.
Aun así la línea del canal es como una autopista de vida y frescor para las secas tierras del interior en su camino hacia el este. Tras el descanso bajo la pinada emprendo la bajada por la senda que está señalizada con la ya conocida flecha roja. Me dicen en el chalet que se puede bajar por ahí hacia la Canaleta, así que con una confirmación y con la indicación pertinente pienso que se podrá bajar. Craso error el mío. Donde haya camino mejor no jugar a los aventureros. La senda comienza como tal y pronto se convierte en una trialera muy técnica con pasos muy altos sobre lamas de piedra. Ante la dificultad y la poca velocidad e inercia que llevo decido bajar el tramo andando. Luego rampas cortas pero con unos desniveles descomunales para mi técnica y habilidad, y por qué no decirlo, para mi valor, me hacen volver a bajarme de la bici. Pero el remate es la última rampa. Unos 5 metros de desnivel en otros tantos de recorrido, insuperable de todas todas para mí. Otra vez vencido por la rampa y con un pequeño problema para bajar por aquí, pego el culo a tierra y me deslizo por la rampa a punto de irme de morros en un par de ocasiones.
Ya abajo me topo con el área recreativa de la Canaleta. Un lugar de ensueño bajo una tupida arboleda atravesada por el barranco de la Cueva la Mora. Relleno el depósito de la camel y me refresco a fondo bajo el hilo de agua que cae constante del caño. Emprendo la subida viendo un letrero que indica fuente Pedro a solo 10 minutos de aquí, eso queda para otro día, hoy ya no hay tiempo. Una primera rampa contundente por asfalto me obliga a sacar lo mejor de mi repertorio y del de la bici, luego el asfalto desaparece y el camino de tierra, perdón, de piedras coge el relevo. El desnivel no es tan cruel como la anterior rampa pero la constancia del mismo unido al firme inestable y desgarrado por las piedras sueltas endurece la subida de forma considerable. Llego a un primer cruce y tomo a la izquierda junto a la abandonada fuente de Santa María. En un par de ocasiones la pérdida de tracción me hace patinar, intento rehacerme con un golpe de pedal pero eso desestabiliza la trazada que dejo de controlar para ser pasto del capricho del terreno, lo que acaba viendo como echo pie a tierra un par de veces. El tórrido sol, la inestabilidad del terreno, el cansancio, casi más mental que físico, y la prisa, contribuyen a crear un coctail que mina cada pedalada más mi frágil moral. Llego al cruce principal de este camino y tomo a la izquierda siguiendo a mi conocida flecha roja, el camino de la derecha es que se dirige a Villar del Arzobispo por lo alto de esta sierra y tomaré de vuelta en una próxima ruta.
La rampa se acerca de nuevo al barranco y en mitad de este se muestra la enorme oquedad de la Cueva Mora. Es un tremendo agujero en la pared de enfrente del barranco. En este lado la rampa no afloja, sigue con ese terreno que maltrata la musculatura por mucho que las suspensiones estén trabajando de lo lindo en plena subida, prefiero penalizar en cada pedalada por contaminación que seguir castigando la musculatura, con este calor un bajón físico y lo que queda de ruta podría suponer un serio problema por un golpe de calor. Voy a empalmar con el camino de la Hoya Hermosa, que digo yo que hermosa será la Hoya, que no el camino. Una múltiple bifurcación me hace equivocarme en primera instancia y llegar, unos metros más allá, a unas canteras, otras más en toda esta zona. Vuelvo atrás y cojo el camino ahora de la izquierda que pronto se convierte en una subida inhumana. Pie a tierra otra vez y a subir entre las piedras. Ya arriba puedo decir que es la parte más elevada de esta parte de la ruta, ahora toca bajar hasta las canteras de detrás de Villar, en la zona de Torme.
Por el camino atravieso otras canteras abandonadas con laguna incluida. Otra vez la visión aquella de un mar de canteras llena la visión de las montañas hacia el norte, y arriba los molinos. Un giro a la izquierda de 180 grados me pondrá en el camino conocido hacia Saletas. En cuatro días vuelvo a recorrerlo otra vez. Comienzo la bajada. Hoy voy más rápido que el otro día pues tengo el camino fresco en la memoria. Llego a la bifurcación, a la derecha el track me indica hacia Saletas, a la izquierda a Verge.
Por la dureza de este camino de continuos sube y bajas estoy a punto de coger el que me lleva por el balneario de Verge, el problema es que por este camino acabaría en la carretera, y por hoy ya he tenido más que suficiente. Una de mis máximas de evitarla en todo lo posible hace que, a regañadientes, me adentre en este camino que es el que tenía previsto. Allá voy otra vez. Una subida, una bajada, otra subida, otra bajada, y otra más, y otra y otra y otra. Así hasta que solo deseas que esto se acabe. La subida que remonta el barranco del Agua Salada es la más dura con diferencia así que a partir de aquí el esfuerzo parece tocar a su fin, pero la autentica prueba de fuego es la última subida ya a la vista de la compostadora, el asfalto y la tremenda bajada que me lleva a casa se intuye allá delante.
Por fin el colosal esfuerzo de superar los últimos metros de subida obtienen su recompensa y la bajada se prolonga por espacio de un suspiro, apurando las frenadas en cada curva y lanzando la bici aún sin haber salido de ellas, recortando todo lo posible cuando hay visión más allá de la curva y acoplando el cuerpo todo lo aerodinámicamente posible al cuadro. Es una delicia que de no ser por la tortuosa subida la disfrutaría más a menudo, por hoy me doy con satisfecho y ya desde la entrada de la calle voy pidiendo una de cerveza que el calor aprieta.